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ORIENT EXPRESS

Sobre el futuro de Europa

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 26 de marzo de 2017, 19:59h

El sábado pasado los 27 países de la Unión Europea -sin contar el Reino Unido- se reunieron en Roma para celebrar el 60º aniversario del Tratado de Roma y sentar las bases del futuro post-Brexit. Todos ellos hicieron votos en favor de la unidad. El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, auguró que ”habrá un centenario de la UE” y lamentó la ausencia del Reino Unido. Abundaron los recuerdos de la “Europa dividida”. El presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, dijo sentirse “orgulloso” y vaticinó un “Renacimiento europeo”. La cumbre informal terminó con la firma de la “Declaración de los dirigentes de veintisiete Estados miembros y del Consejo Europeo, el Parlamento Europeo y la Comisión Europea”.

En ella, los firmantes sostienen que “vamos a hacer a la Unión Europea más fuerte y resiliente, mediante una unidad y una solidaridad aún mayores entre nosotros y el respeto de las normas comunes. La unidad es una necesidad y nuestra libre elección. A nuestros países, tomados uno a uno, la dinámica mundial los condenaría a la marginación; permanecer unidos es nuestra mejor posibilidad de influir en ella y de defender nuestros intereses y valores comunes. Actuaremos juntos, a distintos ritmos y con distinta intensidad cuando sea necesario, mientras avanzamos en la misma dirección, como hemos hecho en el pasado, de conformidad con los Tratados y manteniendo la puerta abierta a quienes quieran unirse más adelante. Nuestra Unión es indivisa e indivisible”.

Se formulan cuatro objetivos: “una Europa segura y protegida”, “una Europa próspera y sostenible”, “una Europa social” y “una Europa más fuerte en la escena mundial”. Hacia el final del texto se formulan compromisos: “perseguiremos estos objetivos en la firme creencia de que el futuro de Europa está en nuestras manos y de que la Unión Europea es el mejor instrumento para lograr nuestras metas. Prometemos escuchar y responder a las preocupaciones expresadas por nuestros ciudadanos y cooperaremos con nuestros Parlamentos nacionales. Trabajaremos juntos al nivel que suponga un avance real, tanto si es en la Unión Europea como a escala nacional, regional o local, y en un espíritu de confianza y cooperación leal, tanto entre los Estados miembros como entre estos y las instituciones de la UE, en consonancia con el principio de subsidiariedad. Dejaremos el margen de maniobra necesario a los distintos niveles para reforzar el potencial de innovación y crecimiento de Europa. Queremos una Unión grande para las grandes cuestiones y pequeña para las pequeñas. Promoveremos un proceso decisorio democrático, eficaz y transparente y una mejor ejecución”.

Así, no es que la Declaración de Roma arroje demasiada luz sobre cómo va a afrontar la Unión los desafíos que tiene ante sí. En primer lugar, las tendencias euroescépticas son fortísimas en algunos países. El caso más claro es Francia, pero no es el único. Existen discrepancias muy profundas en materia de inmigración o de los modelos de sociedad que se promueven desde las instituciones comunitarias. Los países del Grupo de Visegrad -Polonia, Hungría, la República Checa y Eslovaquia- han presentado una oposición firme a que se imponga a los países de la Unión la obligación de acoger refugiados. La “vis expansiva” de las políticas que emanan de Bruselas, que tienden a dejar cada vez menos margen a las legislaciones nacionales, está generando en el continente el mismo descontento con la burocracia y las imposiciones que ha inspirado el Brexit. Sin duda, la Unión Europea es todavía una fuerza económica y política, pero la Declaración de Roma no responde a la inquietante apariencia de declive. El invierno demográfico, que solo algunos países como Polonia están salvando, o los problemas de una “identidad europea” con la que muchos no se identifican son problemas de fondo cuya solución necesitará de algo más que declaraciones.

Europa existía antes de la Unión. La única forma de que siga existiendo en el futuro es que regrese a los fundamentos que la inspiraron y que hoy se encuentran casi ausentes de su “relato”. Durante siglos, ser europeo era aspirar a un modelo de persona y sociedad inspirado en la tradición de Grecia y Roma y en el humanismo cristiano. Todo esto suponía cierta idea de poder limitado y un conjunto de valores como la libertad y la igualdad que partían de la dignidad intrínseca del ser humano. Por supuesto, hay mucho más, pero baste esto como resumen de aquello que la Unión está soslayando. Las sociedades europeas han sido diversas, no homogéneas, y estaban unidas por principios que las inspiraban y que todos consideraban compartidos. Desde la noción de Cristiandad hasta la del “concierto de las naciones”, los europeos tenían las identidades nacionales acumuladas a la europea. No sentían la necesidad de reemplazar la una por la otra. Desde luego, esto no era igual en el caso de los primeros Estados modernos del continente -España, Portugal, Francia, por ejemplo- que en aquellos que nacieron del desmembramiento de los grandes imperios centrales. Como recordaba François Fejtö en “Où va le temps qui passe”, según el lugar, las identidades se vivían de modo diferente. En unos la ciudadanía equivalía a la pertenencia a una nación; en otros, solo implicaba la pertenencia a una determinada entidad política que abarcaba multitud de pueblos y naciones, divididos a su vez por fronteras. Anne Applebaum describió este proceso histórico de los últimos dos siglos en el relato de su viaje desde Kaliningrado hasta Odessa, publicado con el título “Between East and West”.

Europa no nació con la Unión Europea. Antes bien, la Unión fue posible porque los europeos tenían un sustrato cultural común sobre el que construir algo duradero. Sin embargo, alejarse de esos principios comunes para tratar de imponer a los ciudadanos modelos sociales y políticas ajenas a sus realidades nacionales terminará debilitando la casa común europea. La diversidad de Europa no es solo económica- de esto suele hablarse cuando se habla de las dos velocidades- sino también histórica y cultural. La unidad no equivale a la uniformidad. Los británicos, por mucho que nos duela el Brexit, no serán menos europeos en el futuro. Los serbios son tan europeos como los belgas, aunque su país no pertenezca a la Unión.

Los desafíos de nuestro continente -desde la expansión del islamismo hasta la política hacia Rusia- no se afrontarán con triunfalismos ni con declaraciones, sino con un golpe de timón que devuelva la Unión a sus orígenes culturales y las raíces de nuestra civilización de las que se ha ido alejando. Juan Pablo II vio con gran claridad la deriva de Europa y la necesidad de reaccionar antes de que fuese tarde. Habla el primer Papa polaco de la historia el 9 de noviembre de 1982: “Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo.”.

Ojalá estemos a tiempo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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