En la otra habitación, de Paloma PedreroDirectora de escena: Paloma Pedrero
Diseño de iluminación: Covadonga Mejía
Intérpretes: Maiken Beitia/Isabel Gálvez. Fabia Castro/ Marta Castellote
Lugar de representación: Teatro Conde Duque. Madrid.
Por RAFAEL FUENTES¿Sobre qué habría versado una confrontación entre una madre y su hija al final de la adolescencia en el recinto privado de una buhardilla, de haberse producido hace dos o tres décadas? Muy probablemente el enfrentamiento habría seguido el curso de una reivindicación de la hija reclamando mayor independencia y un grado más alto de libertad frente a imposiciones consideradas restrictivas y convencionales que impedirían su desarrollo personal, contra una madre protectora que se enfrenta a esa petición pensando en los riesgos que corre su hija adolescente. Quizá sigan originándose hoy muchas discusiones en estos términos. Pero los textos teatrales de Paloma Pedrero siempre se han caracterizado por explorar las nuevas fronteras de los conflictos de nuestra sociedad, visualizándolos en escena con tal prontitud que pareciera que su mirada se adelanta a los novedosos dilemas planteados por cada época. Así lo atestiguan
En el calor de la noche,
Cachorros de negro mirar o
La llamada de Lauren. La reciente estrenada
En la otra habitación no es una excepción en esa trayectoria, al escenificar el profundo giro experimentado en las contiendas entre madres e hijas.
La joven estudiante Amanda decide volver repentinamente de un viaje a París, sorprendiendo así a su madre Paula en los prolegómenos de un encuentro adúltero en la buhardilla que Amanda tiene como habitación propia. Lo insólito de la situación –que dará paso a otros sucesivos descubrimientos no menos insólitos- desencadena un vendaval de acusaciones y reproches mutuos donde el amor se entrecruza con violentos rencores. Amanda no está demandando menos convencionalismo y más libertad –como hubiera sucedido años atrás- sino que reclama a Paula, su madre, que desempeñe un rol maternal más clásico. Que se contenga y limite, que se ocupe de su hija –ella misma, Amanda- en vez de atender a furtivos amantes, y que descarte la tentación del adulterio, aun a costa de caer en una existencia convencional. Pero Paula no es un ama de casa sometida a la tradición. Se trata de una mujer que luchó desde joven contra una sociedad patriarcal, que se emancipó trabajando y estudiando, combinando su faceta de profesora con la de guionista de éxito, y no va a abandonar, por lo tanto, dados su carácter y convicciones, ni la buhardilla ni sus planes adúlteros. Parece obvio que el registro de la querella entre madres e hijas ha experimentado un auténtico vuelco histórico, que Paloma Pedrero ha captado con la prontitud e inmediatez que la distingue.
El conflicto de
En la otra habitación enfoca desafiantes dilemas que tardarán mucho en resolverse y sobre los que nos conviene meditar. Amanda ha sido educada sin convencionalismos castradores y con todas sus necesidades materiales cubiertas, pero reclama una presencia física y moral de una madre afectivamente ausente, y tiene razón. Paula ha alcanzado con indecible esfuerzo una vida creativa y exige mantener su autonomía y sus ilusiones intactas sin que queden restringidas por unos injustos sentimientos de culpa, y también tiene razón. De un nuevo modelo de padres acaba de surgir un nuevo modelo de hijos, ambos con razones idénticamente legítimas, abocadas a una formidable confrontación emocional.

Existe el peligro de que el espectador se limite a apreciar solo la anécdota de esta historia -por mucho que sea, en efecto, una historia particular- , sin que dé el salto de la anécdota a la categoría. Como todo el teatro de Paloma Pedrero, En la otra habitación es una pieza que respeta escrupulosamente las unidades clásicas de espacio, tiempo y acción, sustentado en un texto de excepcional calidad literaria con diálogos realistas. Pero al igual que en los demás dramas de la autora madrileña, bajo ese registro realista, subyace en esta obra una vigorosa corriente lírica y un simbolismo implícito que proporciona a la anécdota única un sentido colectivo. La lucha de Paula frente a su hija Amanda sintetiza a pequeña escala un gran combate a gran escala que incumbe al conjunto de la sociedad occidental. Paula –interpretada en la función que vimos por Maiken Beitia, con una extraordinaria variedad de registros emocionales contundentemente expresados- encarna a las generaciones curtidas en reivindicaciones de derechos irrenunciables que, quizá, recurrieron al egocentrismo como un arma emocional más para asegurar sus justas conquistas sociales, a las que se les quiere dar una prematura jubilación histórica anticipada, cuando su tarea no ha sido concluida y quizá tenga aún que aportar lo mejor de su contribución colectiva.
Amanda, a cargo, en la función a la que asistimos, de la joven actriz Fabia Castro, que aporta una soberbia réplica interpretativa a Maiken Beitia, representa no solo a las hijas de abundancia material y madres ausentes, sino también a las generaciones que se han visto despojadas de cualquier protagonismo histórico y cuya misión histórica aparece borrosa e inconcreta, cuando no se percibe como una simple entelequia. En el propio título de la obra: En la otra habitación, no deja de advertirse cierto eco de un texto clásico del feminismo:
Una habitación propia, de Virginia Wolf. En este último, la escritora británica imagina a Judith, una supuesta hermana de William Shakespeare, dueña de idénticas dotes inventivas que su célebre hermano, que nunca podría realizar creación alguna porque los impedimentos materiales que una mujer de su época debía afrontar eran tan hostiles a la creación artística y literaria -comenzando por la falta de “una habitación propia”-, que jamás quedó en las bibliotecas una huella análoga a la de Shakespeare.
Cuando Virginia Woolf habla de creación literaria se refiere implícitamente a la creación en el sentido más lato del concepto, empezando por la de una vida propia y una personalidad singular. La Amanda de
En la otra habitación, sí posee una habitación propia, en su aspecto literal y a la vez simbólico. Sus alas no están cortadas por obligaciones aplastantes ni carencias materiales inasumibles. Los grandes obstáculos que lastran a Amanda –a la generación de Amanda- son psíquicos y emocionales, y, por lo tanto, mucho más arduos de definir y localizar, así como es mucho más difícil sublevarse con eficacia frente a ellos. Paloma Pedrero escribió su texto en 2004, en plena “fiesta”, pero supo intuir a las generaciones que se gestaban y salieron a la luz pública en plena crisis. Su dibujo de Amanda es profundamente exacto: creativa, independiente, desnortada, inteligente, chantajista, culta, enérgica, abandonada en un tiempo donde parece haberse esfumado la categoría del futuro.
Las contradicciones y las demandas de ambos polos en litigio poseen idéntica legitimidad, a la vez que resultan drásticamente incompatibles entre sí. Esto hace que la obra esconda un conflicto genuinamente trágico, en un sentido hegeliano, aunque la dramaturga le dé un desarrollo dramático con un final abierto, exactamente igual que podemos constatar en nuestro entorno social. Por todo ello, En la otra habitación está destinada a ser un nuevo clásico de nuestro teatro contemporáneo.