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TRIBUNA

Lecciones francesas para España

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
viernes 28 de abril de 2017, 22:52h

En mayo de 2012 François Hollande compite con el presidente de la República, Nicolas Sarkozy, en las elecciones presidenciales de ese año. En vísperas de la segunda vuelta, en un momento como el de ahora, yo escribí que ganaría la presidencia aquél de los dos candidatos que encarnase mejor el legado del general De Gaulle, el fundador de la actual V República.

François Hollande supo aparecer como heredero de De Gaulle, no sólo porque sus promesas de una acción social desde el Estado le aproximaban al recordado general, sino porque Nicolas Sarkozy, en ese aspecto, no tenía nada de gaullista, y además, porque los auténticos gaullistas habían sido apartados del poder durante sus años de presidente de la República.

François Hollande ganó, obtuvo los votos y el apoyo público de prominentes gaullistas, y como era lógico, cuando tuvo que gobernar no pudo mantener esa ficción que consistía en su fidelidad a la República (gaullista) Francesa, y a la vez desarrollándola desde las promesas que los socialistas franceses habían concretado en su programa electoral.

Aparte de un cierto rechazo por motivos personales y de imagen, el presidente Hollande perdió su credibilidad porque no cumplió lo prometido, y no lo cumplió porque era imposible de cumplir. Francia necesita reformas profundas, porque, aunque sigue siendo una economía importante, y sigue teniendo responsabilidades de primer orden mundial (tiene veto en la ONU y armas nucleares), se ha convertido en un país que ya no es la potencia mundial que fue -o que creyó que lo era- en los años del último cuarto del siglo XX.

Hollande se ha dado cuenta de esa imposibilidad, e intentó avanzar por la senda de las reformas, es decir, reformando estructuras materiales y, a veces más resistentes, reformando las ideológicas. Lo intentó con su primer ministro, Manuel Valls, y este honrado y competente político se puso a ello, pero fue arrastrado por las frustraciones que generó su jefe, el presidente Hollande, y por todos aquellos que en su partido seguían verbalizando la ideología que podíamos definir como social-gaullista. Esas arcaicas ideas de la “grandeur” (la grandeza de Francia según De Gaulle) son las que le hicieron ganar a Benoït Hamon la candidatura socialista a la presidencia de la República, derrotando a Manuel Valls. Y la “grandeur” fue también el lema de François Fillon, el candidato del partido gaullista, en sus sucesivas elecciones.

El gaullismo, esa forma muy francesa, muy colbertiana, muy centralista, muy monárquica, muy democrática, bastante jacobina, escasamente liberal, posiblemente, ha sido derrotado para siempre. El gaullismo es a Francia, y con la reserva de que el general francés fue siempre un antifascista, como el peronismo es a Argentina, con la certeza de que el general argentino no lo fue: una ideología que demanda al Estado medidas y acciones que los Estados de hoy son incapaces de realizar.

La presidencia de la República Francesa se dirime entre dos candidatos, Emmanuel Macron (nacido en 1977) y Marine Le Pen (nacida en 1968), que no tienen como inspiración política al general De Gaulle.

Los dos partidos del sistema de la V República -hasta cierto punto el sistema gaullista-, “Los Republicanos”, y el “Partido Socialista”, han creído que las reformas que el sistema necesitaba pasaban porque uno y otro partido se democratizasen, y esa democratización implicaba que su funcionamiento y sus métodos electorales internos se americanizasen, en otras palabras, creyeron que con primarias a la americana, primero, se harían más atractivos en esta sociedad del espectáculo, y segundo, sería un método para seleccionar los mejores candidatos dentro de sus respectivas formaciones.

Y en efecto, con primarias eligieron los dirigentes partidarios y después, en otras primarias, eligieron los candidatos a la presidencia de la República. La teoría optimista de que las primarias serían la solución a los males actuales de la política se ha demostrado algo parecido al bálsamo de Fierabrás: un fiasco absoluto. En lugar de fortalecer los partidos, la lucha en las primarias los ha roto (en medio de una lucha despiadada con la ayuda de los medios de comunicación y de la Justicia, etc.).

Pero lo más importante es que los dos candidatos elegidos en primarias, el socialista Benoït Hamon, y el conservador (El Republicano) François Fillon, se han quedado fuera de la elección definitiva a la Presidencia de la República. Y los dos que se enfrentarán en la segunda vuelta, Emmanuel Macron y Marine Le Pen, ninguno de ellos ha sido designado para ello en primarias. En realidad, las primarias han sido vistas por los ciudadanos -a pesar del número de participantes, 4 millones los conservadores, 2 millones los socialistas- como un mecanismo de lucha partidaria, y por eso aparecieron como incapaces de reformar o mantener un Estado cuyo funcionamiento no satisface a nadie.

De los dos candidatos, sólo Emmanuel Macron significa algo nuevo. En lugar de someterse a unas primarias organizadas por el Partido Socialista, Macron decidió hacer el suyo propio, y fundó su movimiento, denominado “En Marche!”, cuyas dos letras se corresponden con su nombre y apellido. ¿No es algo que se parece a lo que hizo De Gaulle cuando se lanzó a reformar radicalmente la IV República, la anterior a ésta?

En una época tan insegura, en la que las primarias norteamericanas son criticadas a la vista de la elección de Trump, Macron puede abrir perspectivas nuevas para Francia, y eso podría devolver a Europa un liderazgo ideológico que perdió hace años. Se dice, en España al menos, que Macron carece de partido. Está por ver. Desde luego no es un tecnócrata-banquero. Sin duda ha triunfado en el mundo financiero (¡rompiendo la falacia de las “puertas giratorias”!), pero la formación filosófica de Macron, y su larguísimo compromiso con su anterior partido, el Partido Socialista Francés, hacen de él una opción política muy seria.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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