Carta Pastoral del arzobispo castrense de España. Por Rafael Ortega
Esto nos recuerda Juan del Río, Arzobispo Castrense de España en una extensa Carta Pastoral, 55 páginas, con motivo de la Jornada Mundial de la Paz que celebra este domingo el arzobispado castrense coincidiendo con la fiesta litúrgica del Bautismo del Señor. Como ha indicamos en una anterior Crónica Religiosa” este año la Jornada Mundial de la Paz lleva por lema “Ya nunca más esclavos, sino hermanos” y por eso queremos referirnos hoy a la Carta en la que monseñor del Río afirma que "a pesar de a las solemnes declaraciones de las Naciones Unidas, siguen existiendo formas ancestrales de esclavitud, junto a otras nuevas maneras de dominación o sometimiento, de las que tampoco están exentas las sociedades más democráticas”. El Arzobispo Castrense nos recuerda que “son múltiples los rostros de la esclavitud moderna: el tráfico de seres humanos, la trata de los emigrantes y de la prostitución, el trabajo esclavo de niños y mujeres… Se trata del viejo tema de la explotación del hombre por el hombre que, aprovechando el contexto de la crisis económica y de la corrupción, atenta contra la dignidad de la persona y tiraniza individuos y colectivos humanos. Esto supone un olvido de Dios y el desprecio de las criaturas. Sin embargo, el mensaje del Evangelio transforma el corazón del hombre. Muestra el rostro del hombre nuevo, redimido de la esclavitud del pecado. Así, liberado del mal, sanado de sus heridas y llamado a la perfección, el hombre puede establecer un tipo de relación distinta con los demás, basada en la justicia, la verdad, la libertad, la fraternidad y la solidaridad”.
En la Carta Juan del Río nos dice que” no se pueden construir puentes entre los hombres olvidándose de Dios. Eso es lo que sucedió en Europa por la imposición de ideologías totalitarias y de nacionalismos exacerbados. También, como no, se nos dice que “es una realidad constatable que el cristianismo es la religión más perseguida del mundo”, así como que “todo ciudadano y gobernante está obligado a empeñarse en evitar la guerra. La carrera de armamentos no asegura la paz, no elimina las causas de la guerra, sino que corre el riesgo de agravarlas, perjudicando hondamente en el bien común de las naciones y de la comunidad internacional. También las injusticias, las desigualdades sociales y económicas, así como una mentalidad que cultive el odio, la desconfianza y el orgullo, contribuyen a crear violencias y conflictos entre las naciones y comprometen el orden jurídico internacional”.
Juan del Río, naturalmente, no podía olvidarse de la Fuerzas Armadas y de los Cuerpos de Seguridad del Estado cuya existencia “no está reñida con el compromiso de ser constructores de la paz”, ni de la amenaza de los fundamentalismos. Un problema cuya solución “no puede ser exclusivamente de naturaleza militar, sinoque también debe centrarse en aquellos que de una u otra manera alientan a losgrupos terroristas con el apoyo político, el comercio ilegal de petróleo o elsuministro de armas y tecnología”.
Monseñor del Río tampoco obvia la amenaza de la Yihad.” Sus acciones terroristas no van dirigidas sólo a un choque de ejércitos sobre territorios en disputa, aun cuando ese aspecto pueda darse a escala regional, sino que es una proliferación incesante de brotes insurreccionales yihadistas que se suceden en distintos lugares del planeta. El objetivo de destruir al adversario, no sólo se dirige a su fuerza militar, sino también a su opinión pública y a las raíces religiosas y culturales de la llamada civilización occidental. La globalización de las comunicaciones (internet, televisión, redes sociales) han convertido este fanatismo religioso-político-militar en una realidad a escala mundial. En este escenario horrible se da la esclavitud y se ha roto todo lazo de fraternidad con otros pueblos y religiones”.
El Arzobispo Castrense nos recuerda asimismo el deterioro del derecho a la libertad religiosa y por eso nos dice que “no vendría mal recordarles a unos y a otros que el derecho a la libertad religiosa, fundado en la dignidad de la persona, consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales, políticos o religiosos, de tal manera que no se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida actuar conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos que impone el ordenamiento justo para la convivencia y el bien común delos ciudadanos”.
Juan del Río finaliza su Carta Pastoral recordando que “el militar cristiano debe ser constructor de la civilización del amor, ya que la paz no es sólo el fruto de la justicia, sino que también requiere la fraternidad. Es el amor el que reconoce al otro, no como un enemigo, sino como un hermano. La caridad libera de las ataduras del odio; no se deja guiar ni por el egoísmo ni por el individualismo, sino que busca el bien común. “La caridad representa el mayor mandamiento social. Respeta al otro y sus derechos. Exige la práctica de la justicia y es la única que nos hace capaces de esta. Inspira una vida de entrega de sí mismo: ‘el que pretenda guardar su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará’ respeto a la dignidad e identidad de todos los seres humanos, sin discriminación alguna. Es un deber de toda persona y gobierno buscar la paz: fruto de la justicia, la libertad, la verdad, la solidaridad y la igualdad”.
Juan del Río, como hemos dicho en otras ocasiones, es una de las cabezas mejor amuebladas de la Iglesia Española, donde seguro le esperan nuevas responsabilidades.