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TRIBUNA

Defendamos lo que nos ha hecho y nos hará progresar

lunes 09 de noviembre de 2020, 19:50h
Actualizado el: 11/10/2020 09:06h

Si un ciudadano medio del 2020 viajase dos siglos atrás en el tiempo, sería más listo que el 98% de la población que encontrase a su paso, y es que el cociente intelectual mundial ha crecido a un ritmo de tres por puntos por década desde que se empezase a medir en 1910. Este ciudadano medio no solo tendría más capacidad intelectual, sino que también viviría más, ya que, desde finales del siglo XVIII, la esperanza de vida mundial ha crecido desde los 30 hasta los 71 años. Si se quedase a vivir en el pasado, tendría amplias posibilidades de no poder elegir a sus representantes políticos, puesto que hace dos siglos los países que contaban con sistemas democráticos tan solo comprendían al 1% de la población, frente a la actualidad, en la que los países democráticos abarcan dos tercios de la población mundial.

Estas y otras afirmaciones se recogen en En defensa de la Ilustración, donde el profesor de Harvard Steven Pinker ofrece un interesante estudio sobre las causas del progreso, siendo su tesis principal que el avance sin precedentes alcanzado por las sociedades occidentales contemporáneas es fruto del desarrollo de los principios ilustrados de la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso.

Catalogado por Bill Gates como el mejor libro que había leído nunca, la obra de Pinker ha sido un fenómeno editorial a nivel mundial pese a ser un ensayo filosófico. En defensa de la Ilustración es una lectura imprescindible por su enaltecimiento sin paliativos de los principios que han llevado al mayor estadio conocido de progreso, a través de la defensa de las libertades individuales, la economía de mercado, el imperio de la Ley y el desarrollo de sistemas democráticos representativos; pero sobre todo por su capacidad para argumentar con hechos que estos principios, que en demasiadas ocasiones damos por hecho, nos hacen más prósperos, más felices, más sanos y más inteligentes.

Tener presente que estos principios están íntimamente vinculados con el progreso y la dignidad humana y defenderlos resulta especialmente importante en el contexto actual en el que las democracias liberales occidentales se ven amenazadas por la consolidación de movimientos contrarios a sus principios que en muchos casos ocupan ya sus gobiernos. En paralelo, el desarrollo de una política basada en la inmediatez ha llevado a una preocupante imposición del oportunismo político por encima de nuestro sistema de convivencia y de los valores que lo sustentan.

Por otra parte, la crisis sanitaria ha aumentado la docilidad de la población fruto del miedo, un miedo que puede generar el caldo de cultivo para la imposición de medidas arbitrarias y para el debilitamiento de los mecanismos democráticos por la apelación a la mayor eficacia de los instrumentos de excepción. La democracia liberal está sometida actualmente a un fuerte test de estrés, que se va a ver acrecentado con los efectos económicos de la pandemia y el impacto social de los confinamientos.

En este contexto -y probablemente como consecuencia de él- vemos un desplazamiento sin precedentes de las fuerzas políticas que han gobernado Europa desde la Segunda Guerra Mundial, los denominados “partidos de gobierno”, que en muchos casos se perciben por la ciudadanía como meros gestores incapaces de articular un mensaje alternativo. Sin embargo, estos son más necesarios que nunca en la defensa de los principios de la democracia liberal, aunque difícilmente retomarán su papel preminente si no son capaces de construir un espacio propio en el tablero político.

Ahora bien, ¿pueden construir ese espacio propio?, sí, lo tienen al alcance de la mano. La defensa del orden constitucional, de la libertad individual, de la separación efectiva de poderes, de la libertad de expresión, del multilateralismo o de la economía de mercado, más allá de ser imprescindibles para evitar una involución como sociedad, constituyen por sí mismos un necesario mensaje político y pueden ser la base sobre la que desarrollarlo.

No obstante, articular un espacio político basado en los principios esenciales de nuestro sistema de convivencia no está exento de unos retos entre los que cabe destacar cuatro. El primero es saber claramente qué es en lo que se cree para poder defenderlo. Es imprescindible partir de un conjunto de ideas sólido que actúe como bastión frente a los ataques. Para ello no basta con tener unas posturas claras, hay que protegerlas frente a quienes las combaten, algo especialmente relevante en los sistemas parlamentarios. París no vale una misa, y el desarrollo de ninguna política pública justifica su apoyo en quienes quieren destruir nuestro modelo de convivencia.

El segundo reto pasa por la comprensión y la empatía. Los movimientos contrarios a la democracia liberal se han fortalecido porque en muchos casos han sido quienes mejor han sabido entender a una parte de la población, tomando sus frustraciones y exagerándolas hasta el extremo de crear problemas inexistentes. La solución no pasa ni por observar con displicencia a estos ciudadanos ni por hacer propio el marco conceptual del populismo, debatiendo soluciones a problemas ficticios, pero es imprescindible saber que las preocupaciones de quienes se dejan seducir por los enemigos de la democracia liberal son las preocupaciones de un espectro amplio de la población. Conviene tomar nota y no volver la espalda.

El tercer reto es el de la comunicación. Es clave trasladar un ideal de defensa de nuestros valores y principios a la ciudadanía, ya que el mensaje de sus enemigos siempre es más efectivo por visceral y simplista. Es más necesario que nunca desarrollar un argumentario dirigido al gran público en el que el poder de convicción de lo que se defiende se mezcle con un enfoque lo más claro y sencillo posible. Es cierto que es harto complicado emocionar a la ciudadanía con la defensa de un sistema que en muchos casos dan por hecho, pero en la sociedad de la comunicación hacer esto es tanto como existir.

El cuatro reto -y seguro el más importante- es defender el sistema al tiempo que se trabaja en su adaptación y desarrollo. Hayek, en una cita recogida por Pinker, señalaba que “para que las viejas verdades continúen dominando la mente de los hombres, han de reformularse en el lenguaje y los conceptos de las generaciones sucesivas”. La defensa de nuestros valores y principios no puede ser estática. La sociedad digital, la sostenibilidad de nuestros estados de bienestar, la competitividad del sistema productivo, o la reconversión de los trabajadores afectados por la deslocalización, la digitalización y la transición energética, exigen respuesta y qué duda cabe que la mejor será la que pueden dar los principios que nos han llevado hasta aquí. Nuestro futuro depende de ello.

Antonio Mateos

Administrador Civil del Estado

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