Sucedió el 1 de agosto de 1944. Hace ahora 78 años. Unos veinticinco mil efectivos de la resistencia polaca se alzaron en Varsovia contra los ocupantes alemanes. Lideraban el alzamiento los hombres y mujeres del Ejército del Interior, el mayor movimiento de resistencia del país. Leales al gobierno polaco exiliado en Londres, sus miembros venían combatiendo desde el 1 de septiembre de 1939 a los nazis y desde el 17 de septiembre también a los soviéticos. Constituían la fuerza armada del Estado Clandestino, cuya historia narró el gran Jan Karski (Acantilado, 2011). A diferencia de lo que sucedió en el resto de la Europa ocupada, los nazis nunca lograron crear en Polonia un gobierno títere. Los soviéticos intentaron reemplazar al Estado Clandestino por una organización controlada desde Moscú, El Comité Polaco de Liberación Nacional, pero nunca tuvo ni su legitimidad ni su crédito moral. La resistencia nacional polaca llevaba luchando desde 1939 así que los movimientos comunistas impulsados desde Moscú llegaban tarde.
Los alemanes ocupaban Varsovia, pero, desde 1939, no habían conocido un momento de paz. Cuando cayó derrotado el ejército polaco, continuó su labor la resistencia. Desde los tribunales, que ejecutaban las penas de muerte contra traidores y colaboracionistas, hasta la mayor editorial clandestina de la Europa ocupada -la Editorial Militar Secreta-, la resistencia estaba presente en todas las facetas de la vida polaca. Contaba con unos cuatrocientos mil soldados en todo el país. Su unidad de élite -los Oscuros y Silenciosos- recibían entrenamiento en el Reino Unido y después se lanzaban en paracaídas sobre Polonia para unirse al Ejército del Interior. Volaban trenes, Dinamitaban vías férreas. Detonaban puentes. Hacían saltar por los aires arsenales y polvorines. Suministraban a los aliados información valiosísima sobre los movimientos de tropas, el armamento y, en general, el esfuerzo bélico alemán en el este.
Durante años habían venido preparando el golpe definitivo contra los invasores nazis. Aquel verano de 1944 parecía haber llegado el momento. Desde 1943, los alemanes se retiraban ante el avance soviético. En junio de aquel año un formidable ejército aliado occidental había desembarcado en Normandía. El 20 de julio de 1944 un grupo de oficiales alemanes liderados por Claus von Stauffenberg habían intentado matar a Hitler. En Varsovia, las malas noticias habían extendido el pánico entre los ocupantes. Desde el 15 de enero de aquel año, el Ejército del Interior habían lanzado la Operación Tempestad para combatir a las unidades alemanas que retrocedían desde el este. Incluso habían llegado a colaborar con unidades soviéticas en la lucha contra los alemanes, pero Moscú no quería una Polonia independiente. A menudo los resistentes polacos terminaban detenidos por los soviéticos y deportados a la URSS o enrolados a la fuerza en el ejército de Berling, la fuerza polaca al servicio del Ejército Rojo.
Aquel 1 de agosto, pues, los polacos estaban solos frente a las fuerzas alemanas. La hora “W”, en que debía comenzar el alzamiento de Varsovia, eran las 17:00. En total, los efectivos de la resistencia eran unos cincuenta y cinco mil hombres y mujeres, pero, al principio, sólo había armas y munición para el diez por ciento de esa cifra. Frente a ellos, los alemanes disponían de unos veinte mil soldados experimentados y bien equipados. Tenían ametralladoras, artillería pesada y apoyo aéreo. Controlaban los puntos estratégicos de la ciudad a ambos lados del Vístula. Disponían de alimentos y munición en abundancia. Eran, en fin, un enemigo temible.
Al final, el plan se torció un poco en las primeras horas. Los combates empezaron en torno a las 12:00 con tiroteos más o menos esporádicos. Se perdió el factor sorpresa, pero no el coraje. En torno a las 18:00, Varsovia entera estaba alzada en armas. Los polacos luchaban con lo que tenían: armas caseras, pistolas viejas, armamento del ejército regular polaco, fusiles y ametralladoras capturadas a los alemanes, bombas incendiarias hechas a mano, granadas artesanales, cuchillos… Los alemanes estaban desbordados. El comandante general Tadeusz Bor-Komorowski (1895-1966) daba órdenes desde la fábrica Kamler, en el nº 72 de la calle Dzielna. Aquello no eran una banda de forajidos, sino un ejército que atacaba a los ocupantes desde el interior mismo de la ciudad. La Operación Tempestad había llegado a la capital.
