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ORIENT EXPRESS

Entrar en una iglesia

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 19 de agosto de 2018, 19:11h

Las vacaciones son un momento propicio para que viajeros y turistas visiten distintos lugares de culto. En un tiempo en que la religión es, a menudo incomprendida y vituperada, es llamativo que miles de personas hagan colas interminables y acudan en tropel a admirar la belleza del arte sacro. En especial, las catedrales e iglesias cristianas gozan de la atención de muchos visitantes en todo el mundo desde Roma y Jerusalén hasta México y Cuzco. Por supuesto, no es necesario ser creyente para conmoverse ante la majestad de las naves y el silencio de los claustros, el colorido de los retablos o la transparencia de las vidrieras. Sin embargo, jamás debería perderse de vista esa dimensión sagrada que lo inspira todo.

Decía Romano Guardini que los hombres modernos deben volver a aprender el valor profundo de los gestos. Tal vez por eso, lo primero que uno debe cuidar es la actitud y el movimiento. El visitante entra en un recinto en el que una comunidad vive -o, al menos, ha vivido- una fe que alienta en cada piedra, en cada cuadro, en cada estatua que ahora contempla. Nada de eso se hizo sólo por la belleza, sino porque esa belleza hacía-y hace- referencia a una Realidad que no es de este mundo. La luz coloreada y las lámparas recuerdan la claridad de la presencia divina -la shejiná de la tradición bíblica- y marca un espacio que es cualitativamente distinto del resto. La arquitectura anticipa la Jerusalén Celeste. Todo está dispuesto para que quien quiera acudir a la llamada de Dios, que no ha dejado de buscar jamás al ser humano, pueda seguir a Cristo. Así se hace buena la profecía de Isaías (56, 7): “Mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos”. Así, uno debería entrar en un templo o una iglesia con el agradecimiento de quien es acogido en un espacio sagrado y que está llamado a tener una experiencia transformadora. Por supuesto, es libre de tenerla o no tenerla, pero a todos se les ofrece.

Esa actitud ha de llevarnos a un determinado modo de conducirnos. El tono de la voz, la lentitud de los movimientos, la escucha de la música o del propio silencio son parte de esa apertura a una experiencia distinta. Podríamos mencionar, también, cierto decoro en el vestir que, por otro lado, nos parece muy razonable cuando se trata de eventos sociales. Si cuidamos el vestido para ir a una graduación o a una fiesta de gala, ¿por qué no vamos a cuidarlo cuando entramos en un templo? De nuevo la actitud es crucial. Hay que entender el sentido profundo de lo que se presenta ante nuestros ojos y obrar en consecuencia. Una de las grandes diferencias entre el turista y el viajero es esa apertura al otro y ese respeto hacia quien nos acoge. El turista exige lo que cree que se le debe. El viajero acoge lo que le es dado contemplar.

Visitar una iglesia también es una ocasión para aprender. En primer lugar, lo que los cristianos viven: el seguimiento de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Esto es lo que inspira esta arquitectura, esta escultura, esta pintura, esta música y todo lo que rodea al viajero en este edificio. Además, uno puede tomar consciencia de lo que le rodea: la lámpara roja que indica la presencia eucarística en el sagrario; la orientación al este de tantas iglesias que encamina al creyente hacia la luz, que es Cristo; las puertas que simbolizan, igualmente, al propio Cristo (Jn, 10, 7) y, sobre todo, las piedras vivas del templo que son los fieles que a él acuden. El viajero atento observará los gestos que revelan esa presencia de lo Sagrado que toda iglesia señala: la genuflexión, la inclinación de cabeza, el cuidado al pasar cerca del presbiterio.

Naturalmente, uno puede entrar en una iglesia como quien entra en un museo o en un castillo -allá cada uno con su aspecto, su actitud y su conciencia, podríamos pensar- pero no se trata de ninguno de esos dos sitios. Es un espacio en el que hombres y mujeres desde hace mucho y hasta hoy viven una fe que ha construido nuestra civilización, una fe de santos y mártires, de teólogos y filósofos, de artistas y de peregrinos. Durante siglos, estas piedras muertas vienen acogiendo a esas piedras vivas entre las que Cristo está cuando dos o más se reúnen en su Nombre. Uno no debería entrar jamás en una iglesia sin sentir la fascinación y el temblor que lo Sagrado produce. Cristo no deja a nadie indiferente.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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