Esta semana hemos recordado la pasión crítica u ordenadora de Gustavo Bueno, caído hace un año, a los noventa y uno de su edad. El primer aniversario del fallecimiento del filósofo no es noticia – apenas lo fue su deceso – porque forma parte de nuestro estado la ignorancia del mismo: no notamos nuestra menesterosa situación, la lamentable oscuridad y confusión con la que avanzamos entre tinieblas adornadas de adminículos electrónicos, saturadas de reglamentos y fórmulas vanas que asfixian nuestra vida. Avanzamos informados al detalle de despreciables naderías capaces, sin embargo, de mover pasiones espurias. Aquella lucidez era inseparable del valor, que permite alzar la voz de la verdad afrontando graves amenazas. Gustavo Bueno se abrió paso, siempre desde los márgenes de la fórmulas bendecidas por una inteligencia biempensante. La sabiduría y el valor son momentos de la misma potencia crítica.
Se amontonan las noticias a lo largo de esta semana y sería necesario el criterio del filósofo para desentrañar el orden que ocultan bajo su abigarrada acumulación, sería necesario su valor para esgrimir algún orden frente a las sinuosas amenazas de la corrección política. Más allá del acuerdo o el desacuerdo luciría la honestidad del que se esfuerza noblemente con las armas de la lógica, con una lógica sostenida por un corazón leal. No es que no haya otros que se esfuercen en el mismo sentido, pero muy pocos logran aproximarse en virtud. Por el contrario son legión los que ignoran o desprecian la figura del filósofo, generalmente confundido con los sofistas de mayor éxito. Es más necesario que nunca y, al tiempo, más difícil y arriesgado, enarbolar las armas de la dialéctica preservandola inocencia de una voluntad orientada hacia la verdad. El bien, la verdad, la belleza: categorías últimas – trascendentales – que la crítica crítica de la ultramodernidad da por superadas.
En efecto, la sofisticación es el signo de nuestro tiempo y la apelación a la verdad será juzgada de una vulgar ingenuidad por los muy sutiles promotores de la crítica crítica. A éstos les repugnará más, si cabe, la apelación a la bondad, acostumbrados a respirar la atmósfera mefítica de relativismo en que medran y se complacen. La acusación de moralista pretende ser hoy demoledora y, sin embargo, es urgente fijar fronteras a la acción, definir lo infranqueable haciendo – para decirlo con Marx – la crítica de la crítica crítica. Estamos, se nos dice, en la Era de la post-verdad, habríamos de admitir la confusión del gesto y de la mueca. Ni verdad, ni realidad, viejas categorías de una metafísica superada por el nihilismo. Vivimos el tiempo del superhombre y su metafísica de artista; capaz de definirse a sí mismo extrayéndose del fango tirándose del moño: cada uno crea su propio canon.
Gustavo Bueno se atrevió siempre a señalar con lúcida inocencia la desnuda presencia del emperador; pero lo hizo sentado entre el público, con trazas de populacho, de nuestro tiempo. Desde un orden inmanente, secular y racional, trató de construir un sistema con los materiales mismos del mundo, desde el que orientarse enel seno de un devenir del que somos parte. Pero los sofisticados pensadores del día, enfrentados a toda voluntad de verdad, denigran ese esfuerzo. Fragmentarios, lúdicos, móviles, o simplemente inquietos, no están nunca donde se les espera, no son lo que son. Se estiman creadores que “donde pueden adivinar odian el deducir” (Nietzsche) y desprecian la verdad. Claman con nuestro superhombre vernáculo: “¿Cuándo aprenderán que las almas donde sólo existe la luz de la verdad, son almas tristes, torturadas, adustas, que hablan en el silencio con la muerte y tienden sobre la vida una capa de ceniza?” (Valle-Inclán). Sin embargo, esta saturnal de la voluntad creadora es, de hecho, un mercado saturado de banalidades, habitado por una sociedad de depresivos. Urge alzar la voz en la gran fiesta europea para dibujar el perfil de un presente que amenaza con nubarrones de realidad.
Ante el completo triunfo de la sofística, en la situación liminar en que nos hallamos, habrá que adoptar el severo gesto del moralista o del filósofo para, una vez más, clamar en el desierto. En ese desierto se escuchan ecos de la voz del viejo y sería bueno aprender a interpretarlos.