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Hay esperanza en Oriente Medio

jueves 22 de mayo de 2008, 21:23h
La filtración desde Tel Aviv de que Israel y Siria han abierto un canal de diálogo, bajo los auspicios mediadores de Turquía, es una excelente noticia. Yerran quienes pretenden meter en un mismo saco la endémica y secular inestabilidad de Oriente Medio bajo el epígrafe del mal llamado “conflicto palestino”. Tal cosa sería simplificar algo que va mucho más allá. Independientemente de que las relaciones entre Israel y Palestina sean de sobra conocidas, y que los primeros bien podrían haber aflojado algo la presión sobre los segundos, no es menos cierto que Israel debe luchar en demasiados frentes a la vez. Y el conflicto con Siria poco o nada tiene que ver.

De acuerdo que, afectivamente, Siria apoya con firmeza la causa palestina. Tal causa es el estandarte de conveniencia más socorrido dentro del mundo árabe. Pero no hay que olvidar que el fin primordial de Damasco ha sido y es la desestabilización de Israel. Si para ello ha de interferir en Líbano con un gobierno títere en Beirut, y mantener a Hizbolá en el sur del país hostigando el norte de Israel, bienvenido sea. No en vano, mantiene contactos con su vecino desde hace lustros. Reclama insistentemente los Altos del Golán, olvidando que Israel le arrebató este territorio por dos veces: durante la Guerra de los Seis Días (1967) y, de nuevo, en la Guerra de Yom Kipur (1973). Desde entonces, la sintonía entre Damasco y Tel Aviv ha sido nula.

Ocurre que la distensión es mucho más productiva que la confrontación. Pocos motivos tan poderosos existen a la hora de que dos países con cuentas pendientes se sienten a hablar. Funcionó con Egipto, quien firmó con Israel los acuerdos de Camp David en 1978, y sin lograr unas relaciones especialmente cordiales, sí al menos hay un mínimo respeto entre ambos países. No exactamente igual, pero sí parecido, es el caso de Jordania. En ambos casos, prima la expectativa de vivir el paz y sin sobresaltos por encima de otras cosas. Y es que, por encima de consideraciones políticas y religiosas, la economía es un factor claramente desestabilizador, y los conflictos salen caros. De cualquier modo, y sea cual sea el punto de partida, si este movimiento desemboca en algo positivo, habrá que felicitarse por ello. Falta hace.
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