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TRIBUNA

Tabarnia y la alegría

lunes 12 de febrero de 2018, 20:11h

Mandemos al carajo la falsa solemnidad y ríanse del mundo. Lo diré sin largo prólogo y liberándoles de malos epítetos. Dos reacciones relevantes han aparecido frente a la “preparación” y, en cierto modo, ejecución del golpe de Estado de los secesionistas catalanes contra España. Por un lado, el Gobierno ha aplicado de modo tibio el artículo 155 de la Constitución; lo ha hecho tan mal y es tan ignorante que ni siquiera se lamenta de sus errores; con su pan se lo coman y los ciudadanos los castiguen en las próximas elecciones. Por otro lado, el pueblo llano ha creado un artificio para reírse de la falsa solemnidad tanto de los secesionistas como de su auto-infatuados represores. Sí, Tabarnia se cachondea no sólo de Puigdemont sino también de la actual Presidenta de la Comunidad Autónoma de Cataluña.

Tabarnia, el acrónimo de Tarragona y Barcelona, las dos provincias de Cataluña con una mayoría no independentista, se ha constituido entre la broma y la seriedad, en un artificio irónico, una bufonada irracional para darle a los secesionistas catalanes de su propia medicina. Esta irónica, humorística y alegre iniciativa es el alquitarado de una larga y profunda tradición de filosofía española. Permítanme, amables lectores, una brevísima disgresión “filosófica” para circunstanciar el nacimiento de Tabarnia aún a riesgo de caer en la pedantería. La plétora de filosofía que corre por las letras españolas es de tal abundancia que jamás los mandarines de la “filosofía oficial”, los clasificadores de los géneros filosóficos, han sido capaces de captar su esencia. El exceso de filosofía de nuestras letras nunca supieron captarlos la mayoría de profesores de filosofía. Menos aún pudieron verter sus esencias en los vasos del saber para que pudieran degustarlo nuestros jóvenes estudiantes. Los responsables de los textos oficiales de filosofía para nuestro país siempre se han negado a integrar las letras españolas como documentos básicos de la filosofía de todos los tiempos. Nunca he entendido esa actitud ruin, o peor, esa incapacidad para degustar la literatura filosófica española.

Mas lo cierto es que la filosofía de las letras españolas, aunque no se recoja en los textos académicos, no es menos filosofía que lo dicho por Kant o Hegel. Bastaría repasar, por poner un ejemplo, algunas obras de Quevedo y Calderón para saber que no solo se adelantaron a las cuestiones capitales de la filosofía existencialista del siglo XX, sino que aún siguen vigentes. Son actuales, o sea, son obras de filosofía genuina sobre la vida y la muerte. Algo parecido podríamos decir de la filosofía sobre el humor que acogen las letras españolas de todos los tiempos. Nuestra cultura literaria y filosófica rebosa por todas partes autores, textos y grandes obras de humor. Sancho-panzas llenos de alegría y humor hay hasta debajo de las baldosas de nuestra literatura. Sobra decir que por humor entiendo la cualidad de descubrir a través de la palabra u otras formas de expresión más o menos artísticas, o sea artificiales, lo que de cómico y ridículo hay en la realidad de las cosas o las personas. Ese hallazgo a veces se lleva a cabo sin malevolencia, especialmente cuando nos reímos de nosotros, y otras con malevolencia cuando lo practicamos con el prójimo.

Pero, más allá de las distinciones entre el humor cervantino frente al del gran Quevedo y más acá de las maldades o risas que uno y otro puedan provocarnos, me parece que el humor es una forma refinada de decir las cosas más serias del mundo sin ánimo de molestar a nadie salvo a los malvados, a los falsarios solemnes y a los fanáticos. El humor, sí, es un artificio sutil y delicado que solo puede aprenderse con dedicación y esfuerzo. Tabarnia es, en efecto, puro humor. El artificio Tabarnia es más que una quimera, genial por otro lado; creo que es una excelsa obra de filosofía del humor: sonrisa y concepto, ironía y sabiduría, en fin, creación y crítica van de la mano. Tabarnia, trasunto literario de España, quiere separarse de la Cataluña nacionalista, que es el lado cuasi criminal de unos partidos políticos que imponen su fanática perversidad a millones de ciudadanos. Tabarnia es toda una obra de arte, que se sitúa por encima de las circunstancias y salta fuera de lo cotidiano y trillado.

Su presidente en el exilio, el grandioso Albert Boadella, representa la quintaesencia de una actitud humorística sin par en el mundo. Es único, es decir, una singularidad española que se hace universal. Filosófica. Tiende a la sabiduría. Boadella es el gran filósofo y político de la España de hoy. La risa que nos provoca Tabarnia es una respuesta a la incongruencia, al fanatismo y a la intolerancia del separatismo catalán. Tabarnia no pretende resolver las contradicciones del nacionalismo identitario sino festejarlo con la risa y el cachondeo. Al fin, vemos la otra cara, la sensata y alegre, de la ridícula y triste Cataluña separatista. Tabarnia es España. Humor, risa y alegría de un país que está lejos de la frivolidad practicada por algunos actores de la televisión que han hecho del odio, la rabia y la ira del separatismo componentes esenciales de su arrastrada vida. No es menester, pues, ser Wittgenstein para mantener con contundencia, o sea, con filosofía que “podría escribirse una obra filosófica buena y seria, compuesta enteramente de chistes” de Tabarnia.

Los cultos e irónicos ciudadanos de Tabarnia están haciendo feliz la máxima de Gorgias: “Echa a perder la seriedad de los adversarios por medio de la risa y su risa por medio de la seriedad”.

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