
Sobre la expresión “Arsène knows”, moneda común en el ámbito ligüístico-deportivo doméstico de las islas británicas, gira el recorrido de Thierry Henry desde que debutara en la esfera profesional el 31 de agosto de 1994, bajo el cobijo del pensador de fútbol francés por excelencia desde el banquillo del Mónaco. Este tributo descriptivo a la capacidad del entrenador para detectar, pescar y pulir piezas jóvenes -insertas en cualquier tesitura-, atraviesa el desarrollo, en huída conceptual hacia adelante, del afilado punta que se ha retirado con 37 años y 20 de carrera. Una filosofía que impregna -con notable extensión posterior en el tiempo- cada club que acepta asimilar su estructura al pincel de Wenger y que, por ejemplo, susurró al club monegasco la contratación de la inusitada mezcla de habilidad y devastadora potencia de un joven liberiano de 22 años que se exhibía en el Tonnerre Yaoundé -combinado camerunés-. Tras abrir las puertas a Europa a George Weah -Balón de Oro en 1995-, ahonda en lo razonable de la mencionada expresión la alternativa elitista entregada a talentos lampiños como Cesc Fábregas, Patrick Vieira, Robin Van Persie, Nicolás Anelka, Jack Wilshere, Aaron Ramsey o Theo Walcott.
Sin embargo, el breve primer capítulo de su expediente de custodia del adolescente -17 años- Henry matiza la fiabilidad del preparador galo con respecto a su olfato para explotar las cualidades naturales a través de la idónea disposición en el campo del diamante en cuestión. Wenger, meses antes de ser despedido de la institución del Principado, designó a su futuro aliado de camino a la leyenda la cal de la banda izquierda como hábitat de desarrollo. Sonny Anderson gozaba de la legitimidad goleadora suficiente para no mover el rol de “9” fijo del ariete carioca. Y esta precoz decisión actuaría como señuelo a seguir. La estancia de Titi en el balompié francés quedaría arrinconada al perfil extremo acompañando a la fresca impronta de David Trezeguet y la física resolución de Viktor Ikpeba en aquellos últimos años de los 90. Cuando la calidad técnica del “12” monegasco gritaba redefinir términos posicionales al espacio, en transición y en estático-asociativo. Cuando Henry asumió el papel fronterizo entre lo secundario y lo decisivo para asomarse al Mundial de 1998 después de conducir, desde su frenética esquina, a sus compañeros hacia el título doméstico en el 97, las semifinales de la UEFA-con el Inter de Zamorano, Djorkaeff y Roy Hodgson como rocosa barrera- y de la Liga de Campeones -ante la tozuda calidad venenosa de Del Piero, que selló cuatro goles en la eliminatoria previa a la Séptima madridista y habiendo arrodillado al United en cuartos-, resultando, además, segundo máximo goleador de esta última -a tres dianas de Pinturicchio-. En su registro liguero en ese intervalo sonreía con aire profético un compendio de 15 goles, 9 asistencias y 13 y ocho.
En el foco mayúsculo, antes de que la cabeza de Zidane pasara a la posteridad y mientras el genio de La Castellane marsellesa se enfangaba en la irreverencia de los sauditas -que le condujo al rojo abandono-, Aimé Jaquet comprendió que debía otorgar una oportunidad al crecimiento del rebelde Thierry, cuyo rendimiento y clase definidora excedían su rol arrinconado y exigían un viraje en la atribución y posición. El seleccionador designó, entonces, que la incipiente estrella del fútbol galo trazara diagonales hacia el centro. Al espacio y en estático. El resultado: encontró al máximo goleador de su tacticista sistema en aquella búsqueda y encuentro del grial. Con 21 años.
