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TRIBUNA

Iniciativas ciudadanas

sábado 28 de febrero de 2015, 17:49h

La reacción destemplada de todos los partidos políticos contra Podemos por escenificar otro debate del Estado de la Nación revela una crisis seria del Parlamento español, a saber, el desconocimiento de sus límites. La crítica acerada que todas las fuerzas políticas han dirigido a Pablo Iglesias, el líder de Podemos, por representar teatral y políticamente su intervención en el debate del Estado de la Nación, a través de un mitin en el Círculo de Bellas Artes, muestra no sólo una falta de generosidad política, entre otros motivos, por no reconocer una propuesta imaginativa de ensanchar la democracia española, sino también refleja una gran estulticia partidista al pretender reducir la política, las formas democráticas de hacer política, a un único espacio público-político, en este caso el debate en el Parlamento español. Esta institución es decisiva para el normal desarrollo de la democracia, pero, después de la Segunda Guerra Mundial, tanto el llamado Estado de partidos políticos como el crecimiento del Estado Social y de Bienestar han sido determinantes para dinamizar y, sobre todo, corregir los límites y los errores surgidos de unos parlamentos que, a veces, son incapaces de recoger la genuina voluntad popular.

En otras palabras, la sacralización de los resultados electorales, después de más tres años de legislatura, puede producir monstruos. Nadie en su sano juicio mantendría hoy que el grado de legitimidad de nuestro Congreso de los Diputados sea hoy el mismo que en 2011. El desgaste de las instituciones políticas en general, y el Parlamento en particular, afecta al Gobierno y a todos los partidos políticos. Todos están tocados. Reconociéndole a la institución parlamentaria toda su legitimidad para hacer política, sería peor que ingenuo, estúpido, no mostrar sus límites para resolver los problemas gravísimos que tiene España, empezando, sin duda alguna, porque el actual Congreso de los Diputados no consigue dar voz, palabra y discurso a los que protestan en la calle. He ahí la primera gran crisis de España. En estos tres últimos años de gobierno de Rajoy, guste o no a las actuales fuerzas parlamentarias, han surgido con gran ímpetu otros partidos políticos que no están en el Parlamento español, aunque ya tienen representación en las instituciones autonómicas y europeas. Es obvio que los resultados electorales de 2011 son aún respetables, pero quedan muy lejos de reflejar la situación política del país. Los cambios políticos han sido vertiginosos y no querer reconocerlos es la mejor manera de dar por perdida, si no muerta, la actual legislatura, además de hipotecar el futuro político por no querer enterarse de lo que está sucediendo.

Poner en cuestión los mítines de Rivera e Iglesias en la calle, mientras nadie se hacía eco de sus voces en el debate del Estado de la Nación, es ponerle puertas al campo. Un imposible. Por fortuna, la política está en todas partes. Fue interesante para cualquier observador político el invento de Pablo Iglesias de participar en ese debate a través de un mitin en un espacio público, pero, sin duda alguna, hubiera sido más gratificante, incluso más creíble, que ese ámbito no hubiera sido monopolizado por el líder de Podemos. El protagonismo de Iglesias es tan exagerado que parece más imitar a la casta que criticarla. Las genuinas Asambleas políticas, entre ellas la Iniciativa Ciudadana que tiene el nombre de Podemos, tienen que ser siempre abiertas, espacios “materialmente de nadie y potencialmente de todos”, para la discusión y resolución de conflictos. Sin embargo, tengo la leve sospecha de que el poder real de esta asamblea lo detentaba solo una persona, a la par que se excluía a la mayoría de la ciudadanía española de esa discusión. Pues, al final, todo quedó en un mitin en el Bellas Artes, en la repetición de cosas sabidas por todo el auditorio, mientras la toma de una decisión conjunta, seria y eficaz quedaba aplazada, como dice el clásico, ad calendas graecas. Es la gran contradicción que Podemos, como otras fuerzas revolucionarias del pasado y del presente, tienen que soportar sobre sus espaldas. Vivir, sobrevivir con dignidad, de lo que destruye no es tarea sencilla. Es asunto de “ciencia” de parásitos. Y es que la representación política no es sólo un problema para la democracia parlamentaria, sino que también afecta directamente al régimen político de asambleas, consejos y círculos, pero de eso hablamos otro día.

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