Regresa Paloma Pedrero con un extraordinario espectáculo, en el que la compañía Caídos del Cielo vuelve a demostrar su buen hacer. Una pieza, que Pedrero firma y codirige -junto a Pilar Rodríguez-, para divertirse y reflexionar.
Isla, de Paloma Pedrero
Directoras de escena: Paloma Pedrero y Pilar Rodríguez
Intérpretes: Miembros de Caídos del Cielo
Lugar de representación: Teatro Fernán Gómez (Madrid)
¿Han pensado alguna vez con calma cómo es la vida que llevamos en las sociedades occidentales? ¿Somos felices en ellas? ¿Qué aspectos deberíamos cambiar? ¿Es posible modificarlos? Sin duda, en el día a día, repleto de exigencias y tareas, en muchas ocasiones resulta complicado detenerse a reflexionar con sosiego sobre cuestiones capitales. Pero es una labor esencial, máxime cuando los problemas de salud mental aquejan a cada vez más población, lo que es un claro y preocupante síntoma de que algo va mal.
Paloma Pedrero, en su última pieza, que firma y codirige –junto a Pilar Rodríguez- no rehúye tan decisivas cuestiones, sino que las aborda de frente y por derecho. Y sin renunciar a un saludable humor. Los protagonistas de Isla son los hermanos del Sol, una tribu que habita en un paradisiaco lugar, donde no ha llegado el modo de vivir de la llamada “civilización”, sino que sus moradores se rigen por sus propias leyes y costumbres. Algunos de los indígenas han viajado a nuestro mundo y vuelven al suyo para contar a sus compañeros cómo es la “civilización”. Tras recibir la información, los isleños deberán decidir democráticamente si permiten o no que miembros de esa “civilización” aterricen en la isla y se produzca una incorporación de su estilo de vivir, de sus hábitos en el universo incontaminado en el que se han establecido los “salvajes”.
¿Pero es apetecible integrarse en la “civilización”? ¿Es bueno autorizar que los europeos colonicen la isla? Los hermanos del Sol irán conociendo cómo se vive en un espacio “privilegiado”, que no parece ser tal. En la “civilización” se acumulan los problemas y situaciones indeseables, que vamos viendo a través de breves escenas que reflejan cómo es la vida en la ilustrada Europa. En nuestro mundo lo más importante es el dinero (“papel tosco” lo denominan los indígenas), al que se idolatra y sin el cual no es posible hacer prácticamente nada. Los “civilizados” son esclavos de la tecnología, sufren diversos males, como la violencia; la soledad; el pavor a la enfermedad y la muerte, realidades que se intentan ocultar como sea; enormes e hirientes desigualdades que provocan que muchas personas carezcan de lo más elemental y ni siquiera tengan un techo en el que cobijarse, mientras que otras atesoran poder y “papel tosco”; la hipocresía; la discriminación de la mujer; el no tratar a los mayores como se merecen; una salvaje competitividad; una total masificación en ciudades donde apenas se puede tener contacto con la naturaleza; el continuo estrés y agobio por la falta de tiempo...

En este panorama, prevalece un tipo de relación entre las personas desprovisto de la más mínima humanidad y de cualquier empatía. No sólo no nos importa lo que le suceda a los demás, sino que sentimos rechazo y miedo al otro. Estupenda es, por ejemplo, la escena en la que un indígena se acerca amistosamente a un “civilizado” con el deseo de conversar con él, y este únicamente piensa que pretende robarle y agredirle y en cuanto puede llama a la policía.
¿Todo es negativo en la “civilización”? Se salvan algunas cosas, especialmente el teatro, que en un determinado momento los propios indígenas reivindican y ponen en valor. Como no podía ser de otra manera en una autora como Paloma Pedrero, quien ya desde sus piezas primerizas, como La llamada de Lauren, ha ido construyendo una obra que la ha convertido en una de las voces imprescindibles de nuestra escena. Recordemos, entre muchos otros, títulos como La noche que ilumina, Cachorros de negro mirar, En la otra habitación, Magia café y Ana el once de marzo, un lúcido y emotivo acercamiento a los atentados del 11M en Madrid.
