Entrevista a Ramón Térmens, director de El mal que hacen los hombres, una cinta con la que el cine patrio se sumerge en el género del narco-thriller y con la que, según ha contado el director en una entrevista con EL IMPARCIAL, quería mostrar que "matar no es 'cool', matar es asqueroso".
Diálogos suspicaces, tensión y un ambiente de desconfianza de todos contra todos en un gigantesco hangar en medio de ninguna parte, al estilo del Reservoir Dogs de Tarantino, pero con el narcotráfico en la frontera de México como telón de fondo y una producción modesta que sabe explotar sus fortalezas. Así se plantea El mal que hacen los hombres, la última película del siempre arriesgado realizador catalán Ramón Térmens (Joves, Catalunya über alles!, Dark Buenos Aires) que supone la incursión del cine español en el ahora en boga narco-thriller, mezclado con la literatura pulp y con reminiscencias a Shakespeare o Esperando a Godot. Un guión escrito allá por 2012 junto a su colaborador habitual, Daniel Faraldo, que se pone también delante de la cámara como protagonista.
El personaje de Faraldo, Santi, trabaja para el patrón de un cártel mexicano. Pasa los días junto a su compañero Benny (Andrew Tarbet) en una fábrica abandonada, esperando en una quietud, a priori, sorprendente en el ambiente a que le lleguen los ‘paquetes’ del jefe. Un trabajo mecánico que cumplen sin pensar. Hasta que llega un tercer hombre (Sergio Peris-Mencheta) a dejar el siguiente encargo: custodiar a una niña (Priscilla Delgado) de diez años, hija del jefe del cártel rival, hasta que sea utilizada en un intercambio o descuartizada. Térmens centra la primera parte de la cinta en un juego de conspiraciones, desconfianzas y conversaciones a medias entre los tres hombres, que parecen sacudidos de pronto por la realidad que los lleva años rodeando. Incluso la niña, que aprende a manejar la situación a base de aparente inocencia e instinto, termina entrando a ojos del espectador en la sombra de la sospecha. Después, todo explota y se huele la violencia “desagradable” que quería mostrar el director.
El título de la cinta, rodada en inglés en Barcelona, sale de la shakesperiana La tragedia de Julio César: “El mal que hacen los hombres les sobrevive. El bien queda frecuentemente enterrado con sus huesos”.
¿Por qué contar esta historia aquí y ahora? Si hay algún momento para hablar de este problema, es este. A mí me impacta todo lo que está pasando ahora con los narcos, esa violencia extrema que vemos en televisión, de decapitados. Y ya no solamente de narcos, el terrorismo en Siria también es parte de esa violencia actual. Se trata de buscar, si es que existe, la explicación de esta locura de violencia que está presente en nuestra sociedad.
Nosotros teníamos el guión escrito en el 2012 y luego se ha visto un poco de moda, entre comillas, con todo este tema. Está Breaking Bad, pero también la serie de Netflix Narcos, la película Sicario, de Denis Villeneuve... hay como una especie de ‘boom’. Pero creo que es normal, porque es que de repente te encuentras gente como ‘El Chapo’ Guzmán, que es prácticamente como una estrella de rock que concede entrevistas a Rolling Stone. Se ha creado mucho interés por el tema, pero cada película o serie se acerca a él de manera distinta.
¿Cómo crees que se trata, en general, el tema del narcotráfico y la violencia que genera en ficción? Bueno, no sé si hay una manera correcta o incorrecta de tratar el tema. Cada uno lo trata como puede. Nosotros hemos intentado buscar la parte humana, en el sentido de que cualquier “monstruo” también es una persona, cualquier acto monstruoso lo comete un ser humano. El hombre es el animal más peligroso para la humanidad. Aunque la película es claramente una fábula moral, nosotros lo hemos intentado tratar desde un punto de vista realista; no tanto social porque, aunque Daniel vive en Los Ángeles y tiene muy presente el tema de la frontera, no somos mexicanos. Realista y sin glorificar lógicamente lo que es la vida de un sicario.
