Este año, husmeando en la Feria de Otoño del Libro Viejo de Madrid, descubrí una bien conservada edición de la Elegía de varones ilustres de Indias, que había leído en mis tiempos de estudiante y no dudé en comprarla. Recordé que fue el sacerdote Braulio Carranza, un estricto y castizo profesor de literatura del colegio San Vicente de Paul, quien me hizo conocer a Don Juan de Castellanos. El padre Carranza sentía cierta veneración por su colega y destacaba sus versos como un modelo de perfección estética.
Recordé también que hacia finales de la década del ‘90, cuando asistí al famoso Festival Internacional de la Cultura que se celebra en la pintoresca ciudad de Tunja (situada sobre la cordillera oriental de los Andes, a más de cien kilómetros al noreste de Bogotá), me llamó la atención el monumento dedicado a Don Juan de Castellanos, y el culto que se le rinde (una prestigiosa Universidad lleva allí su nombre). Eso me motivó para meterme otra vez en los fascinantes meandros de la más ambiciosa crónica de la Conquista y, por supuesto, en la vida aventurera del personaje.
Aunque la historia suele ser ambigua y contrasta frecuentemente entre realidad y leyenda, unos pocos registros que sobrevivieron a la época, comprueban que en una familia de campesinos de la provincia de Sevilla nació el 9 de mayo de 1522 Juan de Castellanos. Era un niño cuando estimulado por un tío religioso abandonó la villa de Alanís para ponerse bajo la tutela del bachiller Miguel de Heredia y aprender latín, gramática y preceptiva en la Escuela de Estudios Generales. Reconocido por un talento precoz, que a los diecisiete años lo destacaba de la mayoría de sus condiscípulos, sin permiso familiar, con puro afán de aventura, se embarcó hacia América en compañía de su coterráneo y amigo Baltasar de León, hijo del conquistador Juan Ponce de León y Figueroas, cuyas exploraciones en el Caribe la cultura popular lo asocia con la busca de la fuente de la eterna juventud.
Después de una accidentada travesía, el joven llegó a Puerto Rico y se puso al servicio de don Pedro Álvarez de Luna, el obispo de la isla, que fue su protector. Fallecido el religioso, se conjetura que con falsos hábitos sacerdotales Juan de Castellanos cruzó a Santo Domingo y recorrió las islas dedicado a la execrable tarea de secuestrar indígenas para favorecer el comercio de esclavos; hecho del que después se sintió arrepentido y le pesó como grave pecado:
Esas cosas tan viles que he forzado
Hoy golpean mi alma como piedras
Y cuánto me arrepiento avergonzado…
Por las fechas, se supone que apenas llegado a Santo Domingo empezó a escribir sus diarios registrados en versos, con bien rimados endecasílabos en octavas reales, donde destaca a célebres personajes de la Conquista:
De capitanes van los tres Pinzones,
Para tal cargo niños y bastantes,
Y en marear las velas y timones
Muy pocos que les fuesen semejantes…
Desde Santo Domingo, a bordo de una balsa de nativos, se trasladó a la pequeña y solitaria isla de Aruba, frente a las costas de Venezuela; pasó luego a las entonces no menos solitarias islas de Curazao y Bonaire, descubiertas en la expedición comandada por Alonso de Ojeda y Américo Vespucio. Buena parte de estos sucesos pudieron ser reconstruidos en base a sus apuntes en versos, en los que no habla demasiado de sí mismo, aunque menciona las tareas que llevó a cabo, sin ocultar tampoco su vena admirativa hacia las jóvenes aborígenes de la región:
Haciendo yo por estas playas vía,
Eso era por el año de cuarenta,
Con vista ilusionada, muy atenta
Mis ojos rebosaban de alegría…
Para los españoles de aquel tiempo, América era la tierra del oro y la fuente de riquezas. Castellanos, sin desdeñar esas ambiciones, tenía otras apetencias y un secreto propósito evangelizador.
Asumido como explorador, navegó a la isla de Cubagua (o de “Las perlas”) y con ayuda de los nativos, se dedicó a la tarea de acumularlas, amasando una pequeña fortuna. Con el mismo propósito estuvo en la Isla Margarita y en Trinidad, para establecerse no mucho después en el Cabo de la Vela, donde como un cacique blanco, rodeado de una sumisa corte, prosiguió con el comercio de las perlas y otros metales preciosos. Vivió allí una aventura amorosa con Isabel Ordoñez, la hija del gobernador y fue padre de una niña, bautizada como Gerónima, que menciona en su poesía:
Ni la profundidad de la alegría
Ni la preciosa mar en su esplendor
Ni tronos ni jardines del amor
Comparan con tus ojos, hija mía…
Sin embargo, siendo aceptado por la familia de su mujer, su afán aventurero y de riquezas pudo más en aquel momento. Tentado por unos navegantes se trasladó a Cartagena de Indias. Desde allí, con ambiciones mineras o esclavistas, recorrió buena parte de la región y, siguiendo los mapas del adelantado Diego de Orgás, navegó el Orinoco. Hizo escalas en Bogotá, Santa Marta y Tunja, sitios de los que informará luego en su obra poética.