Marcello Lippi, que arribaba a enero de 1999 asumiendo que su ciclo glorioso juventino se entregaba ya a la inexorabilidad cíclica del éxito, pugnó para arrancar la pieza co-protagónica del Mónaco con el fin de levantar el vuelo en una temporada que, con el paso de los años, su compañero circunstancial de vestuario bianconero, Zinedine Zidane, definiría como un intervalo post Mundial en el que “quise tomarme un respiro que, al final, se extendió todo el año”. El devenir trompicado de la Vecchia Signora expulsó al último preparador que condujo al oro mundial a la azzurra en la segunda semana de febrero con un tenebroso balance de siete derrotas en la Serie A, con dos triunfos de las últimas doce jornadas y un trecho de 15 puntos con respecto al dueto de líderes, Lazio y Fiorentina. La peor crisis en 37 años del aristócrata del calcio por excelencia.
Henry desembarcó en el Piamonte nevado de la mano con Juan Eduardo Esnáider -que hizo las maletas desde el Espanyol al gigante turinés-. Lo hizo en una competición que degustaba todavía sus cotas máximas de competitividad y liderazgo en planificación física, con Baggio repartiendo seda para la mejor versión de Ronaldo en el Inter, Rui Costa alimentando la voracidad de Batistuta en Florencia, Vieri ejerciendo de capo de la flamante campeona laziale en la que figuraban nombre icónicos como Nedved, Nesta, Mihajlović o Mancini y el pétreo Milan, campeón de la temporada, en el que destacaban Boban, Leonardo, Bierhoff y Weah -previo al advenimiento del zar Andrei Shevchenko-. Y, también, el saludo pionero hacia la primacía actual del orden y brega que desplaza del radar lo sabroso de la libre displicencia de la calidad. No obstante, el novel francés debía enfrentar dos fantasmas desconocidos hasta aquel punto de camino: lidiar con el peso de la responsabilidad de la ocupación del espacio que dejó en noviembre la lesión del Del Piero más fosforescente que haya conocido este deporte, y , en segundo término, con la confianza del recién llegado Carlo Ancelotti, casi en “prácticas” tras su salto a los banquillos y en plena inmersión de urgencia.

“Se equivoca quien asegura que marco pocos goles. Lo que ocurre es que a menudo soy utilizado en banda y así tengo menos oportunidades de rematar”, subrayaba, en su presentación, la perla sobre la que giraba una presunta influencia en la revolución que colocaba al apático Zizou fuera de Delle Alpi. La suspicacia sobre su capacidad anotadora refrescaba la vigencia del señuelo de Wenger, que era aceptado por la concepción italiana. “Es un ala moderna, completa y veloz”, apaciguó Lippi en aquella rueda de prensa. De su puesta en escena pegada a la cal, con menos minutos de lo esperado en aquel contexto de necesidad y cierto salto al vació de lo novedoso -16 partidos- destaca sólo un doblete a la Lazio y queda la reflexión del entrenador que promocionó su salida seis meses después de su incorporación. Ancelotti confesó, en febrero de 2012, que, si bien “jamás habría cedido a Pirlo del Milan, con Henry he tenido un fallo estrepitoso (cantata): le consideraba un jugador de banda y no me di cuenta de que era un potentísimo centro delantero”. Luciano Moggi, perenne patrón de operaciones de la Juve, añadió otro ingrediente a la receta del patinazo: “Recuerdo que Henry sufría para meterse en la dinámica de aquel campeonato italiano, de su exigencia, y para representar en escena a un equipo grande. Quizá era demasiado para él en ese momento”.
