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ENTREVISTA

Antonio Tocornal reflexiona sobre su última novela, Malasanta

Antonio Tocornal reflexiona sobre su última novela, Malasanta
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José Manuel López Marañón
jueves 15 de septiembre de 2022, 14:50h
Actualizado el: 15 de septiembre de 2022, 14:57h

Tras la reseña de la novela Malasanta, publicada el pasado 5 de setiembre en El Imparcial, nos citamos con su autor, el gaditano Antonio Tocornal.

La protagonista de su novela, Malasanta, es uno de esos inolvidables personajes femeninos que, en ocasiones, bastante escasas por desgracia, da la literatura. Su itinerario vital durante las doscientas páginas que ella protagoniza es de los que cortan el aliento y quedan grabado a fuego.

¿Cómo llega a Malasanta? ¿Pudo existir un punto de partida real para su construcción al que luego siguió el desarrollo puramente ficticio, o, por el contrario, esta mujer es de completa invención suya?

Ante todo muchas gracias a usted y a El Imparcial por el interés en hablar de Malasanta.

Malasanta es un personaje ficticio inspirado en muchos personajes reales; en perdedoras; mujeres que no han tenido suerte en la vida y que debido al lugar y al entorno social en el que nacen y crecen no han tenido nunca en las manos las riendas de sus propios destinos.

No es infrecuente encontrar noticias en prensa escrita o en televisión a propósito de abusos cometidos sobre personas vulnerables. Todos recordaremos noticias en las que narran el hallazgo de un anciano muerto en su casa desde hace varios años y que nadie ha echado de menos, o el de neonazis que prenden fuego a una indigente mientras duerme en un cajero automático. Hay muchas malasantas en nuestras ciudades; y también muchos ejemplos de los otros personajes del libro que sufren de otro tipo de vulnerabilidad; lo que pasa es que nos resulta más cómodo mirar hacia otro lado cuando nos los cruzamos.

Su novela hubiera podido desmandarse por los excesos que el realismo mágico crea en autores despendolados que dejan llevarse ante tanto prodigio... Por otro lado el tremendismo de Malasanta, entroncado con las mejores obras de Camilo José Cela, está asimismo ajustado. Haber logrado que ambas escuelas literarias se aúnen en su texto, sin presentar batalla entre ellas y de tan matizada manera, resulta una aportación estilística principal.

Tratándose de una novela tan dura y con pocas concesiones, ¿le ha costado lograr este complicado equilibrio, superar, a la hora de escribirla, el impulso del exceso que hubiese hecho que su historia perdiera el conseguidísimo punto de verosimilitud que atesora?

Me gustan mucho las entrevistas en las que discrepo con ciertas premisas que el entrevistador da por buenas. Eso me confirma que no importa lo que uno escriba; cada lector interpretará el libro a su manera, y esa multiplicidad de lecturas es siempre una forma de enriquecerlo.

Le concedo la referencia al tremendismo y al primer Cela de La familia de Pascual Duarte, o incluso al Delibes de Los santos inocentes. Le diré incluso que está muy bien traída esa referencia. El realismo mágico al que usted hace referencia, sin embargo, no lo reconozco en Malasanta. Dígame un solo pasaje al que se le podría poner el epíteto «mágico» al hiperrealismo brutal con que está narrado. No hay nada de lo que se cuenta que no haya podido suceder en la vida real, ni hay magia por ninguna parte. A lo sumo podrá encontrar algunas exageraciones; pequeñas licencias como la apoteósica potencia eyaculatoria de Niño Truncado que podría despistar. Hay también, es verdad, un guiño expreso al realismo mágico, que es cuando en el mismo capítulo, el médico de La Ciénaga relata que un paciente suyo mantuvo una erección durante cuatro años, once meses y dos días, que como todo el mundo sabe es el tiempo que estuvo lloviendo en Macondo sin parar.

Como le mencioné en la respuesta anterior, muchas de las escenas están inspiradas en noticias reales aparecidas en prensa. El equilibrio que ha sido necesario calibrar de forma consciente en todo momento es el de la dureza de la historia por un lado y el de la forma de contarla para que no resultase soez ni excesivamente desagradable.

El tratamiento del tiempo literario, pautando los seis capítulos con la edad que en cada uno de ellos tiene Malasanta (empieza la narración siendo una cría de cinco años y la acaba con cincuenta y cinco), es otro extraordinario logro suyo. Además de aportar agilidad y viveza a lo que cuenta, con esos saltos temporales consigue las mejores elipsis que haya yo encontrado en una novela reciente.

Mario Vargas Llosa suele decir que el logrado tratamiento del tiempo en cualquier novela aporta igual esencia que su más logrado protagonista.

