“Ave Caesar morituri te salutant” este era el preceptivo saludo de aquellos que iban a protagonizar uno de los entretenimientos con más tirón popular en la antigua Roma. Las luchas de los gladiadores eran para el pueblo el alimento virtual para su cuerpo, donde podían dar rienda suelta a la exhibición de todas sus sensaciones arropado y camuflado en la masa de la multitud. La crueldad de ver abierto en canal a uno de los dos combatientes era el morbo que movía tanto a la asistencia a esta competición, como la ingente cantidad de dinero que se ponía en juego mediante las apuestas. Pero está la otra cara de la moneda, los propios gladiadores, hombres que servían de espectáculo por y para el pueblo arriesgando su vida en luchas cuerpo a cuerpo contra otros gladiadores, o como también podremos ver a lo largo de esta historia en la pelea contra fieras exóticas como leones o panteras.
A diferencia de los deportes que en la actualidad generan ídolos de masas y que cobran sueldos desproporcionados, los gladiadores, a pesar de dar al pueblo lo que el pueblo quería ver, eran una categoría social cercana y asimilable a los esclavos, teniendo entre sus filas a prisioneros de guerra, soldados expulsados del ejército por mala conducta o traidores al Imperio para los que se buscaba una muerte pública, humillante y ejemplarizante. Por eso, aquellos que lograban sobrevivir a varios combates, además de ser ídolos de masas, y si no derrochaban el dinero que ganaban con cada victoria, compraban su libertad adquiriendo, al igual que los esclavos, su condición de libertos.
En Sangre en la arena nos meteremos de lleno en las entrañas de la trastienda de los gladiadores, con la historia de Parvo como principal guía de todos los acontecimientos. Pero, además, Simon Scarrow conseguirá que sintamos y suframos en nuestras carnes todo lo que se relata. Nos envolverán las difíciles condiciones de vida de los ludus, los centros de entrenamiento de los gladiadores, sentiremos la angustia previa a cada combate y seremos protagonistas de las luchas que se describen en cada una de sus páginas, casi como si estuviésemos con nuestros pies sobre la arena del circo.
Y, por supuesto, si hablamos de traiciones y conspiraciones, que mejor que la Roma imperial de Claudio para que lleguemos a odiar a ciertos personajes sin sentimientos que solo se preocupaban por sí mismos y por la supervivencia del Imperio, recurriendo para ello a las formas más crueles de amenaza, utilizando como comando ejecutor a la guardia pretoriana o convirtiendo la roca Tarpeya en un lugar usado con mayor frecuencia de la debida.
Es obvio que el género de la novela histórica basada en la Roma clásica ha sido cultivado por multitud de escritores y muchos de ellos con gran destreza, pero esta es una de las pocas novelas que nos lleva al submundo de los gladiadores, en el que no encontraremos los lujos y la púrpura de las togas sino el sudor, el esfuerzo y la sangre de aquellos destinados a morir por designio imperial y en honor al César.