Junto a Hernando de Santana, a quien conoció en Santa Marta, fundó la villa de Valledupar. En ese lugar sufrió una severa crisis de salud que lo tuvo al borde de la muerte. Despertó afiebrado invocando a la Virgen y llorando por la revelación que había tenido:
¡Oh, madre de Jesús, dulce armonía,
Tan piadosa viajera de mi sueño
De ahora en más tú serás mi compañía
Y a servirte me entregue con empeño!...
Ese hecho lo llevó a iniciar los trámites para ordenarse sacerdote. Aspiración que concretó en su regreso a Cartagena de Indias. Antes, se había embarcado junto al ilustre capitán Pedro de Ursúa, pero lo abandonó cuando quiso cruzar al Perú, “en lo que anduve acertado”, según él mismo deduce, porque eso, probablemente, lo salvó de ser asesinado por “Los Marañones” del implacable Lope de Aguirre (o el “Loco Lope”, que acaudilló una frustrada rebelión contra la monarquía española).
Unos vienen con sed de los infiernos
Y a tales hombres no se les escapa.
Otros con grandes cofres de cuadernos
Que son de necedades gran solapa…
Instalado en Cartagena de Indias se entregó de lleno a la vida religiosa ejerciendo de capellán; vivió luego un corto tiempo en Riohacha, donde fue vicario, pero se instaló definitivamente en Tunja, donde se lo nombró presbítero. Allí quedó establecido para escribir buena parte de su obra; en 1569 fue beneficiado por la Real Provisión de Felipe II. Reconfortado en sus hábitos religiosos, Castellanos murió en ese cargo a la muy avanzada edad de 85 años, el 27 de noviembre de 1607.
La obra que le ha dado notoriedad es el largo poema histórico Elegías de varones ilustres de Indias, dividida en cuatro partes que a su vez contienen diversos cantos. En el primero narra los viajes de Cristóbal Colón, la conquista de las Antillas y la exploración del Orinoco, en el segundo habla sobre Venezuela, el Cabo de la Vela y Santa Marta, en el tercero, cuenta sobre Cartagena de Indias, Popayán y Antioquia, y el cuarto constituye la Historia del Reino de Nueva Granada, sobre la conquista de Bogotá, Tunja y pueblos aledaños.
Si bien su estilo es riguroso en la medición de las estrofas, más que como poeta, se juzga a Castellanos como historiador, pues siempre es preciso y veraz en su criterio. Muy próximo a lo científico, sin dejar de ser un moralista, nunca falla en la exactitud de los sucesos; sus testimonios condenan tanto a funcionarios venales como el abuso de soldados hacia las nativas, o la injusta distribución de las conquistas. También en sus textos abundan las noticias arqueológicas, de historia natural y costumbres de los aborígenes, todas ellas de gran interés.
El primer español en estudiar la obra de Juan de Castellanos fue el filólogo Ramón Menéndez Pidal, que lo considera buen poeta y, deslumbrado, lo define como el “Homero Americano”. A través de él, llega a su maestro, el no menos poeta y erudito Marcelino Menéndez y Pelayo, quien no duda en considerarla “titánica y monstruosa” por su extensión (más de 100.000 versos endecasílabos agrupados en octavas reales), pero no la considera como un texto poético: “No es poesía con valor per se, sino historia pura por los datos que contiene -aclara don Marcelino-; las palabras (los bien construidos endecasílabos) son en ella mero acompañamiento de fondo, aunque sus versos por el trasfondo lírico a veces asombran”:
Porque las grandes cosas que yo digo
Su punto y su valor tienen consigo;
Son de tan alta lista las que cuento
Como veréis en lo que recopilo
Que mis proezas son el ornamento
Y ellas mismas encumbran el estilo…
Para escribir esta vasta crónica rimada Don Juan de Castellanos se sirvió de informaciones recogidas personalmente durante el decurso de su vida aventurera y religiosa; en ocasiones de las que oyó relatar a sus compañeros acerca de las expediciones en que no tomó parte. Extractó, además, enriqueciéndolas, páginas de los escritos del fundador de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada. Otros de sus textos son Historia del Nuevo Reyno de Granada y Discurso del Capitán Francisco Draque, el corsario, explorador, comerciante de esclavos, político y vicealmirante inglés. Se le atribuyen, también, otros dos textos: Historia Indiana y Libro de octavas rimas de la vida, muerte y milagros de San Diego de Abalá, cuyos manuscritos lamentablemente han desaparecido.
Con toda mi modestia, al iniciar otra relectura de las Elegías de varones ilustres de Indias me atrevo a discrepar con el inmenso Marcelino Menéndez y Pelayo, creo que Don Juan de Castellanos, si bien no recibió la bendición de Cervantes como Alonso de Ercilla, fue un enorme e inspirado poeta. Sus versos nada tienen que envidiar al muy famoso autor de La Araucana; es más, agregaría que a semejanza de algunas imágenes cinematográficas que se desarrollan sobre dos caras superpuestas, las leyendas e historias que evoca ofrecen una doble faceta que es, a su vez, una doble energía; es decir, una fuerza bipolar que corresponde a otra simultaneidad con cierto anhelo de verdad filosófica, quizá no exenta de ficción, que la enriquece literariamente. Los testimonios en versos que ha dejado lo sobreviven y forman parte de una original, secreta y paralela historia de la Conquista.