Hábleme un poco de cómo fue su trabajo para estructurar temporalmente Malasanta.

El punto de partida de esta novela fue el cotejo de un par de relatos cortos muy antiguos en los que las protagonistas de ambos eran mujeres perdedoras de diferentes edades. Al releerlos muchos años después, me di cuenta de que podían ser la misma persona con treinta años de diferencia. Como si fuese un experimento, volví a redactar ambos relatos unificando la voz del narrador; al retomarlos los amplié bastante mientras aplicaba los recursos que a lo largo de los años he ido incorporando a mi estilo narrativo, y fue entonces cuando me di cuenta de que tenía el embrión de una novela, y que mi trabajo para culminarla con éxito se asemejaría a una labor de arqueología: buscar las piezas que faltaban en esa vida y luego ir encolando los trozos. Me di cuenta de que las secuencias temporales, narrar solo lo esencial, el último o los últimos días de varios periodos de diez años cada uno como si fuese el desenlace de los diferentes capítulos de una vida, reforzaría ese sentimiento que subyace en toda la obra de que somos la consecuencia de nuestros actos, y que si acaso solo tenemos la capacidad de cambiar unos grados el rumbo de nuestro destino o tal vez retrasarlo.

Respecto a sus elipsis, no puedo evitar preguntarle por la generadora de mayores asombros: la que empalma el penúltimo y último capítulo. Y es que de los años transcurridos desde que Malasanta deja Ciudad del norte y aparece en Ciudad del sur (2009-2019) usted se ha propuesto no traslucir nada.

¿Previó la curiosidad del desconcertado lector por lo que pudo pasarle a Malasanta durante ese fragmento de su existencia que se antoja decisivo para llegar a entender su degradación? ¿En ningún momento sopesó la posibilidad de, por lo menos, dejar alguna pista? ¿Pudo ser que sí lo hiciera y optar al final por ese impenetrable silencio?

Esa es otra premisa que no comparto. Cada capítulo narra el desenlace de una trama que ocupa una década y que se mantiene semioculta en forma de elipsis para que el lector la intuya. En el capítulo último, las pistas a las que usted alude están por todas partes; solo hay que hilarlas. En ese capítulo se retrata a una Malasanta sin hogar, prófuga de la justicia debido a lo acontecido en el capítulo anterior, y alcoholizada. No es difícil concluir que los diez años en la calle la han llevado a ese estado de indigencia que tal como se muestra ya es rutinario para ella; que esos años no han sido más que una continuidad en la espiral de degradación que desemboca en el desenlace final; en la única jornada que se narra en ese capítulo. Como le digo, la narración se centra en el desenlace a una trama de diez años que no tendría mucho interés contar en detalle pero que el lector puede construir con facilidad con las pistas que se dan; por lo tanto, no puedo compartir su afirmación que el autor opta por un impenetrable silencio, si bien se la agradezco ya que me hace reflexionar sobre si he conseguido lo que buscaba.

En el primer capítulo, que refiere la vida de Dámasa la Tuerta, la madre (también prostituta) de Malasanta se lee: «Porque dentro de toda alma humana se esconde una contradicción; mejor ir de frente y dejar las cosas claras desde el principio». De acuerdo, pero en su novela el triunfo de los personajes sin alma, despojados de cualquier calidad humana, resulta apabullante. Hay que avisar de cómo Malasanta regala un negativismo sin fisuras, de cómo en su radical falta de esperanza se hace desoladora...

¿Al final lo mismo dará encarar la vida de frente que resignarse cobardemente a lo que tenga que venir?

Malasanta no tuvo acceso a ninguna formación, y por lo tanto no tiene los recursos para tomar las riendas de su vida. Cada vez que tiene la posibilidad de cambiar algo, se acaba por equivocar y su situación empeora. Tampoco el resto de personajes tienen muchas posibilidades de hacer nada que cambie sus circunstancias vitales: su madre, una prostituta que ejerce en regimen de semiesclavitud en los años sesenta, un adolescente discapacitado en los años setenta que no tiene forma de dar rienda suelta a su impulso sexual, una transexual en los años ochenta, una época en la que ni siquiera se usaba esa palabra sino «travesti», y los colectivos de discapacitados psíquicos, los ancianos sin recursos y los indigentes. Con excepción del colectivo transexual que sí lo ha conseguido en la última década, todos ellos tienen en común que no tuvieron ni tienen la capacidad de organizarse, de hacer oír sus voces y luchar por sus derechos. Son los grandes olvidados de la sociedad, y por lo tanto la falta absoluta de esperanza con la que se cuenta sus historias me parece de un realismo feroz, y no veía honesto dulcificar esas circunstancias.

