Presencia y actualidad de Solzhenitsyn
lunes 26 de agosto de 2013, 20:28h
Hace exactamente cinco años, en agosto de 2008, falleció Aleksandr Solzhenitsyn. Felizmente murió en Rusia, como había añorado en sus largos años de exilio.
Nació en 1918, cuando la Revolución Bolchevique apenas comenzaba sus andanzas y la Primera Guerra Mundial llegaba a su fin. Lo interesante es que en la historia hay personajes cuya vida permite comprender su propia época. Solzhenitsyn sufrió la instauración del régimen totalitario en Rusia, desde los primeros años de Lenin con la formación del Gulag y la creación de la Cheka, hasta las tres décadas de Stalin (1924-1953), donde el sistema acrecentó el control, los métodos de represión y la ampliación del terror.
Fueron estas mismas experiencias, tanto personales como conocidas a través de terceros o vividas por su propio país, las que convirtieron al hombre en escritor, que puso el ambiente y los sucesos de la vida soviética del siglo XX en el corazón de su obra, sin seguir el “realismo socialista” de Stalin, sino una fórmula alternativa pero que registraba la realidad de lo que estaba ocurriendo en la patria de Tolstoi y Dostoievsky.
Desde una perspectiva vital personal, Solzhenitsyn fue detenido tras el final de la Segunda Guerra Mundial, ya que la censura descubrió una carta suya a un amigo, donde tenía “observaciones despectivas sobre Stalin”. En la ocasión no opuso resistencia, como explicó después en su monumental Archipiélago Gulag (Barcelona, Tusquets, 3 tomos): “Aquellos moscovitas que suben elevados por las dos escaleras mecánicas, son pocos para mí, pocos. Aquí oirían mi grito sólo doscientas o trescientas personas; pero ¿y los doscientos millones de mis compatriotas...? Presiento vagamente que alguna vez podré gritar a esos doscientos millones reunidos”. Era el comienzo del escritor, que a través de sus obras comenzaría a hablar a millones de personas en el mundo.
En los años siguientes estuvo en un campo de concentración y padeció cáncer, lo que dio origen a Un día en la vida de Iván Denisovich y a Pabellón de Cáncer. La primera narra en poco más de cien páginas la vida cotidiana de un preso político, desde que se levantaba a las 5 de la mañana, hasta las 9 de la noche, hora de ir a dormir. Lo más notable fue que esta obra se publicó por capítulos en Novyi Mir, en 1962, aprovechando la incipiente apertura de Nikita Krushev, quien había iniciado la desestalinización y había pronunciado el famoso discurso en el XX Congreso del PC donde había reconocido las purgas de Stalin. De inmediato el libro de Solzhenitsyn provocó una impensada conmoción y pronto se hizo un personaje sospechoso para del sistema. Volvían las persecuciones y sus textos, como tantos otros autores, debían circular a través de las copias clandestinas, las samizdat. Así, algunas de sus obras no pudieron ver la luz, como ocurrió con El Primer Círculo, extraordinario relato sobre el control totalitario, donde un personaje hace reflexiones propias de quien procura conservar el alma en medio de la destrucción moral en la que vive: “Sólo se vive una vez, ésta era la verdad para Innokenti. Ahora, al madurar su nueva manera de sentir, había descubierto que había en él y en el mundo una nueva ley: conciencia también se tiene sólo una. Y lo mismo que la vida, la conciencia, si se pierde, no se recupera”.
En 1970 el escritor recibió el máximo galardón de las letras universales, el Premio Nobel de Literatura, que antes habían logrado sus compatriotas Boris Pasternak (1958) y Mijail Shojolov (1965). En parte se justificaba “por la fuerza ética” que había impreso a su obra, en un reconocimiento que llegó a pesar de las adversidades y del esfuerzo del Politburó, la KGB y el Partido Comunista soviético para impedir que obtuviera el Premio, según aparece narrado en detalle en el libro de Michael Scammel, The Solzhenitsyn Files. Secret Soviet documents reveal one man’s fight against the monolith (Edition q, 1995).
El Discurso de Estocolmo, que Solzhenitsyn no pudo pronunciar –ya que temió viajar y que se impidiera volver– fue una pieza de antología. “La idea de que un escritor puede hacer mucho por la sociedad donde vive y que constituye un deber para él hacerlo es desde hace largo tiempo familiar a la literatura rusa”, escribió en su censurado discurso, donde promovía que el arte y la literatura definieran la nueva escala de valores en un mundo que parecía haber olvidado la distinción entre el bien y el mal, con terribles consecuencias para millones de hombres. En 1974 el escritor partió a un exilio que se extendería por un par de décadas, donde se consagró como escritor universal y donde muchos llegaron a considerarlo la principal autoridad moral del mundo.
Poco antes de regresar a Rusia, en 1993, el escritor ruso recibió el Doctorado Honoris Causa por la Academia Internacional de Filosofía de Liechtenstein, donde pronunció un gran discurso bajo la pregunta “¿Para qué estamos viviendo?” Ahí recordó momentos cruciales del siglo XX, apeló nuevamente a la necesaria unidad entre ética y política: “Y, sin embargo, no se puede decir que hayamos vivido las penurias del siglo XX en vano. No perdamos la esperanza: después de todo, hemos sido fraguados por estas tribulaciones, y de alguna forma ha de ser transmitida a las generaciones venideras la fortaleza que tanto nos ha costado alcanzar”.
El retorno a su patria no fue como esperaba. “El comunismo se desplomó por su carencia inherente de viabilidad y por el peso de la podredumbre que se le había juntado adentro”, había dicho, pero los problemas continuaron tras la caída del imperio soviético. Por lo mismo dijo en 1995 que “la historia demuestra que no hay “salto” material o económico capaz de compensar las pérdidas que sufre el espíritu”, en un depresivo libro El “problema ruso” al final del siglo XX (Ed. Tusquets, 1995). Poco después publicó Rusia bajo los escombros (México, Fondo de Cultura Económica, 1999), título que también refleja el tono negativo dominante en sus últimos años.
En su biografía sobre el escritor ruso, Joseph Pearce se refiere a él como un “pesimista optimista” (Solzhenistyn. Un alma en el exilio, Madrid, Ciudadela, 2007). Algo de eso hay en un hombre que sufrió cuanto es posible, pero que levantó su voz para construir un futuro con esperanza, combatió el mal cuando muchos se acomodaron en un conveniente silencio, sostuvo la importancia de los valores espirituales, mientras otros se abandonaron en el materialismo comunista o a la lucha servil por el dinero. Prefirió la sencillez y la libertad a la vida de esclavos que le fue ofrecida.
Hay hombres cuyas vidas nos ayudan a comprender toda una época y cuyo ejemplo se proyecta en el tiempo. Solzhenitsyn –escritor, ensayista, testigo del siglo XX– sin duda es uno de ellos. Un gran escritor para leer y una vida apasionante para conocer.