Este sábado ha sido un gran día para la Iglesia: ha sido beatificado en El Salvador, Óscar Arnulfo Romero, "un hombre de Dios, un hombre de Iglesia y servidor de los pobres". Una calificación hecha hace días por Monseñor Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador que además ha añadido que fue "un hombre que hay que conocer, a quien hay que amar, a quien hay que seguir, como él siguió a Jesucristo".
Recuerdo como si fuera hoy, aquel trágico 24 de marzo de 1980, cuando fue asesinado Monseñor Romero. Yo era corresponsal de Radio Nacional de España en Roma y pude recoger el testimonio del entonces Papa, hoy san Juan Pablo II: ”Al conocer con ánimo traspasado de dolor y aflicción la infausta noticia del sacrílego asesinato de monseñor Óscar A. Romero, cuyo servicio sacerdotal a la Iglesia ha quedado sellado con la inmolación de su vida mientras ofrecía la víctima eucarística, no puedo menos de expresar mi más profunda reprobación de pastor universal ante este crimen execrable que, además de flagelar de manera cruel la dignidad de la persona, hiere en lo más hondo la conciencia de comunión eclesial y de quienes abrigan sentimientos de fraternidad humana”.
Un testimonio emocionado y lleno de dolor. Todos nos conmovimos entonces y nos alegramos hoy de que Monseñor Romero sea ya beato. Un mártir más de la Iglesia, que ve hoy como miles de cristianos están siendo masacrados en Oriente Medio. La Cruz sigue siendo nuestra defensa ante la indiferencia de muchos, que ahora miran para otro lado, como países del primer mundo, que provocaron revueltas por intereses, fundamentalmente, económicos.
Ahí tenemos el otro drama, el de la emigración, con resultados trágicos y con nuestra Europa jugando a un reparto, más propio de un salón de juegos. Pues bien, contra todo esto luchó el ya beato Óscar Arnulfo Romero, que tiene que ser un ícono de lo que debemos pensar que debe ser un pastor:”un servidor de una Iglesia pobre para los pobres”. Un hombre que denunció en sus homilías dominicales las numerosas violaciones de los derechos humanos en su país y que manifestó su solidaridad hacia las víctimas. Su asesinato provocó la protesta internacional en demanda del respeto a los derechos humanos en El Salvador. Recuerdo, en particular, la homilía que pronunció en noviembre de 1977 en la que afirmó que “la misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la Iglesia encuentra su salvación”.
José María Gil Tamayo, Secretario General y Portavoz de la Conferencia Episcopal Española ha estado presente en la ceremonia a la que han acudido decenas de miles de personas que han pedido que Monseñor Romero sea canonizado muy pronto. Permítanme que me una a esa petición para un hombre que, repito ha sido, es y será ”un hombre de Dios, un hombre de Iglesia y servidor de los pobres”.