Pregones aparte, el catalán Javier Pérez Andújar es un escritor de éxito en español. Entre sus logros consta una especial vindicación de la literatura popular proveniente de un declarado amor incondicional por la literatura de género como vemos ya en su primera novela, la evocadora y charnega Los príncipes valientes (2007). El mismo amor que nutre y alienta la labor de difusión continúa de las Misiones Pedagógicas en su segunda novela, Todo lo que se llevó el diablo (2010). Pero quizá sea el afilado ajuste de cuentas con su generación de sus textos más recientes los que han acrecentado su fama, como el chispeante Paseos con mi madre (Tusquets, 2011) y, en especial, la que a ojos de este cronista resulta mejor labrada, Diccionario enciclopédico de la vieja escuela (2016). Sin embargo, en la presente novela hay una valiente voluntad anticonvencional de alejarse de formas y técnicas de anteriores escritos. Un deseo de formular novedades que pueden resultar incómodas al lector más perezoso pero que deben interesar al lector no complaciente pues la literatura de mejor ley es siempre aquella que no desfallece en su búsqueda de nuevas maneras de decir.
“Proyecto de libro”, con expresa renuncia a llamar novela el presente texto se despide en la página de inspiraciones reconocidas, mejor que fuentes y materiales, con los que su autor levanta este “artefacto” como dicen los cursis: la Guía del Tercer mundo de Roberto Remo Bissio (1988) y The Whole Pop Catalog. The Berkeley Pop Culture Proyejct de Jack Mingo y John Javna (1991). En esencia aquí se nos contará la vida de cuatro artistas, casi sombras en realidad, que viven confinados en un garaje y a los que una peculiar criatura les propone un perverso pacto. El relato nos lo contará uno de ellos que conserva su nombre en anonimato más las cuentas de otro de ellos, el escritor finlandés Folke Ingo, aunque se cuelan una pluralidad de voces y materiales en este popurrí festivo que con sus matices saldarán variopintas cuentas generacionales de aquel año del búfalo de 1973 con extensiones a otros años de relieve como son 1961 o 1985.
La disposición textual de la novela no debe engañar al lector, pues lejos del capricho presenta en notas a pie de texto, más largas que este en muchas ocasiones, convirtiéndose por lo tanto casi más que en segundo texto, en otro que, junto a los fragmentos incrustados en el mismo, llamados con acierto “psicofonías”, confluirán en un casual batiburrillo que trasluce el propio discurrir de la vida. Semejante polifonía de voces sería muy del gusto de Mijail Bajtín. De tal modo, siguiendo las teorías del ruso, conviene destacar la nota 28 donde el narrador realiza su propia exégesis del texto, que de modo especular también valdría para el autor de esta novela, Pérez Andújar: “Creo que como autor de esta obra también tengo algo que decir al respecto, aunque sea en este pie, donde ahora se me relega de una manera que podría calificarse de golpista; pero no me importa porque lo tenía previsto. Prefiero escribir en pies que editar arrodillado”. El propio autor ha confesado en varias entrevistas que el presente relato proviene de un antiguo texto de hace más de veinte años que nunca decidió publicar.
Era Borges quien afirmó aquello de que los escritores dan vueltas a cinco o seis metáforas esenciales. Aquí la singularidad de la mirada de Javier Pérez Andújar ha pretendido después de muchos años reinventar una variedad de voces para dialogar con su propio tiempo y generación, como han hecho otros escritores recientemente desde estéticas y tonos bien diferenciados, por ejemplo Los cinco y yo de Antonio Orejudo (2017). De tal modo aparecerá otra variedad singularísima de personajes, el periodista Gregorio Morán, el profesor Jordi Gracia, Gadafi, Franco, Mussolini, entre los personajes reales, salpimentado todo con clásicas referencias pop, Los Conguitos mediante y enlazando las más extremas y separadas historias con reflexiones desternillantes que azuza el ingenio del catalán. A la postre, lo que resulta más destacable en Pérez Andújar, liberado ya de la necesidad huera de argumento y movido ya por la pura inercia del narrar, es el valor de ensayar estrategias narrativas y recursos retóricos diferentes de los suyos habituales.
En esta presunta novela, que ahonda en la falta de lógica de los avatares humanos, es decir, el absurdo del mundo a través de multitud de fragmentos, algunos jocosamente disparatados, otros de una calculada banalidad, consigue plantear una suerte de lenguaje colectivo que curiosamente no traiciona la obra anterior del autor sino, al contrario, se repliega sobre ella significando una vuelta estilística del mayor interés.