Uno pensaría que, en esta hora, Varsovia entró en la historia, pero no es así. Esta ciudad llevaba ya mucha historia a las espaldas aquella tarde de agosto de 1944. Había visto nacer la constitución del 3 de mayo de 1791, la más avanzada de Europa en su época, y la partición del país a manos de Prusia, el Imperio Austriaco y el Imperio Ruso. Había luchado contra los ejércitos del zar entre 1831 y 1831 y, de nuevo, entre 1863 y 1864. Había vencido a los soviéticos a orillas del Vístula. Se había transformado en una de las ciudades más modernas de nuestro continente. Durante dos meses, había combatido la invasión nazi y soviética mientras la Radio Nacional emitía la Polonesa Heroica. En 1943, el gueto judío se había alzado en una acción heroica e inolvidable. No, aquella tarde de agosto de 1944 Varsovia no entraba en la historia, sino que más bien alcanzaba la cima. Contra todo pronóstico, a fuerza de valor y de arrojo, los polacos hicieron retroceder a los ocupantes y liberaron casi toda la Ciudad Vieja, buena parte del centro y algunos de los edificios más significativos como el edificio más alto de la ciudad: el rascacielos Prudential, construido entre 1931 y 1933. Allí izaron la bandera de Polonia.
Aquella victoria inicial supuso un estallido de alegría. Por doquier afloraron banderas rojiblancas. A través de altavoces, sonaban marchas y canciones patrióticas. El pueblo se unió a aquellos resistentes que habían golpeado a los ocupantes y los habían hecho retroceder. Como escribió Adam Borkiewicz, el primer historiador del alzamiento, “Varsovia emprendió y sostuvo una lucha mortal en solitario, pero sus soldados no estuvieron solos”. A lo largo de sesenta y tres días, la resistencia polaca contuvo al contraataque alemán mientras los soviéticos miraban desde el otro lado del Vístula. Durante más de dos meses, en buena parte de la ciudad, la vida polaca renació en libertad. Hubo un tipo increíble que se hizo cargo de la administración civil, Marceli Porowski (1894-1963). Se organizó el suministro de agua y comida, alojamiento y evacuación de los civiles. Las iglesias estaban llenas. El himno “Dios, protege a Polonia” se cantaba una y ora vez El Papa autorizó a los sacerdotes a celebrar hasta tres misas diarias. Hubo bodas y bautizos. En esta hora, se alza señera la figura de Stefan Wyszyński (1901-1981), cuyo nombre en clave en la resistencia era “Radwan III” y que terminaría siendo cardenal primado de Polonia y uno de los grandes opositores al régimen comunista. Hubo un despertar cultural efímero pero vibrante. En Powiśle abrió sus puertas un teatro de marionetas llamado “Marionetas en la barricada”. En la segunda semana de agosto, empezaron a emitir dos cadenas de radio polacas. El 1 de septiembre se celebró el Día del Soldado con recitales y conciertos. Polonia, de algún modo, había renacido.
Detengamos aquí nuestro relato de estos días de agosto.
No, el final no fue feliz, pero sí glorioso. La reacción alemana resultó devastadora. Himmler transmitió las órdenes del Führer: “Hay que matar a todo habitante de la ciudad. No han de hacerse prisioneros. Varsovia debe ser borrada del mapa y servir, así como aterrador ejemplo para el resto de Europa”. En el distrito de Wola, por ejemplo, tropas alemanas mataron a cuarenta mil hombres, mujeres y niños. Fueron frecuentes las violaciones de mujeres antes de asesinarlas. Se incendiaron casas y comercios. La destrucción fue despiadada y minuciosa. Las tropas soviéticas lo veían todo desde la distancia. Cuando ellas entrasen, los alemanes estarían debilitados y la resistencia polaca aniquilada. En esto último, se equivocaron, pero eso es otra historia.
Terminemos hoy esta columna con el recuerdo de ese primer día al Alzamiento de Varsovia, así, con mayúsculas, como se inscriben en la historia de los pueblos y las civilizaciones sus momentos de mayor grandeza y gloria. Aquellos polacos, en ese primer día de agosto, dieron una lección de valentía y dignidad al mundo entero.