Son una de las grandes preocupaciones del Papa. Por Rafael Ortega
La Navidad de los ancianos, de los pobres, de los enfermos, de los discapacitados…que poco nos fijamos en todos ellos cuando en estos días el consumismo nos abrasa y los corazones piensan solo en nuestro propio bienestar.
Hace unos días tuve la oportunidad de asistir, una vez más, a la fiesta de Navidad de un colegio. Un hecho muy normal en estos días cuando los padres y abuelos van a ver a sus hijos y nietos en esas actuaciones que nos desean felicidad y en las que competimos con nuestros vecinos de asiento al comparar la actuación de los niños: “Ese del fondo es mi nieto. ¡Qué bien lo hace!. Pero el colegio a donde fui no es “normal”- y pongo comillas a normal- porque para mí la normalidad de ese centro es maravillosa. Es un colegio de niños con diferentes discapacidades que nos desearon Feliz Navidad con el amor más grande del mundo. Con el amor de su discapacidad llena de alegría.
Como nos dice el Papa en su Evangeleii Gaudium, “La Alegría del Evangelio”: “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta del consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”. “Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses-afirma FRANCISCO- ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no se palpita el entusiasmo por hace el bien”.
“Los descartados” son una de las grandes preocupaciones del Papa, que no va de “populismos. Va de las realidades que tenemos a la vuelta de la esquina y que no nos atrevemos a doblar, por si esas realidades nos afectan. Por eso quiero, en esta crónica religiosa, que está siempre “en la FRONTERA”, homenajear a todos aquellos que se dedican a los “descartados”, y en este caso en concreto a los profesores y educadores de los centros que atienden a los niños y jóvenes discapacitados, como el Abantos de Madrid, donde asistí a la fiesta de Navidad. Esos profesores y educadores son un ejemplo para todos nosotros pues hacen de su trabajo una verdadera vocación. FRANCISCO nos dice también que “llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero”, y de verdad que los niños y jóvenes que tienen alguna discapacidad me hacen sentir a mí particularmente, mucho más cerca de Dios.
Gracias a todos ellos y con ellos “Feliz Navidad” a los lectores de EL IMPARCIAL.