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LETRAS, CEROS Y UNOS

Bienvenidos a la era de la disrupción digital

martes 21 de marzo de 2023, 20:02h

Me hago con un libro publicado en noviembre de 2020, inicio de camino, gran reseteo, fin de un tiempo… ¡qué les voy a contar que no les suene! “La era de la disrupción digital” promete, a priori, ser un buen alimento intelectual para nutrirme cara a escribir esta columna. Pienso que es realidad que estamos ante un momento tremendamente disruptivo donde las costuras de todo deberían haber saltado, sin embargo me baño en realidad cada día. Marzo de 2023 y mi sensación es que todo ha cambiado para seguir del todo igual.

José Hierro escribió casi por completo su obra poética en un bar, cosa que admiro, y yo hoy escribo esta columna desde un sitio extraño, con el ordenador en mis rodillas, en mala postura, sin ratón…, y es que tengo que estar aquí tres horas sentado y no se me ocurre nada mejor que hacer que escribir sobre el cambio tecnológico, y no se crean que es porque sí. Esta columna tiene su propia explicación

Estoy en un auditorio en el que somos unas ciento cincuenta personas escuchando a un señor que nos está aburriendo soberanamente y lo sabe, pero le da igual, va a cobrar lo mismo. Tiene megafonía a su disposición, pero no la usa, el PowerPoint elaborado en Office 2007 que proyecta apenas se ve y su cadencia en general es digna de un hipnotizador. Sus palabras son puro humo sobre un tema que en realidad es diametralmente opuesto a lo que nos está contando. Un catedrático en nubes, vamos. En su área en concreto ostento mi única matrícula de honor universitaria, pero aquí estoy, tecleando para vencer el tedio. Sinfonía del bostezo y no hay ni donde comprar un café por aquí alrededor.

La chica que está sentada a mi lado está cubriendo un acta, a mi izquierda otra está en la web de una tienda de ropa mirando un vestido rojo en la pantalla de su móvil. Ya hemos firmado la asistencia y comienza la desbandada. La gente hace como que va al baño, pero en realidad se va porque esto es muy difícil de aguantar. Antes he corregido unos cuantos poemas y créanme, aunque intento prestar atención la verdad es que, cuando lo hago, solo escucho expresiones manidas y sentencias que no tienen cabida en la realidad. Una lástima de tiempo y gasoil perdido viniendo aquí, pero ahora ya… dejemos vía libre al sesgo de pérdida aversiva, y es que hasta que no me levante de aquí no he perdido nada. Enfoquémoslo así.

Estaba hablando de “La era de la disrupción digital”, de Javier Andrés y Rafael Doménech y viene a cuento en esta tarde tediosa porque lejos de aclararme acerca de qué consiste esta disrupción, este libro lo que ha hecho es proporcionarme datos y gráficas más enfocadas a la economía en la universidad que en la divulgación. El ponente de esta tarde y el libro pecan de no tener en cuenta al posible receptor de su mensaje y utilizan el típico lenguaje universitario complejo que consigue que la divulgación no divulgue y que el pobre lector o espectador que se ha metido entre pecho y espalda 300 páginas o treinta kilómetros para luego pensar lo mismo y no saber nada más que antes de recibir esta información. Libro y charla fallan en la transmisión del mensaje, y yo saldré de aquí con tres horas de vida perdidas, pero al menos, con un artículo más en El Imparcial.

Para quitarme el mal sabor de boca recurro a otras lecturas que, con menos expectativas, sí que han conseguido aclararme un poco esta nueva revolución tecnológica que tan solo comenzamos ahora a afrontar. Tras evocar la lectura de “Irresistible: ¿Quién nos ha convertido en yonquis tecnológicos?”, de Adam Alter, este salón de actos se convierte en un gran centro que explica un pedazo del mundo que hay a nuestro alrededor. Gente, como yo, que se aburre con esta soberana brasa que nos están dando y que busca “lubricar” sus neurotransmisores con dopamina que le permita que su cerebro se motive y que, aunque sea remotamente, consienta meter la puntita del sistema límbico cerebral en esa golosina para él llamada “euforia”. Como buenos yonkis de las emociones fuertes odiamos los periodos de abstinencia y necesitamos evitar el sufrimiento que su ausencia produce en nuestro órgano más desconocido, el cerebro, donde reside todo lo que podemos llamar yo.

Las pantallitas, los vestidos rojos, los colores llamativos, el movimiento, la música, el arte en general… remueven esas, nuestras estructuras cerebrales, y permiten que el órgano se mantenga evadido de la realidad buscando una nueva recompensa, más alimento, y evitando en lo posible el aburrimiento, la calma innecesaria, la ausencia de estímulos.

Sigue llamándome la atención que con tanta y tan buena literatura sobre motivación, sobre liderazgo, sobre cómo mejorar la capacidad de comunicación sigan todavía proliferando ponentes que parecen estar anclados en los ochenta, sin tecnologías, sin utilizar ganchos y herramientas que permitan fijar la atención, sin darse cuenta de que estamos en un mundo de yonkis tecnológicos y que permitan no solo “alimentarnos” intelectualmente sino también drogarnos cerebralmente y necesitar cada día redoblar más nuestra propia dosis. La sociedad ha cambiado, y nuestro cerebro también. Romper con las pantallas sería hoy en día la auténtica disrupción, conseguir que quienes nos escuchan, quienes aprenden de nosotros o aquellos cuya educación está a nuestro cargo no recuerden que las necesiten es arena de otro costal…

Y eso que creíamos que el gran enemigo de la literatura, de la concentración y de fijar el hábito lector esto era la televisión. Don José, hágame sitio a su vera en la mesa del bar que estoy inspirado, ¡un chato y a escribir!, eso es disrumpir, y lo de la tele…, ¡qué inocentes éramos, por dios!

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