La catábasis o descenso a los infiernos es un tema recurrente en la literatura desde la Grecia clásica. Alguien se adentra en el inframundo para rescatar o recuperar algo o a alguien, y una vez conseguido el objetivo, emprende el viaje de vuelta, una travesía que se conoce como anábasis o, en términos menos paganos, resurrección. Retorno al punto de partida después de haber atravesado un sinfín de horrores.
El estadounidense Jonathan Lethem recupera en su última novela, Anatomía de un jugador, este antiguo motivo literario y lo pone al servicio del presente de la mano de personajes tan originales como cáusticos. Alexander Bruno, un experto del backgammon venido a menos, emprenderá su particular bajada a los infiernos cuando se ve obligado a abandonar el hermoso caos de Singapur y la nostalgia de Europa en detrimento del cemento caliente de Berkeley, el lugar en el que nació y de donde huyó en cuanto tuvo ocasión. Allí, deberá someterse a una operación financiada por un antiguo conocido que actúa a la vez como mecenas y némesis.
Lethem presenta a un personaje atormentado, a veces pueril, que observa impotente como la vida y quienes lo rodean lo manipulan a su antojo, sin permitirle hacerse cargo de las decisiones que determinan su camino. Sin embargo, la complejidad de Bruno radica en que, incluso en su papel de títere, consigue que todos los que le rodean queden prendados de los misterios que oculta detrás de la máscara. El protagonista es un catalizador que acciona un mecanismo de atracción-repulsión en los personajes. Y toda la trama está condicionada por esa reacción dicotómica.
Anatomía de un jugador es una novela alquitranada, rebosante de diálogos ácidos y situaciones complejas que a veces trascienden los límites de la realidad positivista a la que estamos acostumbrados. Pertenece al género negro porque no podría asociársele otro color, ni a los personajes, ni a los eventos que acontecen, ni a las palabras escogidas por Lethem para trasladar al lector a ese submundo californiano en el que transcurre la mayor parte de la acción. El autor sitúa a sus criaturas en un perímetro muy delimitado y ubica intencionadamente lugares de referencia en el mapa, paradas que Bruno efectuará durante su travesía infernal, gobernadas por seres extraños que no acostumbran a mantenerse fieles a nuestro maltrecho héroe-marioneta.
La lucidez y el ingenio impresos en cada palabra acaban dando forma a momentos brillantes, como una partida de backgammon sobre una plancha grasienta, pero también nos permiten acceder a todas las capas de la dificultosa personalidad del protagonista, así como a las líneas temáticas que atraviesan su persona y van conformando su historia. “Y todo, ¿para qué?”, parecen preguntarse autor y títere. Parte fundamental del tópico clásico del descenso radica en el renacer del viajero a su retorno al punto de partida, el incremento notable de su fortaleza y sabiduría. Finalmente, Dante y Beatriz cruzan las puertas del Paraíso, Anquises recorre el Averno junto a su hijo Eneas y le muestra la gloria de la estirpe que fundará… Alexander Bruno regresa al Smoker’s Club de Singapur.