¿Es la maldad algo natural e inherente al hombre? Sí, totalmente, desde el principio. Nosotros tenemos la posibilidad de escoger, una parte fundamental del ser humano. Un gato o un león no decide, se guía por el instinto. Nosotros no, nosotros tenemos capacidad de escoger, cada pequeña decisión es un acto de responsabilidad, y cualquiera de ellos tiene sus consecuencias.
¿A qué se debe el tratamiento específico de la violencia en la cinta: primero muy contenido y sugerente, después, hacia el final, explosivo? A mí me parece importante la violencia interna, la tensión del ambiente. Y quería que la violencia, la que hubiese, hiriese al espectador, fuese contundente, dura, desagradable. Porque la violencia es eso: desagradable. En muchas películas americanas parece que la violencia es guay, muy cool, matar mola. Nosotros queríamos mostrar que matar es asqueroso, es sucio y duele. Como Hitchcock en Frenesí, que decía que matar era muy difícil.
Como se ve en la película, cortar una cabeza con una sierra eléctrica no es tan fácil, ¿no? Sí, es que las películas gore lo cuentan como un chiste: se hace así un poco, y vuela.
Hay quien no da crédito al escuchar que el arco del personaje protagonista está inspirado en historias reales de sicarios o narcos que un día hicieron el ‘click’ y tomaron conciencia de dónde estaban… Bueno, es que es verdad eso de que la realidad supera a la ficción. Una de nuestras fuentes de información antes de hacer la película fue un miembro arrepentido de una de las bandas de Los Ángeles, y yo he alucinado. Hay muchas cosas que si las hubiera metido hubieran parecido increíbles.
¿Cómo se saca adelante hoy en día un proyecto cinematográfico con un presupuesto reducido? Hay que pensar la película con los medios que tengas. Nosotros hemos hecho la mejor película con los elementos que teníamos y al público le da igual. Al público no le importa si una película vale 10.000 euros o 10 millones. Lo que quiere es entretenerse, divertirse, reflexionar si hace falta y vivir una aventura cinematográfica. Y eso lo tienes que hacer con el presupuesto que tengas.
¿Qué habéis reforzado para conseguirlo? Se refuerzan los primeros planos, la interpretación y una cámara muy en función de la historia. No podemos hacer muchas virguerías porque si quisiéramos, por ejemplo, meter una steady cam, eso ya se lleva un día y medio, y si tienes 21, imagínate. Tienes que intentar buscar la forma que más se adecúe al tiempo que tengas, a la historia que tengas y sin que el espectador se dé cuenta de que no tenías muchos medios. Lo hemos hecho de una forma muy decente y creo que la película tiene mucho empaque.
Habiendo logrado hacer una película trabajando casi en los márgenes, ¿cómo ves la situación de la industria cinematográfica en España? Tengo poca visión a nivel general porque lo mío es más una historia de lucha individual, la verdad. Pero sí formo de la Asociación de Productores de Cataluña, hace un año que estoy en la Junta, desde la que intentamos que haya la mejor industria posible, que se hagan las mejores películas posibles, que lleguemos más al espectador y que el Estado subvencione lo más posible. Aunque suene ahora delicado, no hay que olvidar que con esa subvención no se llena el bolsillo el productor, sino que es para contratar a gente, IRFP y ‘Seguridades sociales’. Recibimos tanta subvención como otras tantas industrias que hay en España, que esto a veces no se ha sabido explicar. Luego otras veces pasa que hay un productor ladrón y parece que todos los somos. Y luego está lo de llegar a las salas, que sin una televisión nacional o una ‘major’ detrás es prácticamente imposible.
¿Cómo crees que saldrá el público de la sala si se anima este fin de semana a ver El mal que hacen los hombres? La película se ve de una forma muy física y creo que la gente saldrá impactada.