De los protagonistas del homenaje a las víctimas del 17-A, solo el Rey actuó con la serenidad e inteligencia que requería el acto. Llegó sin hacer ruido, saludó a los familiares de los asesinados y poco le importó estrechar la mano a Quim Torra, quien no pudo contener la rabia ante la ejemplar actitud de Felipe VI. Recibió, lo que alteró aún más a la parroquia separatista, una emocionante ovación de un nutrido grupo de asistentes a la Plaza de Cataluña.Y se fue como llegó. A los independentistas aún les escuece la lección.
Pedro Sánchez vagaba cual alma en pena. No quería sonreír ni acercarse a sus socios de investidura; tampoco al Rey. Una ambigüedad mal calculada. Fue un gravísimo error de protocolo no recibir y saludar a Felipe VI a su llegada al acto y envió para la ocasión a su más que independentista delegada del Gobierno. Pero quedó en evidencia que vive en la cuerda floja. Necesita mantener el apoyo de Puigdemont y sus siniestros colegas para amarrar la poltrona, pero hasta él es consciente de que está atrapado en una madeja siniestra, destructiva y peligrosa. Sabe que tendrá que ceder hasta la indignidad, hasta indultar a los presos separatistas y seguir mirando para otro lado mientras Quim Torra y sus secuaces agreden al Estado de Derecho, al Rey y a la misma Constitución. Pero parece dispuesto a pagar la factura que le marcará de por vida.
Al tiempo, Pedro Pedro Sánchez está obligado a cumplir con sus obligaciones institucionales. Pero como si no fuera con él, como por casualidad, acompañó unos metros al Rey. Apenas le miró. Le saludó a escondidas. Se comportó con una cobardía impropia de un presidente del Gobierno. Demostró que solo le preocupa molestar a sus siniestros socios separatistas; no fueran a llamarle monárquico y españolista y echarle de La Moncloa. Una actitud deleznable. Y se escabulló antes de que alguien le viera con unos o con otros.
Tampoco lo pasaron bien los dirigentes separatistas. El Rey les eclipsó, les derrotó en su propio terreno. Y solo cuando Felipe VI abandonó el acto, retomaron la retahíla secesionista como si fueran ellos las víctimas de los atentados. Escocidos, se acercaron a la cárcel de Lledoners para homenajear al exconsejero Forn. Y Quim Torra,enrabietado aún, se despachó a gusto y amenazó con "atacar a este Estado injusto" En breve, nadie les hará caso por previsibles y cansinos.
Pero fue Ada Colau quien protagonizó, aunque a escondidas, la gran estafa. Fue la responsable de que las pancartas ofensivas con el Rey ondearan durante el acto. Los mossos reconocieron encantados que la alcaldesa les impidió que las retiraran porque no suponían un riesgo para la seguridad de los asistentes.Como si ése fuera el problema. Se desconoce si ella misma redactó y diseñó el contenido de las dichosas pancartas. Y luego, como buena populista, dirigió un acto tan cursi como ridículo. Genma Nierga lo presentó, naturalmente en catalán y naturalmente ñoño. Pero es probable que se haya ganado el reingreso en Prisa, ahora que ha vuelto a las andadas socialcomunistas. El titular de portada de "El País" digital no tiene desperdicio:"Barcelona rinde tributo a las víctimas de los atentados". Tampoco quiso mojarse en la versión de papel:"La política cede a las víctimas el protagonismo en Barcelona". El protagonismo del Rey, el de verdad, quedó relegado a la galería de fotos. Se desconoce si el periódico lo dirige a escondidas el propio Pedro Sánchez. Pero lo parece.
La alcaldesa de Barcelona ha resultado ser, además de una comunista radical, la aviesa muñidora del desafío independentista. Le importa poco la ambigüedad mal calculada de Podemos; tan mal calculada, que el partido morado retrocede en votos tanto en Cataluña, como en el resto de España. Colau es la más feroz secesionista del barrio. Se le nota que quiere destruir España, el Estado de Derecho y la Monarquía. Encabeza todas las manifestaciones soberanistas, defiende a rabiar a los políticos presos, cuelga lazos amarillos y pancartas contra el Rey en todos los chaflanes que encuentra y poco le importa la degradación de la ciudad de Barcelona, saturada de narcopisos, atascada por sus amigos los manteros y a rebosar de basura. Ella aspira a ser la presidenta de la República independiente. Y en eso está. Pero ya no engaña a nadie.
Las víctimas de los atentados del 17-A eran lo de menos. Los indepedentistas querían enseñar a sus presos y Pedro Sánchez hacerse invisible. Solo Felipe VI se preocupó de verdad de ellos. Porque solo él Rey fue a Barcelona a honrarles. Pero Ada Colau se lo pasó en grande escuchando "Imagine" y contemplando las pancartas contra el Rey.