No exagero para nada. Mis experiencias con Borges fueron fabulosas bajo todo punto de vista. Evocarlas me sigue encantando la vida. Como pocos, lo conocí íntimamente y fui testigo de su originalísima manera de ser, tan literaria como humana; de su menos recatado que explícito humor, de su filosa ironía y de las particulares maneras de reaccionar ante la inmediatez. Era un sabio niño grande que nunca se tomó en serio, como corresponde. Quienes lo reducen a su incomparable obra escrita acaso no alcanzan a dimensionarlo de manera total.
Aunque resignado a la quietud de la ceguera, las circunstancias adversas nunca modificaron su carácter homogéneo de caballero cabal y educado. Su fuerza radiante, su lucidez permanente, su conversación llena de originales matices, correlacionada de imágenes irrepetibles, era siempre asombrosa, descubridora de universos impensados. Nunca conocí un hombre más considerado, inteligente y con un modo de ser tan delicioso como el suyo, que, aunque orillando el nihilismo, gravitara tanto en el entorno con su escritura y su palabra oral.
Borges, era el genio que se imponía siempre sobre el contexto, lo sobrevolaba con soltura portentosa. Duras o benignas, jamás las circunstancias incidieron en su modo de ser, quizá porque sentía que el mundo era apenas un pretexto para pensar y que salvo la literatura (que es un “juego que debemos jugar con la seriedad con que juegan los niños”, según la idea de Stevenson), pocas cosas le merecían seriedad; digamos que acaso algún recuerdo que evocara de sus mayores, aunque buscaba atemperarlo con el lado gracioso (“Mi padre era un gran calavera que se perdía detrás de cualquier pollera”, confesaba divertido. “Era cegatón, como yo –recordó una vez-. Cuando vivíamos en Ginebra, vio pasar a una mujer que lo interesó y la empezó a seguir diciéndole piropos durante dos cuadras. De pronto ella se dio vuelta y le dijo: “¡Pero, Jorge, ni a mí me dejas tranquila!”. Era mi madre la acosada). Hasta el peronismo, que ocasionalmente solía enardecerlo, fue motivo de su humor incomparable (“No son ni buenos ni malos; son incorregibles”, sentenciaba con una sonrisa piadosa).
Se sabe, que analizar el pasado resulta siempre más difícil que juzgar el presente. Lo pretérito ya fue y es maleable como la arcilla. Echar una mirada hacia los tiempos idos es poner en juego una pasión que ya no existe. Digamos, a modo de conclusión para este exordio, que el prudente y analítico Borges, salvo el arte de la literatura, no lo apasionaban demasiadas cuestiones; eso sí, como buen curioso le encantaba fisgonear en los asuntos más diversos (¡y vaya si era curioso! Nada se le pasaba por alto; como diría el pensador judío Bernardo Ezequiel Koremblit, sólo una cosa le interesaba: todo). Veía la política, verbigracia, como algo ajeno y transitorio, como “un juego sucio entre matones”, le oí decir una vez, repitiendo la definición de Azorín (coincidentemente, asombrosamente, también usada por Juan Domingo Perón en alguna oportunidad; ese punzante Azorín a quien no sé si Borges lo tenía demasiado en su consideración literaria, pero lo supo citar en sus conceptos).
Casi nadie ignora que en los años del peronismo, nuestro Borges sufrió la persecución de algunos burócratas ensañados con el modestísimo cargo de auxiliar tercero que ocupaba en una biblioteca de barrio. Al disentir con el régimen no titubearon en removerlo al ofensivo puesto de “inspector de aves y huevos”, del cual se vio obligado a renunciar obviamente. ¡Cómo iba a soportar tamaña humillación del enemigo! Otros funcionarios, más resentidos aún, pusieron en prisión -por la misma razón de opositoras a Perón-, a doña Leonor Acevedo de Borges, su madre y a Norah Borges, su hermana; también a Victoria Ocampo y a otras mujeres argentinas (la razón cantar en una calle céntrica de Buenos Aires, como modo de protesta, el Himno Nacional Argentino). Antes y después de eso, el peronismo fue para el vulnerable ciudadano Borges, algo así como la práctica de una desmedida ferocidad; tanto que solía compararlo a la remota dictadura mazorquera de Juan Manuel de Rosas, allá por mediados del siglo XIX.
