Decían el otro día desde Uber, la red de vehículos de transporte coordinada a través de una aplicación móvil, que España se estaba ganando a pulso su fama de país tecnófobo. Pese a esa supuesta reticencia a las nuevas tecnologías, que suelen venir de fuera, –“¡Que inventen ellos!, la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó”, así Unamuno- España lleva años entre los países líderes en implantación de los teléfonos inteligentes: ocho de cada diez españoles tienen uno.
En su libro ‘La sociedad que seremos’, la socióloga Belén Barreiro, exdirectora del CIS, habla del auge del comercio electrónico, que supone, dice, el 30% de las compras. Pero hay dos cosas que los españoles se resisten a comprar online, explica Barreiro: los productos financieros y los alimentos. Al margen de las finanzas, si hay algo en lo que la mentalidad española se muestra conservadora es en las cosas del comer. El producto, mejor verlo antes que comprarlo.
Digo esto porque el gigante del comercio electrónico Amazon se acaba de comprar una cadena de alimentación ‘sana’, Whole Foods, por 12.260 millones de euros, en lo que supone, según los expertos, toda una declaración de guerra a los supermercados de toda la vida. La cadena estadounidense Wal-Mart acusaba esta compra con notables descensos en Bolsa este viernes.
El movimiento ya supo verlo Julio Camba, que en ‘La casa de Lúculo o el arte de comer’ –el libro es de 1929- imaginaba compañías que enviaban el chocolate y la sopa de fideos a través de grandes tubos “así como hoy nos envían el gas y el agua”. La idea que llevan los de Amazon no son tanto las tuberías sino los drones, aunque ya se verá.
Por cierto que la idea de Amazon es abaratar los productos de Whole Foods, que vende alimentos frescos de primera calidad, aunque a precios superiores a los de otras grandes superficies como Wal-Mart. No sé cómo han pensado hacerlo pero me malicio que tendrá que ver con el método más común y efectivo: la reducción de los costes laborales. Los llamados ‘blue collar jobs’, es decir, los trabajos de baja cualificación, son los grandes perjudicados por las ideas disruptivas de las grandes empresas. Es la gran baza para el discurso populista y anti-élites de Donald Trump.
Sobre si España es un país tecnófobo, no sabría qué decir. Se ha regulado para proteger a determinados sectores como la música y el cine -¡ese canon digital!- o los periodistas, con la limitación de Google News. Pero casi cualquier novedad suele ser bien acogida mientras sea fácil, barata o gratuita. Los sermones sobre ‘lo que hay detrás’ de tal o cual nuevo negocio tan sólo sirven como conversación de barra de bar.