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TRIBUNA

La "bomba atómica" de la Perestroyka de Gorbachov - "Chernobyl-35" (I)

sábado 24 de abril de 2021, 19:36h

LA EXPLOSIÓN

Justo este día, 26 de abril, hace 35 años, a la 1.23 de madrugada se produjo una fuerte explosión en la central nuclear de Chernobyl y sonó la alarma en el puesto de bomberos próximo a la central. La respuesta de los bomberos fue, prácticamente, inmediata: en 7 minutos sus primeras unidades ya estaban en el lugar de la explosión, intentando apagar el incendio producido.

El peligro principal era que las llamas podían propagarse rápidamente por la azotea desde el Bloque número 4, donde se produjo el incendio, a otros bloques de la central, ubicados bajo el mismo techo, principalmente el número 3 que era contiguo al número 4, afectando a sus reactores, con consecuencias inimaginables.

Además, el tejado de la central estaba recubierto con materiales poco resistentes a un fuego intensivo, lo que hacía que, a tan elevadas temperaturas, la propagación de las llamas por todo el edificio fuese muy rápida por el tejado. Por tanto, el objetivo principal de los bomberos, en los primerísimos momentos del accidente, fue no permitir que el fuego llegara al resto de la central.

Tras seis horas de una lucha sin cuartel, a 70 metros de altura que tenía el edificio de la central, y con muy poca visibilidad, ya que era por la noche, los bomberos lograron apagar las llamas, salvando las estructuras del edificio de la central.

Los bomberos no sabían aún que el incendio fue provocado por la explosión del reactor nuclear y lo estaban apagando como si fuera un incendio “normal”, equipados con sus trajes habituales, sin ninguna protección especial contra la radioactividad. La mayoría de ellos recibieron una dosis de radiación mortal y 27 de ellos, al igual que otros 23 operadores y empleados que se encontraban en la sala de máquinas en el momento de la explosión, murieron antes de tres meses en una clínica de Moscú especializada en afecciones radiológicas.

Pero esta heroica actuación de los bomberos sólo fue el primer paso para detener el desastre monumental que se avecinaba. Es que allí, abajo del todo, donde se encontraba el corazón del reactor, se estaba desencadenando otro gran incendio más peligroso todavía, que era necesario apagar cuanto antes.

El núcleo del reactor, debido a que en él quedaban cerca de 70 toneladas de combustible nuclear – otras 50 fueron expulsado a la atmosfera –, estaba ardiendo a una temperatura entre dos y tres mil grados y amenazaba con “fundir” el propio reactor y causar su dispersión por el terreno en el que estaba levantada la central, produciendo la contaminación de las aguas subterráneas que alimentaban al río Pripyat que desembocaba en el río Dnepr, uno de los más grandes de Europa.

De esa manera se podía contaminar una cuenca que alimentaba de agua potable a una población de varios millones de habitantes. ¡Una catástrofe ecológica sin precedentes! Por tanto, otro objetivo principal, en aquel momento, era apagar el incendio del propio reactor, costase lo que costase.

Pero nadie sabía cómo hacerlo. Aquí los bomberos ya no podían hacer nada. Ninguno de los materiales habituales antiincendios, como el agua, las espumas u otros servían para este caso. Tanto el agua como las espumas se evaporan instantáneamente a tan altas temperaturas.

Después de una reunión urgente de científicos y técnicos nucleares en Moscú, se decidió probar echando sobre el reactor sacos con arena y plomo mezclados con un alto contenido de boro para absorber la radiación que emitía el reactor debido a que, como ya he comentado, una cantidad importante de combustible nuclear seguía en sus entrañas.

Esta labor estaba sólo al alcance de las tropas especiales del ejército, que pronto vinieron para combatir al “átomo de la paz”. Los militares sabían mejor que nadie lo que representaba la explosión de una bomba nuclear y sus destacamentos especiales estaban adiestrados y preparados para luchar contra los estragos provocados por una explosión nuclear o por armas químicas. Su labor fue igual de ejemplar, rápida y heroica que la de los bomberos “civiles”. En todas estas tareas estaban participando más de 30.000 efectivos militares. Sin ellos, en la “batalla” de Chernobyl se habrían producido muchas más víctimas.