Auténtica mujer de teatro -dramaturga, actriz, directora escénica, docente teatral-, su trayectoria le ha valido numerosos galardones y su producción se representa con éxito dentro y fuera de nuestras fronteras. Pero el teatro es para Paloma Pedrero mucho más que escribir y dirigir. Encierra un decisivo componente de transformación social, algo que para Pedrero no es únicamente un bonito discurso que se quede sobre el papel. Escribió una pieza, Caídos del cielo, expresamente para personas sin hogar, que asistían a un taller impartido por ella en la Fundación Rais. En 2008 Caídos del cielo se presentó en el Festival de Otoño de ese año. La magnífica acogida por parte de crítica y público propició que poco después hiciera temporada en el Teatro Fernán Gómez de Madrid. Y hubo más.
Paloma Pedrero y su equipo sintieron que tenían un ineludible compromiso con todos aquellos que habían participado en el proyecto y con todas aquellas personas desfavorecidas para las que el teatro puede ser un elemento de cambio muy beneficioso. Así nace la ONG Caídos del Cielo y la compañía del mismo nombre, con el convencimiento de que «el Teatro es una herramienta terapéutica útil para conseguir que las personas en riesgo de exclusión social puedan recuperar la autoestima y confianza en sí mismas, por eso nuestro lema es “El Teatro puede” ».
Ahora, con más de una década de funcionamiento, la fértil y elogiable iniciativa de Paloma Pedrero está completamente consolidada y ha ido obteniendo destacados reconocimientos: la UNESCO le otorgó el VII Premio Dionisos para proyectos teatrales con repercusión social y Paloma Pedrero fue nombrada por el mismo organismo Embajadora Mundial del Teatro.
Elocuente prueba es su regreso al Fernán Gómez con Isla, una pieza para divertirse y reflexionar en la que los “salvajes” nos ponen ante un mundo, el nuestro, que éticamente deja mucho que desear, y realizan una radiografía repleta de sentido. En Isla subyace la teoría del “buen salvaje”, puesta en circulación sobre todo por el ginebrino francófono Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), quien sentencia: «Algunos se han apresurado a concluir que el hombre es naturalmente cruel y que hay necesidad de organización para dulcificarlo, cuando nada hay tan dulce como él en su estado primitivo [...].El hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe». Y resuenan ecos, adaptados por Pedrero a su visión personal, de la tradición satírica para reflejar y denunciar los males de la sociedad, en la línea de la célebre novela Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, y en otras muestras que toman la perspectiva de alguien ajeno al mundo del que hablan, muchas veces un extranjero, como las Cartas persas (1717), de Montesquie, o las Cartas marruecas (1789), de José Cadalso, para poner de manifiesto todo aquello especialmente susceptible de crítica. El procedimiento, del que se valió Eduardo Mendoza en Sin noticias de Gurb (1991) –protagonizada por un extraterrestre-, lo utilizó varias veces Mariano José de Larra en sus artículos de costumbres, por ejemplo, en “La fonda nueva”, pues, como comenta con acierto el estudioso Mariano Baquero Goyanes, «este recurso empleado por Larra consiste en utilizar los ojos del extranjero como el despertador de las verdades [...] Inventar unas perspectivas exóticas desde las que enjuiciar las costumbres europeas».

En Isla, un espacio único, inocente, limpio de maldad esa perspectiva exótica es la de sus habitantes, a los que dan vida un maravilloso elenco de miembros de Caídos del Cielo –dirigido por la experta y sabia batuta de Paloma Pedrero y Pilar Rodríguez-, compuesto por Rocío Agost, Mariu Del Amo, Alberto Cavero, Carmen Céspedes, Juan Cruz Guerra (Juancho), Pedro Fajardo, Charo Gabella, Julio Gil Gómez, Teresa De La Hera, Amaury Millán, Daniela Millán, Esther Mora, Marta Navas, Magali Parra, Rober Ruiz, Sonia Sánchez, Ana Sánchez Cano, Josep Segarra / Kike Munsa, Semilla. Los actores y actrices representan a su personaje, cantan y bailan con gran profesionalidad y logran que los sintamos cercanos.
El patio de butacas y el escenario de la Sala Jardiel Poncela del madrileño Teatro Fernán Gómez pierden su aspecto tradicional para convertirse en la playa, incluida la arena, de la isla –conseguida escenografía de Alessio Meloni-, donde se sitúan los espectadores -en sillas o en esterillas-, que de alguna manera forman parte de la tribu en esta propuesta que proporciona una sorprendente y enriquecedora experiencia de espectáculo inmersivo. Una radiografía crítica llena de ironía y humor, que no necesita despeñarse por la dureza, la crueldad o la acidez. ¿Finalmente, nuestros queridos “salvajes” decidirán si aceptan o no que la “civilización” llegue a su isla? La respuesta en el Teatro Fernán Gómez de Madrid. No se queden sin averiguarla.