Niño Truncado, Candela, Modesto, Cándido y –por supuesto– Malasanta, habitan un mundo bárbaro que ninguna salida les ofrece. Como en cualquier tragedia griega, desde su nacimiento, el Destino los persigue con una saña sin fisuras.

¿Se planteó dar un respiro a sus personajes más sufrientes o, incluso, crear alguno al que la vida permitiese alcanzar cuanto menos un pequeño logro?

Hay épocas de relativa felicidad y pequeños logros en la vida de Malasanta. En un capítulo conoce algo parecido al amor aunque no sabe enfrentarse a él o gestionarlo por haber convivido siempre con la sordidez; en otros, conoce la amistad, por ejemplo con Candela, con Modesto o con Cándido. Hay episodios —todo el capítulo que transcurre en la ciudad del norte—, en los que vive una vida tranquila que dura toda una década hasta que al final lo estropea más por ignorancia que por mala fe... Pero todo acaba saliéndole mal. Esa es la historia; no la podía desvirtuar con un final feliz.

Para quienes hemos debutado con Malasanta y desconocemos el resto de la producción literaria de Antonio Tocornal...

¿Inciden sus demás novelas en esta pesimista visión que incluye la España de 1969 hasta nuestros días, esa a la que usted (por lo menos en en Malasanta) describe en unos tonos tan oscuros como los empleados por el pintor y escritor expresionista José Gutiérrez Solana o por el más despiadado Valle-Inclán de los esperpentos?

No. Tengo novelas anteriores en las que se narran historias más optimistas y luminosas. En La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie se narran doce horas de la vida un joven pintor español en París en los años ochenta; es una historia muy lúdica y alegre. En Pájaros en un cielo de estaño se cuenta la vida de unos inmigrantes flamencos que llegan a un pueblo andaluz en los años cincuenta o sesenta —casi contemporáneo al inicio de Malasanta—, pero esa novela es un canto al optimismo; tal vez por eso en Malasanta he ido a parar al polo opuesto, para no repetirme; para explorar otros registros bien alejados de lo ya hecho. Hay un divertido cameo de esa novela en Malasanta: un personaje que aparece en el capítulo 35, cuando llegan a un pueblo llamado Las Almazaras, que es el pueblo donde sucede la historia de Pájaros en un cielo de estaño. No es la única de las referencias ocultas de obras anteriores y que están diseminadas a lo largo de la novela y que están reservadas a los lectores que han ido siguiendo mi obra.

Si Malasanta es dura, es pesimista y no hay esperanza, es porque el tratamiento así lo exigía. Decidí no ponerle ni un gramo azúcar a una historia que de por sí es amarga. Sin embargo, para que no fuese insoportable, intenté contarla con ciertas dosis de lirismo y de humor que creo que le dan cierto contrapunto y la equilibran.

Para terminar me gustaría que nombrara para los lectores de El Imparcial autores que ejerzan algún tipo de influjo sobre su actividad creadora. También, ya a la hora de sus lecturas, saber de algún escritor favorito, con independencia de que sea novelista.

La pregunta sobre los referentes es algo recurrente y que aparece en casi todas las entrevistas a escritores. Prefiero no dar nombres, porque el canon que hoy me sirve puede ser caduco en unos meses, y porque cualquier lista incluiría por fuerza exclusiones injustas. Sí le puedo decir que leo sobre todo narrativa de autores que escriben en castellano; tanto españoles como latinoamericanos; que intento evitar la novela de género en cuanto sospecho que está construida a base de clichés mil veces repetidos; que leo tanto a hombres como a mujeres, tanto novelas como cuentos cortos, un formato que me apasiona, y que intento compaginar la lectura de los clásicos con novedades; que huyo de los autores que escriben de forma descuidada, de los políticamente correctos y de los que intentan epatar a base de trasgresiones gratuitas o vacías de contenido. También curioseo con mucho interés lo que hace la gente más joven que yo y que va explorando nuevos caminos con nuevas modalidades de lenguaje.

¿En qué anda ocupado actualmente Antonio Tocornal dentro de su faceta literaria?


En leer mucho. Esa es, como escritor, mi principal actividad; la que ocupa el noventa por ciento de mis horas de trabajo y que es una manera pasiva de escribir. También en intentar no distraerme con futilidades para estar alerta por si se me presentan nuevas historias; si eso sucede, no me gustaría que se me escapasen. En no forzarme para escribir a cualquier precio; en intentar ser consecuente y escribir solo aquello que pueda aportar algo interesante; ya sea una novela, un cuento, un estado en Facebook o una entrevista como esta, por la que le estoy muy agradecido, igual que agradezco el interés por Malasanta.

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