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TRIBUNA

Asturias y la Madre Naturaleza

Marta Miguel García
lunes 01 de octubre de 2018, 20:14h

El ocaso del verano, inmerso en un septiembre caluroso, ha transcurrido para mí en Asturias. Lejos del mundanal ruido, como titulaba Thomas Hardy su primer gran éxito literario. Cuando una está de vacaciones es un buen momento para hallar cierta paz mental que el ruido y la prisa absorben en su cotidianeidad. Buen momento para reflexionar mientras paseo por los picos de Europa, divisando el lago Enol a la vez que decenas de vacas y cabras pastan a mi alrededor a sus anchas, mientras visito a la Virgen de Covadonga “La Santina”, cuyo altar permanece incrustado en una roca milenaria desde que Alfonso I el Católico mandara construir una capilla dedicada a la Virgen María, mientras discurro y me mezclo entre el salitre adherido a pueblos de pescadores como Cudillero o Luarca, mientras subo al faro de este último y en el cementerio que reposa junto a él observo la tumba de Severo Ochoa. Y sigo recorriendo ese maravilloso principado, sintiendo la arena húmeda bajo las plantas de mis pies a orillas de “La playa de las Cuevas”, panorama kárstico de formaciones rocosas penetradas por el mar, en el municipio de Llanes. Prosigo varias jornadas más por aquel paraje y al ascender sobre el escalón más elevado del mirador de Andrín, equidistante de la playa que le da su nombre al este y de la playa de la Bayota al oeste, es complicado para mí, adepta al cine intimista, en ese rincón del mundo, no recordar a José Luis Garci y su película candidata a un Óscar en 1998 “El Abuelo”. Es complejo evitar que me venga a la memoria la banda sonora de ese mismo largometraje, del compositor Manuel Balboa. Frente a ese paisaje inefable y mis recuerdos en la sombra de mi retina es imposible no estremecerme ante la espectacularidad de la Creación, si es que alguien creó este mundo. Observar mar, tierra y aire, el funcionamiento perfecto de todo lo que nos rodea, que no ha sido fabricado ni construido por el hombre y que sin embargo no necesita períodos de garantía o vida útil al dorso. Es perenne aunque no estático. Se renueva y se transforma constantemente. Adivinar, allá abajo, junto a los acantilados, la vida marina y las branquias de su fauna para poder respirar, observar las aves capaces de surcar ese cielo velazqueño gracias a que han sido dotadas de alas. Mirar en derredor y sobrecogerme por la vasta vegetación que me rodeaba en ese instante, flanqueando mi paso allá dónde decidiera ir.

Es casi un imperativo moral, para cualquier persona de sensibilidad media, visitar Asturias y reconciliarse con la naturaleza. Pedir perdón en nombre de la humanidad por todo lo que hemos ultrajado y ultrajamos este planeta, por cómo estamos arrasando con decenas de especies y cómo tantas otras están ya en peligro de extinción. Por cómo puede el ser humano vanagloriarse de actos de crueldad tan bárbaros como matar ferozmente y a cuchilladas a un animal tan pacífico como el toro. Abstraída mientras divisaba el paisaje a 2.500 metros de altura, junto al lago “La Ercina”, escuché en varias ocasiones a gente murmurar a niños “no te asustes, éstos son mansos”, refiriéndose a los toros y a las vacas que estaban a nuestro lado. “Estos de aquí”. Como si hubiera alguna diferencia entre estos y aquellos otros de las plazas de toros. Como si todavía no hubiéramos salido de Altamira, de la caverna, y no supiéramos la diferencia entre un herbívoro y un depredador. Porque por si alguien le cabe la menor duda, los toros, tanto los de lidia como “los otros”, son todos herbívoros. Esto significa que su instinto ante el peligro no es atacar sino huir. Pero todavía arrastramos una ideología cultural que no sólo nos pesa sino que hiere y maltrata hasta la muerte de un modo sádico a mamíferos perplejos ante las risotadas del público asistente.

Frente al daño inmenso que estamos haciendo a nuestro entorno hay cuatro tipos de personas: las inconscientes, cuya huella ecológica es un concepto ignoto para ellas; las coherentes, que saben a la perfección de los actos que el ser humano está llevando a cabo y del estrepitoso deterioro a su alrededor, pero no les importa; los distraídos, que conocen las consecuencias del feroz consumismo y producción que contamina y destruye el planeta entero, pero prefieren su comodidad y mirar para otro lado; y por último los héroes y heroínas que con actos cotidianos intentan salvar el planeta. O al menos, minimizar el daño que la plaga del ser humano está causando sobre él. Y por encima de esas personas que llevan a cabo acciones pequeñas para paliar el desaguisado que una mayoría comete, están todas esas asociaciones, organizaciones, activistas y demás conjuntos de personas que luchan y pelean, que entregan su energía y su tiempo para hacer, de esta casa que habitamos, de la Tierra, un lugar mejor. Un lugar que perdure tal y como lo encontramos al llegar. Es realmente inverosímil que nos consideremos el animal más inteligente y mejor en la jerarquía de criaturas este mundo y que sin embargo seamos los únicos que destruimos nuestro propio ecosistema. Los únicos. ¿De qué nos sirve poseer el cerebro más desarrollado de todos si boicoteamos constantemente nuestros propios medios de subsistencia?

Así que allí, en el mirador de Andrín, mientras la brisa del cantábrico se enredaba en mi melena, no pude evitar pensar en esos hombres y mujeres anónimos que de modo altruista cuidan el hábitat de todos, para que todos lo disfrutemos, no sólo los presentes sino los que están por venir. Aunque parezca desconcertante, los hay que se mofan y ridiculizan a veganos, vegetarianos o animalistas en definitiva. Nos queda tanto por avanzar para que en ningún lugar se emplee el término “animalista” con desprecio. Quizás si una masa mayoritaria no provocara la muerte de cientos de especies en todo el planeta sin consideración, no sería necesaria la existencia de la etiqueta “animalista”.

Toda mi admiración y mi respeto para esos seres humanos – ellos sí – que a contracorriente se salen del sendero fijado por una mayoría que lo único que sabe hacer es masacrar la Tierra y burlarse de quienes la miman y protegen. Ojalá llegue el día en el que los animalistas no existan, en el que todas sus organizaciones, asociaciones, partidos políticos y asambleas se difuminen en el horizonte. Si eso sucede significará que el ser humano de la cueva ha tomado al fin conciencia de la sublime obra de arte que la madre naturaleza nos ofrece a diario y contra la que atentamos continuamente sin pudor, sin perdón y sin enmienda.

Me remito, para finalizar, a Víctor Hugo: “Primero fue necesario civilizar al hombre en su relación con el hombre. Ahora es necesario civilizar al hombre en su relación con la naturaleza y los animales”.

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