Cuando acabe todo esto, comprobaremos que ni “salimos más fuertes”, ni más unidos. Todo lo contrario. La radicalización política ha infectado los escaños del Parlamento, como si se tratara del mismísimo coronavirus. Los exabruptos de los diputados extremistas han tronado en el Congreso y, lo peor, han contagiado su fanatismo a la sociedad, más partida en dos bloques que nunca.
Por la extrema derecha, los mismos que antes buscaban masones debajo de las piedras, y ahora vociferan acusando al Gobierno de criminal, una acusación intolerable por muchos errores que haya cometido Sánchez, andan obsesionados con conspiraciones paranoicas. Están convencidos de que unos chinos, unos brujos de las probetas, han creado un virus para matar a media Humanidad, un veneno letal para eliminar de la faz de la tierra a los millones de capitalistas que habitan en Occidente. Según esta ocurrencia, han pasado años mezclando en sus tubos de ensayo la sangre de extraños murciélagos hasta lograr la nueva peste para lanzarla al aire y envenenar el planeta.
Trump y sus muchos seguidores también lo proclaman masivamente por las redes sociales para tapar sus vergüenzas. Lo propagan por todas partes con la fe ciega de los fanáticos. Aprovechan el secretismo del régimen comunista para inventar historias de ciencia ficción. Solo a los chiflados se les ocurre que China ha diseñado un virus asesino para erigirse en el nuevo Imperio. Entre otras cosas, porque prácticamente ya lo es. Posee la deuda de medio mundo. Para empezar, la de Estados Unidos.
En el otro extremo, unos andan desempolvando los legajos de Marx y Engels con la intención de blanquear las fracasadas teorías económicas del comunismo y sus políticas criminales. Creen que ha llegado el momento de imponer sus recetas y engañar a la clase trabajadora con el sueño de alcanzar la libertad y la felicidad. Olvidan o justifican lo que ocurrió en la Unión Soviética y en los países del Este de Europa que vivieron bajo la bota bolchevique en medio de la miseria y la represión. Como ocurre todavía en Cuba o en Venezuela. Pero los comunistas son maestros en manipular la Historia y aprovechar las grandes crisis para intentar imponer un régimen tan anacrónico como destructivo. Resulta difícil de entender que todavía alguien sea capaz de resucitar la momia de Lenin, añorar al genocida de Stalin y poner como ejemplo a farsantes revolucionarios como Fidel Castro o el Che Guevara.
En España. los fontaneros del marketing gubernamental se han equivocado con sus cursis eslóganes. Porque ni “salimos más fuertes” ni “unidos venceremos”. Aunque hay quien sospecha que les ha traicionado el subconsciente. Es probable que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias salgan más fuertes si rematan la operación que pusieron en marcha nada más firmar el acuerdo de Gobierno de coalición, el Frente Popular, como lo bautizó Anson.
La estrategia para tomar el poder de por vida es evidente. Socialistas, comunistas y sus radicales socios de investidura acusan a los partidos de la oposición de estar tramando un golpe de Estado para, según Sánchez, derrocar al Gobierno legítimo alentando la insurrección de las Fuerzas Armadas. Un bulo tan irreal como ridículo, además de ofensivo para el Ejército, la Guardia Civil y la Policía. Pero el estruendo del poderío mediático que dirige Moncloa lo convierte en verdad, en una peligrosa amenaza que, paradójicamente, va calando en la opinión pública. Y así, muchos españoles anestesiados por la propaganda oficial aplaudirán que el Gobierno arrample con el Estado de Derecho, recorte las libertades y asalte las Instituciones para triturar la Constitución. Porque los aborregados progresistas creerán que se ha evitado lo peor. La patraña de que la derecha urde un golpe de Estado fascista. Y, así, en efecto, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y sus siniestros socios de investidura “saldrán más fuertes”, después de ejecutar su golpe: aniquilar a la oposición y amarrar el poder de por vida. No hay que olvidar que el presidente del Gobierno intentó que sus acólitos pudieran votar varias veces tras unas cortinas para evitar que le escabecharan como secretario general del PSOE. Entonces le pillaron con las manos en la masa y le echaron a patadas. Cuando se celebren nuevas elecciones generales, in illo tempore, habrá que levantar las cortinas que, a buen seguro, ocultarán urnas tricolores.