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ESCRITO AL RASO

Cuba sin Fidel

David Felipe Arranz
miércoles 30 de noviembre de 2016, 20:24h

Unipartidismo y represión: así podríamos definir la Cuba de Fidel, la de las ejecuciones y la propaganda, la de las jineteras, los puros habanos y el ron añejo, la de las vacaciones de los amigos que volvían después de ver la isla, enamorados de sus gentes y de las experimentadas torcedoras del mejor tabaco del mundo. El oficialista periódico Granma lo decía en su portada del pasado sábado: “Cuba es Fidel” y para muchos su única patria ha sido el exilio, añadiríamos, dando cuerpo al desarraigo político tras cruzar un mar infranqueable y acabar en Miami o en París.

De doce periódicos que había en 1958 de tirada nacional, ahora sólo hay dos, en una isla que ya supera los once millones de habitantes, mi Comandante. Antes de Fidel, el 8% de los propietarios poseía el 70% de las tierras: hoy el 80% las posee el Estado y el número de trabajadores por cuenta propia representa menos del 11% de la población activa. El mérito de plantarle cara al colonialismo yanqui fue suyo y nadie se lo quita. Pero no dice nada bueno de la Cuba de Fidel nuestro admirado Guillermo Cabrera Infante, que en Mea Cuba nos dejó la nómina de escritores estigmatizados por “el máximo titiritero”, el “Cristóbal Colón a la inversa”: Herberto Padilla, Reinaldo Arenas, José Lezama Lima o Alejo Carpentier, sin olvidarse de él mismo.

El lunes el general Raúl Castro, con 85 años cosidos al uniforme camagüeyano, apareció ante la opinión pública sujetando tembloroso la urna con las cenizas de su hermano, el Comandante, el Líder Máximo, y junto a los dirigentes del régimen guardó un minuto de silencio que parecía la melancolía que arroja la nitidez de las cosas, la de la soledad precisa. Por ejemplo. El Castro menos carismático pero más pragmático ha prometido dejar la presidencia en 2018, aunque parece que Trump anuncia ya tormentas contra el “fidelismo” muy alejadas de la paz de Obama. Alumno en la secundaria de un colegio de metodistas americanos, Raúl Castro es ahora un olmo machadiano, “holguinero” y reservón que ve venir en lontananza el huracán Trump, que ya orienta su gota fría hacia el Malecón.

El fundador de la revolución cubana sovietizó el país a la vez que lo escolarizó y reparó sus coches americanos ad infinitum forjando indirectamente y a base de parches la feria del automóvil clásico más espectacular del planeta, el motor vintage más fardón a uno y otro lado del océano, el parque automovilístico más obsoleto y museístico desde que Nikita Jrushchov visitó a Dwight Eisenhower, el desafío permanente a los escaparates de coches de Norteamérica.

El ataúd habanero hace ahora el viaje inverso y contrarrevolucionario, de La Habana a Sierra Maestra. La lucha de Fidel Castro fue contra el imperio estadounidense, pero de paso lo fue también contra los cubanos y los negros, que se vieron obligados a robar para sobrevivir con un salario miserable o siguieron sufriendo la xenofobia del blanquito. Los cubanos beben en casa estos días: en los bares no se puede tomar alcohol por orden del Gobierno hasta que pase el luto. Hasta que el friolero y barbudo fantasma de Fidel enfundado en su chándal azul de residencia de ancianos resuene distante, como un mal recuerdo para muchos.

El rey emérito voló a Cuba para darle el último adiós al exmandatario. Conviene recordar aquí las palabras de Fidel en la Cumbre Iberoamericana de 1992: “No soy realista, soy juancarlista”. Y aquel, que ve abierto ya el inmenso sepulcro del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, se asoma acaso a su propia realidad mortal, viajero de la indiferencia como está hecho ya el viejo rey mientras a su hijo le niegan la reverencia los burgueses en camisa de Podemos en los actos institucionales. Albert Rivera, al que miembros de su propio partido quieren abrir un expediente por la ausencia de democracia interna y la opacidad en la dirección, ha criticado que el Gobierno envíe al rey Juan Carlos por la “condición de dictador” del dirigente fallecido. Van a exprimir la naranja, dicen estos 300 afiliados, porque la Comisión de Garantías está constituida en "fraude de ley" y que Albert –oh, Albert, el hombre desnudo– hace trampas y abre expedientes de expulsión por manifestar su opinión.

Luto nacional, pues, el decretado por el castrismo hasta el domingo 4 de diciembre, cuando las cenizas serán depositadas en el cementerio de Santa Ifigenia, Santiago de Cuba, colofón a la guajira “vueltabajera” de luto. Herminio García Wilson “el Diablo” y el Guajirito del Edén afinan ya las cuerdas de sus guitarras, no sabemos si para llorarlo o para celebrar su partida, “y que no hay fruta en la tierra, / como la del camposanto”. Un largo adiós recogido y miedoso el que han iniciado los cubanos, pero sin Raymond Chandler: que se lo pregunten a la periodista censurada Yoani Sánchez, que augura “días complicados”.

Como dijo el fotógrafo Enrique Meneses, el Fidel Castro avant la lettre aún no era comunista en Sierra Maestra, en 1958, y llevaba una cruz al cuello: “Lo hicieron comunista” en su paseo revolucionario, en 1959. Acabado el homenaje, Raúl Castro exclamó la consigna que hizo famosa Fidel: “¡Hasta la victoria, siempre!”. Pero ya no hay revolucionarios y sabemos que aquella “felicidad” rebelde y cosmética que imperó durante medio siglo no fue sino una inexplicable forma de remordimiento, Comandante.

Twitter: @dfarranz

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