Las primeras acciones de los militares se centraron en las tareas de extinción del incendio en el propio reactor. Los helicópteros pesados vertían sin cesar toneladas de la mezcla de arena y plomo recomendada por los científicos moscovitas, exponiéndose los pilotos a la radiación que salía del reactor, ya que una gran parte del tejado del Bloque número 4 estaba destruida y el reactor se encontraba, prácticamente, al “aire libre”.

Por fin, tras verter unas cinco mil toneladas de estos materiales anti radiactivos, se consiguió reducir el incendio dentro del reactor, aunque la amenaza de una segunda explosión de su núcleo no se descartaba al cien por cien. Pero no se podía continuar echando más mezcla salvadora porque persistía el peligro de hundimiento del reactor. Ahora no porque fuese posible que él se “fundiese”, ya que la temperatura en su interior se había reducido, sino porque la cimentación que sustentaba al reactor podría no soportar la enorme carga que suponía la cantidad de arena y plomo vertida para la que no había sido calculada por los ingenieros que construyeron la central.

Para evitar el hundimiento del reactor era necesario excavar, urgentemente, unos túneles que llegasen hasta debajo de la cimentación del reactor y permitiesen inyectar miles de metros cúbicos de hormigón para reforzar la sustentación. Para realizar estos trabajos fueron enviados las tropas especiales del ejército.

Además, para prevenir la posible contaminación de los ríos y lagos de la zona, se levantaron, alrededor de la central, muros, diques, espolones y otras barreras de contención de las aguas contaminadas procedentes de la central. Por debajo de la cota de la central, rodeando la cimentación, se construyó un muro impermeable de 30 metros de profundidad, para que ni una gota del agua contaminada de la central penetrase en el terreno circundante, contaminando las aguas subterráneas.

En estas tareas participaban tanto las tropas del ejército, como numerosos civiles desplazados a Chernobyl para realizar los múltiples trabajos relacionados con la liquidación de las consecuencias del desastre. Y así los llamaron popularmente, los liquidadores. Fueron cientos de miles de personas, de diferentes profesiones y procedentes de todos los rincones del país. Se calcula que en estas tareas, a lo largo de varios meses, participaron cerca de 240.000 personas y durante todo el periodo de la liquidación, que se prolongó varios años, fueron más de 600.000. Según los datos posteriores, más de 4.000 de estas personas, con el tiempo, murieron de cáncer, provocado por la radiación obtenida.

Pero no sólo la gente que participaba directamente en las tareas de liquidación estuvo expuesta a dosis altas de radiación. He leído datos que demuestran que más de 5 millones de personas, que vivían no sólo en la zona de la catástrofe, sino también en varias regiones de Bielorrusia y de la Federación Rusa, recibieron dosis “elevadas” de radiación producidas por la “avería” en la central de Chernobyl. Curiosamente, por los caprichos de la naturaleza, aquellos días el viento sopló en dirección Noreste, por lo que como la central nuclear de Chernobyl se encontraba a sólo 16 kilómetros de la frontera bielorrusa, los territorios más afectados por la radiación no fueron en Ucrania sino en Bielorrusia y en una parte de los territorios del suroeste de la Federación Rusa.

Según datos oficiales, más de 200.000 kilómetros cuadrados de las tres repúblicas citadas fueron contaminados por la radiación. ¡Casi la mitad de España! Incluso territorios bastante alejados de la central de Chernobyl, en la región de Leningrado por ejemplo, se vieron afectados. La nube radiactiva dio una vuelta al mundo, dejando sus huellas en Asia, Europa y América. En amplias zonas, alrededor de la central nuclear, se tuvo que eliminar la capa superior de suelo, lo que supuso para los liquidadores el tener que remover y transportar varios millones de toneladas de tierra altamente contaminada para “enterrarla”.

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