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Novela

Linda Boström Knausgard: Niña de octubre

domingo 23 de octubre de 2022, 22:09h
Linda Boström Knausgard: Niña de octubre

Traducción de Rosalía Sáez. Gatopardo. Barcelona, 2022. 176 páginas. 17, 95 €.

Por Soledad Garaizábal

Niña de octubre es la segunda novela de Linda Boström Knausgard (Estocolmo, 1972) que cae en mis manos. Hace menos de un año leí y reseñé Bienvenidos a América, ambas editadas por Gatopardo ediciones. También ha escrito Helioskatastrofen, galardonada con el premio Mare Kandre en 2014.

En esta ocasión, el texto está traducido por Rosalía Sáez y vuelve a ser una obra íntima y desasosegante, una muestra de literatura, tal vez, terapéutica para el que lo escribe, pero que entraña algo de riesgo para el que la lee. Puede causar daño emocional. Con tener un mínimo de empatía se traspasa el malestar. Parece que, después de sus largos ingresos en el psiquiátrico, Linda Boström ha encontrado en la literatura un medio muy útil para desahogarse y deshacer entuertos propios, para intentar poner en orden sus ideas y liberarse del sufrimiento interno, que en su caso parece constante. Espero que lo consiga pronto, corremos el riesgo de que acabe haciendo tambalear el ánimo de miles de lectores.

Resulta difícil mantenerse feliz y contento mientras lees los profundos agobios que se cuecen en la mente de Linda Boström Knausgard. No hay más trama que su vida, poco hilo argumental más allá de intentar despejar motivos, causas y consecuencias de su propio desequilibrio. Se recrea en infinidad de recuerdos malos, vergüenzas, complejos, miedos e inseguridades, bucea hasta lo más hondo del saco de lagartos, nos expone la extrema fragilidad de la mente humana, la inseguridad de la lógica del abismo. Es desestructurada, depresiva, inconexa y peligrosamente retorcida. Las sesiones de terapia con corrientes eléctricas en “la fábrica”, como llama al sanatorio en el que está ingresada, parecen servir más que nada para volver a sacar a flote lo que sería mejor olvidar. Dice necesitar esos recuerdos ahora que es escritora, pero “las frases que reaparecen son una molestia”, una obsesión plagada de mantras como “soy un ser horrible” y deseos suicidas, urdidos en los hilos de las telas de araña que crecen en los pasillos más estrechos de su mente enferma, desde niña y me temo que para siempre.

Sí, es ella, la exmujer y madre de los cuatro hijos de Knausgard (Oslo, 1968), el exitoso autor de las seis novelas autobiográficas englobadas en la serie Mi lucha, en las que expuso con todo detalle la crudeza de su vida en familia. No parece que la relación ayudase en nada a sacar a esta mujer del pozo. Tampoco debió venirle bien que su desequilibrio traspasara los límites de la intimidad, su propio marido expusiera al gran público su extrema fragilidad y su falta de control emocional, ni que Mi lucha se convirtiera en best seller internacional, él optara por ingresarla en un psiquiátrico para que la sometieran a electroshock y la acabara dejando en 2016.

En Bienvenidos a América, Linda Bostróm nos hablaba de su niñez, que no había resultado feliz sino diametralmente lo contrario. Me asustó, conmovió, entristeció terriblemente saber cuánto desequilibrio mental puede llegar a acumular una niña a tan corta edad. Era un libro muy crudo que exponía, sin adornos, graves trastornos infantiles mentales y de conducta, desarrollados en un núcleo familiar muy inestable.

Ahora, en Niña de octubre, todos esos traumas vuelven a salir a flote pero se añaden otros, derivados de sus inseguridades como madre (“daba miedo a mis hijos”, “era una madre que podía desaparecer”) y mujer. Parece ser su respuesta, su venganza, una justificación ante el mundo, un deseo de dejar constancia de que sigue intentándolo, sigue tratando de ser alguien equilibrado y feliz, aunque el lastre le pese tanto. Durante la terapia “solo (le) venían a la cabeza recuerdos de mierda” y ese intento de curarse sometiéndose a electrochoques fue como “beber oscuridad”.

Al final de la novela parece llegar a una casa amueblada en la que va a instalarse con sus hijos para empezar una vida nueva. Se tumba en la cama y llora “por primera vez en varios años”. Tal vez, escribir este libro fue catártico y todo, desde entonces, mejoró.

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