Rusia ha dado un golpe de mano al equilibrio geopolítico mundial anexionándose de facto la península de Crimea, objetivo debido a su peso estratégico a mitad de camino entre Europa y Asia. La comunidad internacional clama por lo que consideran una violación del derecho internacional, pero Putin ha sacado músculo y deja poco margen de maniobra para la negociación ya que las cartas juegan a su favor.
En la película de 2001 dirigida por Jean Jacques Annaud
'Enemigo a las puertas', el abuelo de un joven Vassili Zaitsev pulía las habilidades como francotirador de su nieto instándole a guardar paciencia, a ser metódico en su acecho, a esperar su momento.
Crimea, única república autónoma de Ucrania, pone de manifiesto que esa misma mentalidad gélida es la que ha llevado a cabo el presidente ruso,
Vladimir Putin. El exagente del KGB no ha escondido, es más, ha insistido en numerosas alocuciones públicas en sus ansias por reverdecer los viejos laureles del viejo imperio ruso y en volver a poner a Moscú en la primera línea de la geopolítica mundial, donde el eje Washington-Londres-Bruselas-Berlín-Pekín lo ha acaparado todo, para su
bochorno y orgullo herido.
La operación Crimea ha sido ejecutada con una presteza cirujana y con un don de la oportunidad que da que pensar. ¿No habrá estado Putin al acecho, cual Zaitsev paciente y moderno detrás de su presa, desde hace bastante más tiempo del que se pueda creer? Uno puede llegar a imaginar si derrocamiento popular de Yanukovich, al que la UE le negó la ayuda financiera que ahora sí llegará a Kiev, no ha sido
la oportunidad perfecta tanto tiempo anhelada por el Kremlin para desoxidar la maquinaria bélica, que no por denostada deja de ser menos poderosa, y afianzar su posición en una región estratégica en la que se asienta hasta 2042 la mayor flota naval rusa en el Mar Negro.

Tras la caída del telón de acero y la formación de la Unión Europea, Rusia cedió un protagonismo que había ostentado durante más de un siglo.
Polonia, la República Checa y Eslovaquia, las pequeñas repúblicas bálticas, Turquía, Georgia, Moldavia y ahora Ucrania. Un país tras otro, todos han ido cayendo por culpa de los cantos de sirena del europeísmo, vendido por momentos como la nueva Tierra Prometida. Apenas la Bielorrusia de Lukashenko, la última dictadura de Europa, se ha mantenido como un respaldo de limitado peso en el Viejo Continente. Demasiada afrenta para el maltrecho orgullo ruso.
De un tiempo a esta parte, Putin se ha dejado seducir por la estrategia de sacar músculo, harto quizás de los discursos tibios de los líderes occidentales. El primer movimiento, apenas un peón menor en el tablero internacional, fue la de reafirmar su soberanía sobre las
islas Kuriles, que Japón reclama para sí desde el final de la II Guerra Mundial. Entre ambos países nunca hubo tratado de paz, por lo que, aunque sea de manera teórica, siguen en guerra.

