Como el doblador de cucharas. Así son los líderes separatistas catalanes. O, no. Son aún más fraudulentos: ni siquiera muestran tal utensilio; sino que le exigen del espectador que vea lo inexistente, y luego, además, que imagine que está siendo curvado – hay, pues, que asumir el embuste, interiorizarlo, creerlo de una manera absoluta: formar parte de él, renegar de la realidad -. Y, mientras engatusan, llenan el instante con palabras (adulaciones y promesas vacuas), gestos y rituales (que no son otra cosa que la implementación de la disciplina, la prueba de la lealtad). Es decir masajean la insensatez, alimentándole al auditorio esos orgullos de pandereta, esos consuelos de humo y desprecio.
Porque, si algo hay de evidente en todo este asunto, es que no hay concepto. O, más bien, no hay razón. Hay estómago y nervio y lágrima y bilis. Cada vez más bilis. Y mucho símbolo. Es decir, mucha representación de obediencia al embeleco; harta demostración pública de adhesión, de demarcación material entre un “nosotros” que encarna todo lo (sobre) humanamente positivo, y un “otros” que es la antítesis imprescindible. Instaurando así brechas entre la sociedad que, pretenden, terminen por transformarse en insalvables: un Rubicón que separe su coto de poder, de ventajosa discordia. Mismas viejas fórmulas; mismos viejos errores (¿horrores?).
El resultado es una burda simplificación de la realidad: todo será perfecto cuando Cataluña sea “libre”. Sólo hace falta creer ciegamente en los pases de magia de los taumaturgos. Y entonces, ni la economía, ni la política mundial, ni el clima, ni las leyes de la física afectarán al plácido edén en forma de gigante lazo amarillo donde, muy “moebianamente”, la dicha y el bienestar discurrirán eternamente.
Mas, el fullero, es sabido, se dedica a explotar los miedos, las distracciones y las obvias debilidades de los embaucados: aquello que le oyó decir al incauto, lo que fácilmente infirió u observó, la idea que le ha ido imponiendo; trucos que (sabe) han funcionado a lo largo de la historia y las geografías. Dice lo que todos los mercachifles de la utopía exclusivista han dicho. Nada nuevo. Nada. La misma supremacía disfrazada de auto-atribuido “derecho”, de resarcimiento. La misma pulsión de masa alentada: “el futuro nos pertenece”, por lo que el “presente también es nuestro”. En eterna manifestación. Cada vez más ofuscados con los obstáculos inevitables que le descubren al sueño: ni más ni menos, lo que de entelequia tiene.
El ardid está más que probado. El tramposo, devenido en un apóstol de la necedad (que se presenta siempre como la expresión acabada de la razón), apenas si necesita unas mínimas astucias, manejar sucintamente el arte de la hipocresía y el descaro (visto está).
De esta guisa, los seguidores de la mistificación se abandonan a la emoción, a la escenificación, al enaltecido acatamiento. A la farsa, vamos. Y sumidos en este delirio, se les hace imperioso ratificar constantemente el pacto, el asentimiento, la fe: que no es otra cosa que revalidarse a sí mismos. La “catalanidad” como una expresión de la redención, donde las miserias individuales arden para que suba el humo amarillento de la dignidad extraviada: trozos de “verdad” que han de consumarse en la fraternidad de la muchedumbre anónima (ese Homo Segrego) que dice y decide por “todos”. Y claro, cuando se es la “verdad” – el “uno”, el “pueblo” -, ya no hay verdad. Sólo existencia. Separada de todo aquello que la macula. Una existencia donde lo mismo dará el tres por ciento que el cinco o el diez; porque, antes que nada (y por sobre todas las cosas), los timadores fabrican su impunidad. Después de todo, al final del arcoíris, siempre hay un privilegio que es para muy pocos. Muy pocos. Únicamente para aquellos mismos ilusionistas y fanáticos sin recato que andan enunciando una república torcida.