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La televisión putrefacta

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 13 de julio de 2018, 21:01h

Estamos hasta el cuello de tanta mierda televisiva. Lo cantó Yeats, posteriormente lo recordó Juan Ramón Jiménez: “El amor es el lugar del excremento”. Pero no es el caso, el problema viene de lejos y ninguna sigla política parece tenerlo como misión de cabecera. En el programa de Mercedes Milá donde Umbral le cantó las cuarenta lo dijo en antena y nadie le hizo casa: “La televisión en España es putrefacta como nos recuerdan cada día los críticos del medio”. No sé si lo va a arreglar Podemos, el PPSOE, los vascos o los catalanes, pero las medidas son urgentes. La crónica social es un barrizal, los programas mínimamente culturales se colocan a las tres de la madrugada, las tertulias políticas son gallineros, las películas horrorosas, los concursos para párvulos. El espectador medianamente formado con media hora (informativos) ya tiene suficiente.

Federico Fellini lo dijo en Italia y algunos le hicieron caso: “La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”. Andy Warhol en América la defendió unos años: “La televisión es la inspiración”. Gilbert Cesbron, escritor y poeta francés, dio las primeras pistas: “La televisión nos proporciona temas sobre los que pensar pero no nos deja tiempo para hacerlo”. Juan Cueto, vanguardista y visionario, decía hace años que una televisión se medía por la calidad de su publicidad: donde vemos malos productos de consumo el marco general es todavía peor. Hubo un tiempo donde en España se hacía La Clave de Balbín, diálogos culturales entre personas no berridos entre fieras o animales. Hubo un tiempo donde Sánchez Dragó llevó a premios nobel a las antenas. Alaine Touraine, el sociólogo francés, sabía los límites del artefacto: “la televisión será la base de la opinión pública. Ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global no hay nada”. Groucho Marx fue de los que optó por el abandono: “Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro”.

¿No se puede conseguir una televisión decente, con los impuestos de todos, donde no ya se informe sino que también se forme? Tenemos internet, sí, y la oferta cultural no puede ser más amplia: entrevistas, programas muy elaborados, grandes documentales, importantes investigaciones, altavoz para las ciencias y las letras en igualdad de términos. ¿Soy yo solo o se nota la diferencia entre la pantallita del teléfono y el ordenador y la caja tonta? Se dice de Jorge Javier Vázquez, por ejemplo, qué señor más ocupado, se premian sus documentales sobre Miguel de Molina u otras obras teatrales, no me extraña: la cultura, lo mucho o poco que haga en ella, le limpia del barrizal de todas las tardes, es filólogo, creció con Gil de Biedma, es obseso textual y su furia lectora le ha llevado a escribir libros mejor o peor, no puede ser feliz con ese magazine de la injuria, las voces, los señores mayores en los asientos y un ambiente general de patio de vecindad muy cutre.

Queremos y pedimos una televisión digna, inteligente, que no nos narcotice, que enseñe, libre, culta, acorde con el siglo XXI. No es cuestión de ratios de audiencia sino de contenidos. Empezar la casa desde dentro: contenidos y no continentes. El pueblo español se lo merece. No se puede estar vertiendo basura sin tasa ni tregua veinticuatro horas al día. El problema de la educación va íntimamente ligado a una televisión de calidad. Esta semana se conocía el dato: cuatro de cada seis libros se devuelven, presumiblemente sin abrir, por parte de las librerías. Se premia lo fácil, lo inmediato, lo populachero. ¿Hasta cuándo ésta agonía? El aparato tiene que estar regido por intelectuales, de todas las siglas del arco parlamentario, y de una vez por todas con esmerada labor de saneamiento. Aborregamos al pueblo español y estos canales son pura idiocia. Por favor, póngase a ello, que para eso les pagamos. España no puede ser la presente caricatura.

Diego Medrano

Escritor

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