Luego se pasó a un tono superior. El bloqueo sistemático a una intervención en el Consejo de Seguridad de la ONU para que evitar el
genocidio en Siria elevó a Rusia de figurante a pujante actor principal. Estupor y condena general, sí, pero a Putin y a Lavrov no se les movió un pelo. No fue un capricho baladí, puesto que la flota rusa cuenta en el país con una de sus mayores bases navales fuera de Rusia y la república árabe siempre ha sido una lanzadera hacia Oriente Medio.
Ahora, en el caso de Crimea, con un 60 por ciento de población de etnia rusa, confluyen una media docena de factores que obligan a Putin a mantenerse fuerte ante el pulso lanzado por la comunidad internacional. De un lado está el no perder influencia en una
región enlace entre Europa del Este y Asia Central y donde viven millones de rusos de varias generaciones muy identificados con la Madre Rusia y a los que Putin, muy sensible a los fervores patrióticos, quiere atraer para sí.
Segundo, el tan trillado tema del gas, si bien en este punto uno no sabe quién se juega más, si el norte de Europa por su dependencia económica o Rusia por el peso económico que le suponen esas mismas exportaciones. Sólo un dato significativo respecto a lo primero: alrededor de
un 15 por ciento del consumo gasista europeo atraviesa Ucrania.
Por lo pronto, a comienzos de semana el parqué moscovita se dejaba activos valorados en
58.000 millones de dólares, una sangría financiera que el Kremlin no se puede permitir alargar, por mucho sentimiento patriótico que haya de por medio.
En tercer lugar está
el 'head to head' con Washington. Obama y Putin, cuyas relaciones ya vienen tocadas desde la huida y posterior acogida de Edward Snowden, no pueden ser más diferentes. El ruso es amante de la eficacia, de la imposición rápida, del ordena y mano. El estadounidense lleva a gala más el diálogo, la negociación... aunque al final tire por la calle de en medio cuando la situación así lo requiere.
Sin embargo, Putin sabe que los días de Barack están contados y que no puede (y no le dejan)
hipotecar las elecciones de mid-term de finales de año y las presidenciales de 2016 para su partido con otro conflicto habiendo zanjado Iraq y, sobre todo, Afganistán, la guerra más larga de su historia. En resumidas cuentas, que el viaje de John Kerry a Kiev, la promesa de las millonarias ayudas al nuevo Gobierno o las amenazas de sanciones a Rusia no son, en el fondo, ni chicha ni limonada.
Para ejemplo, un botón. El secretario de Estado norteamericano pidió al Kremlin “no invadir otro país basándose en razones inventadas con el fin de hacer valer sus intereses”. Al poco, Rusia le recordaba a la Casa Blanca las famosas armas químicas de Sadam como pretexto para iniciar la Segunda Guerra del Golfo. ¡Menudo resto!

Sin embargo, una Ucrania descabezada y arruinada no tiene margen de maniobra. Sus Fuerzas Armadas,
seis veces inferior en número a las de su hermano mayor, no serían nada ante la apisonadora rusa, el actual primer ministro Yatsenyuk cuenta con el respaldo de sólo medio país e incluso se le tiene por temporal, Klitschko no acaba de dar el salto y Timoshenko está fuera del país recuperándose después de una larga temporada en prisión.
Pero es que el problema no acaba en Crimea. Las provincias orientales de
Donetsk, Jarkov y Luhansk están a la expectativa de ver qué sucede y si pueden seguir los pasos de sus compatriotas peninsulares.
Por su parte, Putin apuesta por
una anexión rápida, pacífica y ejemplar blindada por sus tropas, que hasta ahora suman unos 16.000 efectivos sobre el terreno. Si es consensuada y vestida de legítima, paso previo por las urnas crimeas (parece que el próximo 16 de marzo), mejor. No le conviene lucir la imagen de tirano ni saltarse las normas internacionales a la torera, pero este episodio ha recordado a muchos, por si alguien lo había olvidado, quién es Rusia, lo decidida que está cuando se pone a ello y el poder militar que todavía conserva. Una potencia de pleno en el siglo XXI.
La otra alternativa que se viene barajando es la elaboración de una nueva Constitución ucraniana que reconozca la
federación como forma de Estado, opción muy del gusto de la canciller Angela Merkel, y la conformación de un nuevo Gobierno de unidad abierto a todas las sensibilidades políticas y nacionalistas.
La Guerra Fría ha vuelto, aunque en una versión 2.0 y más por lo gélido de los movimientos de Putin que por el choque bélico en sí, ya que aún no se ha disparado un sólo tiro que no tuviera el cielo por diana. Sin embargo,
¿alguien cree que el presidente ruso no hubiera desenfundado de haber sido Rusia la invadida? La guerra en Georgia de 2008 ya fue una buena muestra. Hagan juego, señores.