El Teatro Real ha acogido este martes el estreno absoluto de 'El público', la ópera de Mauricio Sotelo, con libreto de Andrés Ibañez, basada en la obra más desconocida y compleja de Federico García Lorca.
A punto de cumplirse el primer aniversario del fallecimiento de Gerard Mortier, anterior director artístico del coliseo madrileño, anoche se estrenó en el teatro de la Plaza de Oriente uno de sus proyectos personales más anhelados. Desde que llegó a Madrid en 2010, Mortier quiso que la obra inacabada de Lorca 'El público' se convirtiera en una ópera. Era un reto y, por supuesto, un riesgo. Dos características muy propias del director belga, quien creía, lo mismo que el poeta granadino, que el teatro, como el arte en general, tiene la capacidad de transformar al ser humano. Aunque también, si me lo permiten, de dividirlo. Especialmente, cuando la obra que sube al escenario parte de un texto que se resiste a la traducción en conceptos y se mueve, sin prevención alguna, entre simbolismos, metáforas y emblemas surrealistas. Porque, precisamente, el alma del surrealismo reside en no respetar ningún límite y ello, queramos verlo o no, muchas veces espanta a una parte del respetable. De modo que siguiendo la línea de otros estrenos 'made in Mortier', el público del Teatro Real se dividía anoche con ocasión del estreno mundial de esta nueva producción: numerosas butacas vacías después del entreacto versus aclamaciones de “bravo” dirigidas a Sotelo e Ibañez cuando, por fin, salían al escenario. Casi con prevención, comprensiblemente nerviosos en su “gran noche”, compositor y libretista recibían el veredicto del público sobre 'El público', y el mismo era visiblemente favorable.
Eso sí, aún quedan siete funciones más para comprobar si el éxito acaba por vencer a la desbandada. Para saber si la obra convence a otros teatros para que decidan “llevársela a casa” y para decidir si Mortier acertó con su idea de que la música del compositor madrileño ayudaría a entender un texto que para él mismo resultaba inaccesible. O si, por el contrario, la obra que Lorca dejó inacabada continúa siendo un mito. Una rareza, cuyo original se encuentra depositado en la Biblioteca Nacional, que gira sobre dos ejes fundamentales: la homosexualidad y una realidad en estado perpetuo de cambio. Es decir, que la vida es puro teatro y todos nos escondemos detrás de un incontable número de máscaras. Rígidas como el telón azul que sirve para el prólogo de la obra que Sotelo ha dividido en cinco cuadros y que da paso a un escenario negro en ligera pendiente, donde resalta el blanco de los tres caballos que representan la fuerza sexual, el erotismo y lo irracional. En definitiva, las fuerzas incontrolables de la naturaleza. Encarnados por los cantaores Arcángel y Jesús Méndez, junto al bailaor Rubén Olmo, los caballos han protagonizado con grandeza estética y vigor artístico los momentos de más intensidad de la ópera recién estrenada. Creíbles a pesar del surrealismo del texto, capaces de arrancar las notas con mayor magia de la partitura, cuyos acordes brotaban de la elegante guitarra de Cañizares – muy aplaudido cuando ha subido al escenario - y de la exquisita percusión de Agustín Diaserra. Ambos en el foso, ligeramente elevados en relación a los 24 músicos de la Klangforum Wien, todos dirigidos de manera impecable por Pablo Heras-Casado, otro de los más aclamados al finalizar la obra, junto al elenco encabezado por los barítonos José Antonio López y Thomas Tatzi.
Y es que en ese matiz flamenco parecía encontrarse en profundidad el alma de la nueva ópera de Sotelo, simplificando en instantes la complejidad del surrealismo que insistía en la escena dirigida por Robert de Castro y la escenografía obra del pintor y escultor alemán Alexander Polzin. Una escena fría en exceso durante la primera parte, que lograba encontrar finalmente en la segunda la originalidad que le estaba faltando a raudales. El efectista juego de espejos y una estudiada iluminación ayudaban, desde luego, para seguir transitando por los entresijos de la incongruencia inherente a todo texto surrealista. Hasta cerrar el círculo de la obra, después de más de dos horas de viaje en espiral, con la misma frase pronunciada por el director de teatro protagonista de la historia, Enrique, dividido – curiosamente, igual que el público – entre el amor convencional a su mujer, Elena, y el prohibido, ese que él mismo quiere ignorar, hacia su amigo Gonzalo. “Señor, ahí está el público”, advierte el asistente a Enrique. “Que pase”, contesta el director, hastiado de batallar contra sus propios miedos y la incomprensión del público a la hora de elegir entre el Teatro al Aire Libre, deseoso de agradar al espectador, y el Teatro Bajo la Arena, que pretende poner en cuestión los valores establecidos. Y 'El público', pasó. Con buena nota.