En aquel limbo estival tras un resbalón de concepción transalpino, Wenger alimentó su órbita filosófica exponiendo al mundo la potencialidad que había permanecido latente, maniatada en el rigor posicional, y la dimensión de Henry bajo la libertad de movimientos en el flanco atacante elevó su altura hasta liderar el registro histórico de goles de los gunners, representar en forma casi exclusiva la sencillez metafísica de la definición de frágil toque de cara a portería, bordar un puñado de piezas de bella ejecución en escorzo y guiar al memorable reflujo de dinamismo, frenético valor combinativo y pegada del Arsenal “invencible” de 2004 (invicto en la Premier League con 26 victorias y 12 empates, igualando el utópico registro de 1888 del Preston North End). Amén de alcanzar la cota internacional más prestigiosa del Arsenal con la final de Liga de Campeones en París ante el Barça de Ronaldinho después de plantar bandera con gol esclarecedor de sus cualidades en la primera victoria de un club inglés en el Bernabéu (febrero de 2006). Sus cinco pichichis, que remarcan el promedio de más de 20 goles por año en seis de sus ocho temporadas en el Reino Unido, ofrecen el testimonio certero de la victoria de este espécimen caracterizado por su específica mezcla de talla, físico, calidad, inteligencia -de desmarque, de tempo y de ejecución- ante los escépticos que han cercado su explosión por la teórica de obligada exigencia de velocidad en banda y no en el carril central.
“Nicolas (Anelka) vive su vida y yo la mía”. Así marcaba una intencional distancia con su compatriota, recién vendido al Real Madrid para sollozo de la prensa picante con la desconexión anímica coyuntural del galo, el día de su saludo al público inglés en su presentación en agosto del 99. Con Suker en el paquete de talento a añadir a su legión, Wenger aceleraba su dialéctica para recalcar que “cuando le hice debutar le coloqué en el centro, en Mónaco, pero como teníamos atacantes por el centro le moví a la banda. Creo que ahora es el momento para que vuelva a ser delantero centro”. “Tiene ritmo, poder de desborde y consigue hacer que las cosas ocurran”, zanjó antes de discutir e imponer su idiosincrasia estilística en la teoría de discusión del rol del atacante central de talla elevada. Porque en aquel balcón del nuevo milenio dominaba, con honrosas excepciones, la hipótesis del tanque fijador de centrales cuando el peón en cuestión superaba el 1`85. Carsten Jancker (ganador de la Liga de Campeones con al Bayern ante el Valencia), Oliver Bierhoff (decisivo en la Eurocopa teutona del 96 y en el scudetto del Milan previamente expuesto), Emile Heskey y Teddy Sheringham (piezas ineludibles en el éxito del United en la agónica final continental del Camp Nou y del Liverpool de los cinco títulos), Darko Kovacevic, Jimmy Floyd Hasselbaink, John Carew o Jan Koller sentenciaban la calidad técnica resaltando el valor de la potencia y dominación desde el prisma físico.
El éxito de Wenger y Henry ha representado, pues, el relevo necesario ejecutado a la visionaria percepción del Ajax, que expuso en la pieza técnica más delicada en relación con sus 197 centímetros, llamada Nwankwo Kanu, el nexo entre Marco Van Basten, el paradigma mesiánico, y el delantero moderno. La proporción entre altura y clase tomó forma en Thierry y su legado se degusta hoy en la multiplicación de la relevancia y los nombres de los atacantes espigados con paladar exquisito cuando se trata de cortejar a la pelota. El protagonismo global del prototipo de Zlatan Ibrahimovic, Fernando Llorente, Robert Lewandowski, Frederic Kanouté, Edin Dzeko o Mario Balotelli es herencia directa de la continua batalla que libró Henry para defender la coherencia entre su morfología y su categoría en el manejo del balón. Este, sumado a las legendarias cimas descritas, es el principal legado del futbolista que ha abandonado un viaje de continua búsqueda inteligente de legitimidad. La justicia poética a este testimonio retórico se le cruzó en el tren a Can Barça que le obligó a recomponer la figura, ceder rutilancia y atribuciones para aprovechar el espacio vacío que generaba la elaboración de la máquina diseñada por Guardiola en el punto muerto, en una suerte de reciclaje a las diagonales partiendo desde el extremo. Se retira un revolucionario que ganó todos los títulos de la élite del fútbol -Eurocopa del 2000 incluida, al galope del crecimiento de sus fundamentos- pero cuya figura trasciende lo tangible de los trofeos y números.