Aunque el verano ya se encuentra dando sus estertores, no me resisto a hablarles hoy de un destino turístico muy especial. Por desgracia, las posibilidades de visitarlo se antojan muy remotas, e incluso las de acercarse a sus inmediaciones parecen también improbables a menos que uno disponga de algún medio de transporte marítimo. Así pues, la única posibilidad de vislumbrar el lugar consiste en acercarse a la costa de Suffolk, al sureste del Reino Unido, y echar un vistazo con unos anteojos hacia el horizonte, donde podrá distinguir la silueta de Sealand.
El Principado de Sealand (sugerente oxímoron con el significado de “Tierra del Mar”) se encuentra en las aguas territoriales británicas, y se trata de una plataforma de hormigón asentada sobre un pecio que la Royal Navy depositó allí durante la Segunda Guerra Mundial como parte de un conjunto de estructuras de las mismas características erigidas con fines defensivos. Su particularidad radica en que, en 1967, el Sr. Roy Bates declaró su independencia tras haberla ocupado poco antes con el fin de instalar allí una emisora pirata de radio y poder emitir a su antojo sus discos favoritos de rock and roll, estilo por entonces prácticamente proscrito en las cadenas radiofónicas oficiales. Existe una película de 2009, The boat that rocked, de Richard Curtis (aquí traducida como “Radio Encubierta”) vagamente inspirada en estos hechos, si bien la acción se desarrolla en un barco y no en Roughs Tower, que así se denomina en inglés la plataforma concernida, cuando, a mi juicio, la propia historia de Sealand habría dado lugar a un filme muchísimo más interesante que no me consta se haya realizado aún.
En mi caso, tuve conocimiento hace años de la existencia de Sealand a raíz de un breve artículo relegado a las últimas páginas del periódico. En él se narraba cómo un dirigente de una nación ficticia había sido recibido con honores de estado por ciertos mandatarios africanos, quienes le habrían hecho un desfile en el aeropuerto, conducido en sus coches oficiales al palacio presidencial y agasajado con un banquete y el resto de prebendas inconfesables inherentes a su condición. Semejante peripecia, ante la que palidecen las andanzas de nuestro Pequeño Nicolás (quien, por cierto, también se merece un biopic), suscitó de inmediato mi curiosidad, si bien resultaba complicado, cuando no imposible, acceder a cualquier tipo de fuente documental en los tiempos previos a la internet.
Sea como fuere, aquel hecho constituyó el detonante para que el Reino Unido decidiera a implicarse en el asunto y poner fin a la broma, pues hasta entonces había adoptado una actitud de laissez faire laissez passer en tanto Mr. Bates no le tocara demasiado las narices al Gobierno de Su Majestad, bien es cierto que tras perder en vía jurisdiccional un pleito interpuesto a raíz de un intercambio de disparos con un buque de la armada ocurrido en las inmediaciones de Sealand, toda vez que el tribunal se declaró incompetente para enjuiciar un incidente producido fuera de las aguas territoriales británicas.
Como vemos, la broma fue consolidándose con el paso de los años por culpa de la inacción de las autoridades, pues nada le habría resultado más sencillo a la Royal Navy que plantarse allí con un par de fragatas al producirse la declaración de independencia y arrasar el principado sin despeinarse, y que luego reclamaran los usurpadores los derechos que tuvieran a bien. Pero a aquellas alturas, la opinión pública ya se había alineado con la causa de Sealand en cuanto el asunto comenzó a adquirir notoriedad, y no habría tolerado el uso de la fuerza, como se ha podido comprobar tras la desclasificación de los correspondientes documentos oficiales. En cualquier caso, estos bolos africanos de los plenipotenciarios de la micronación hicieron reaccionar al Reino Unido, cuyo gobierno amplió hasta las doce millas sus aguas territoriales para incluir en ellas al principado díscolo, si bien las autoridades de Sealand habían efectuado asimismo dicha declaración con anterioridad, de manera que se produjo un solapamiento de soberanías.
Así pues, la controversia ya se había convertido en una cuestión de derecho internacional, entre otras razones porque Bates esgrime el argumento de que la demanda interpuesta contra él por el Reino Unido supone paradójicamente el reconocimiento de facto de Sealand, en cuanto él ostenta la titularidad de su Jefatura del Estado. Por otro lado, ciertos acuerdos suscritos entre las partes tras el fallo judicial le han servido para reforzar su posición en cuanto a la presunción de que el principado trucho es un sujeto de derecho internacional al haberse realizado negociaciones de igual a igual con las autoridades británicas.
En cualquier caso, Sealand dispone de un territorio, si bien ínfimo, una población —la familia y los colegas de Bates, quienes se pasan por allí de vez en cuando—, y unas instituciones a las que dirigirse, atributos exigidos en derecho internacional para constituir un Estado, ello sin perjuicio de contar también con esa serie de chorradas inherentes a cualquier nación soberana con las cuales los humanos sentimos empatía, como una bandera, un himno nacional y hasta un equipo de fútbol. Además, el Principado expide, previo pago de las tarifas oficiales, títulos nobiliarios de Barón (como el que ostenta quien esto suscribe), Sir, Conde o Duque, a razón de 36,99, 124,99, 244,99 y 614,99 libras esterlinas, respectivamente, donde consta el número de registro, la fecha de emisión y la flamante firma del Príncipe Michael, el hijo de Roy Bates. Si uno se estira, además, podrá adquirir el documento de identidad, un paquete de tierra (¿) junto a una escritura acreditativa de la propiedad de un pie cuadrado del territorio, un ejemplar de la constitución, una bandera, un juego numismático de la divisa nacional o el libro Holding the fort, escrito por Michael de Sealand, por desgracia no traducido al español, donde se narran con todo detalle las vicisitudes que han dado lugar a la creación del Principado.
Pues bien, si han de asistir próximamente a alguna boda o aniversario, ya tienen a su disposición un motón de regalos originales para agasajar a los homenajeados. Y ustedes mismos, si son plebeyos, podrán ascender al rango nobiliario como quien dice por la cara si algún día la comunidad internacional llega a reconocer la soberanía de Sealand. Cosas más raras se han visto.