En el terreno de la política, como fervoroso opositor, Borges podía perdonar cualquier cosa, menos que alguien se hiciera peronista, en especial sus amigos; tal fue el caso del escritor Leopoldo Marechal, compañero de aventuras literarias en su juventud, a quien le retiró el saludo debido a esa adhesión descalificante. Pasados los años, ese sentimiento; digamos mejor, ese pavor, se fue transformando en la recurrencia sistemática de un sarcasmo gélido que mantuvo de manera constante contra Perón, Evita y toda la tribu peronista.
Pero, como dice una copla popular centroamericana, “la vida te da sorpresas; sorpresas te da la vida”. Un mediodía, mientras caminábamos por la calle Florida, algo que hacíamos habitualmente, al cruzar la avenida Diagonal Norte, nos vimos de pronto en medio de una multitudinaria manifestación. Eran jóvenes militantes, adictos al peronismo, quienes al percatarse del notable personaje que iba tomado de mi brazo, nos rodearon de inmediato.
-No se asuste –traté de tranquilizarlo-. Esta gente parece no tener intención de agredirnos.
Sorprendido y bastante alarmado, Borges, apretó mi brazo pidiendo que lo sacara de tamaño apuro; pero, contrariamente a lo que es de imaginar, los cánticos entonados por los muchachos resultaron divertidos y, lo que es aún más raro, definitivamente favorables:
“¡Borges y Perón, un solo corazón! ¡Borges y Perón, un solo corazón!”
Así bramó aquella turba de entusiastas muchachos peronistas que saltaban a nuestro alrededor; en ese momento, también devenidos en borgistas o borgesianos. ¡Una paradoja o una suerte de oxímoron bien argentino!
-¡Qué buena fórmula presidencial para ganar una elección! –reí yo, bromeando-. Los muchachos aplauden y lo proclaman junto a su líder.
-¡Cáaa-ram-ba, no parecen hostiles! –comentó Borges menos divertido que perplejo, mientras las expresiones se dejaban oír con palabras cada vez más amables y de admiración-. Esto parece un sueño, despiérteme, Alifano. Ni remotamente hubiera imaginado que alguna vez oiría pronunciar mi nombre junto al del dictador Perón.
-¡Qué buena fórmula, Borges! –repetí yo con una carcajada.
¡Cómo se le ocurre algo así! –se alarmó Borges con una sonrisa forzada-. ¡Ni en chiste lo diga!
Pero, era la verdad del caso. Así suelen ser las cosas, tan curiosas que a veces parecen irreales; las razones (o las sinrazones) de este mundo impredecible. El prestigio transfigura a quienes lo poseen y los niveles de eminencia suelen convertirse en símbolos de meras o sorpresivas situaciones. “El tiempo cicatriza las heridas”, como dice un antiguo refrán (¡y de qué forma!).
Después de pagar tributo a ciertas agresiones de otros tiempos, después de sacrificarse en aras de un proclamado antiperonismo casi militante, ahora eso: nada menos que el nombre del poeta junto al nombre del caudillo populista. Quién iba a decir, que Borges y Perón serían los dos sellos incuestionables de la Argentina. Nadie que hable de literatura puede soslayar a Borges; tampoco quien hable de política argentina puede obviar a Perón. ¡Ah, las cosas de este mundo raro y caprichoso, asombroso por donde se lo mire! ¡Borges y Perón, un solo corazón, quién iba a imaginarlo, ni el mismo Borges!