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ENTREVISTA

Carlos Aguilar: "Afirmar la pureza de los géneros es privativo de mentes estrechas y prosaicas"

Carlos Aguilar y Óscar Aibar tras la presentación en Madrid del libro Cine de terror 1950-1959. De entre los muertos.
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Carlos Aguilar y Óscar Aibar tras la presentación en Madrid del libro Cine de terror 1950-1959. De entre los muertos.
Javier Mateo Hidalgo
martes 28 de noviembre de 2023, 17:16h
Actualizado el: 28 de noviembre de 2023, 20:14h

"No hay cosa de la que tenga tanto miedo como del miedo". Estas palabras, expresadas por el filósofo francés Michel Eyquem de Montaigne, refieren a uno de los sentimientos que nos acompaña en nuestra existencia. Una sensación surgida al detectarse cualquier elemento susceptible de convertirse en amenaza. Un aviso de la mente o el cuerpo, buscando prevenirnos de ese mal. Algo racional e irracional al mismo tiempo y que asumimos como parte de nosotros. Desde la propia tradición como sociedad, nos hemos deleitado creando relatos asociados a ese temor, cuyo fin es despertar dicho mecanismo primitivo y lógico. Como fenómeno cultural lo encontramos en la oralidad de lo popular, la literatura y otras formas más allá del exclusivo empleo de la palabra: la pintura, el cómic, la música, el teatro o el fenómeno histórico de las ferias —desde las barracas de monstruos hasta las figuras de cera o las atracciones de casas del terror—.

Pero, por encima de todas ellas, el s. XX nos trajo el cine, plataforma ideal para canalizar el miedo o el terror. Desde Méliès, han sido muchos los artífices de nuestras pesadillas en celuloide, siendo en su totalidad dignos de estudio. El ser humano ha sentido siempre rechazo y atracción hacia el miedo, siendo capaz de someterse al visionado de una película con ambas manos tapando su rostro y, a la vez, dejando entre sus dedos sutiles rendijas para permitir el visionado del ojo curioso.

En este sentido, cabría referir un nombre fundamental en el conocimiento del género fantástico, dentro y fuera de nuestras fronteras. Carlos Aguilar no sólo es uno de los mayores conocedores de la historia de la cinematografía —su obra clave, Guía del cine, resulta de obligada consulta para todo interesado en conocer cualquier título de la filmografía mundial—, sino uno de los mayores expertos en España de ese cine de terror. Su pasión cinéfila queda patente en publicaciones propias de fanzines como el mítico Morpho, así como en revistas internacionales como la francesa Mad Movies, la alemana Schnitt, la italiana Nocturno o las españolas Quatermass o Nosferatu. Además de todo ello, el amor por las imágenes en movimiento y su consiguiente mitología le llevó a trabar amistad con nombres ineludibles de lo fantastique, como los polifacéticos cineastas Jesús Franco, Eugenio Martín o Roger Corman. Sin ir más lejos, este último firma el prólogo de la última obra ensayística de Aguilar, la cual versa precisamente en torno al género que aquí nos convoca: Cine de terror, 1950-1959. De entre los muertos. Publicada por Desfiladero Ediciones, representa todo una joya para cinéfilos y curiosos de dicha temática, simbolizando el volumen más completo de este cine producido en la primera década de la segunda mitad del s. XX. Tras su presentación en Málaga el pasado 12 de Noviembre de la mano de Eugenio Rivera y, posteriormente, en Madrid en compañía de Óscar Aibar cuatro días después, el autor ha tenido ahora la gentileza de concedernos una entrevista a fin de profundizar en este sorprendente libro, resultado de su atracción y erudición en torno al mencionado género y época.

Portadas de los dos libros publicados recientemente por Carlos Aguilar donde homenajea a Julio Diamante.

Pregunta: Abordas Cine de terror, 1950-1959. De entre los muertos tras Los hijos de la furia y de la noche, tu sexta novela y segunda que dedicas al género western, y dos libros sobre la relación entre el cineasta Julio Diamante y la música.

Respuesta: En efecto, Los hijos de la furia y de la noche surge de cuánto disfruté escribiendo mi anterior western, Un hombre, cinco balas; o sea, de una apetencia por aportar otro título a la abundante literatura del género, similar al anterior pero a la vez diferente. En cambio, Julio Diamante y el Jazz y Julio Diamante y el Flamenco rinden homenaje a la querencia de mi pobre amigo Diamante por estas dos músicas, querencia que desde luego comparto. Modestia aparte, son los únicos libros que abordan la figura de un cineasta desde su vínculo con la música.

P: ¿Qué van a encontrar los cinéfilos y, en concreto, los seguidores del cine de terror clásico en este nuevo libro tuyo?

R: Un recorrido exhaustivo sobre el género a lo largo del decenio de los 50, el cual abarca desde los grandes clásicos hasta decenas de películas menospreciadas, cubriendo la producción a escala mundial (de Estados Unidos a Filipinas, de Inglaterra a Italia, de Japón a México, etc) bajo la pertinente contextualización sociopolítica. Destaco por cierto el lujoso trabajo de edición, pues incluye cientos de imágenes diversas (fotogramas de películas, fotos de rodaje y retratos, carteles españoles y extranjeros), así como una antología de películas y una bibliografía enriquecida con imágenes de las portadas.

P: ¿Por qué nos atrae tanto el fantastique, como mezcla de terror, ciencia ficción y fantasía?

R: Buena pregunta, pues apela a cuestiones no sólo estéticas sino filosóficas, antropológicas y morales. En cualquier caso, pienso que es una atracción innata e ingénita, palpable en cualquier persona que cuente con una sensibilidad mínima y no la quiera ocultar ni reprimir.

Un momento de la presentación celebrada en Málaga de Cine de terror 1950-1959. De entre los muertos. En la imagen, Eugenio Rivera y Carlos Aguilar.

P: No ha debido ser sencillo afrontar una etapa cinematográfica como la que abordas en este libro. Leyéndolo, se aprecia una ardua labor de escritura en cuanto a investigación, redacción y síntesis de datos. ¿Cómo tuvo lugar ese proceso creativo que ha llevado a su perfecta estructuración histórica y literaria?

R: Pues aplicando paciencia, ilusión y conocimiento de causa, a partes más o menos iguales, así como ese espíritu sintético que, por fortuna, la experiencia nos aporta a todos los escritores. Bueno, o a casi todos. Puesto que, partiendo del mismo planteamiento, y con idéntica estructura, el libro habría podido tener el doble de páginas, o el triple…

P: Algo que resaltas a lo largo del libro es esa capacidad del cine para amalgamar diferentes géneros, que pueden ir de la ciencia ficción y el terror, pasando por lo fantástico, el romance y el erotismo, el western o la comedia. ¿A qué achacas este interés por parte de distintos realizadores en fusionar distintas categorías?

R: No existen géneros puros, todos ellos se caracterizan por una evidente disponibilidad natural a fundirse, y hasta confundirse, con otros. Abundando en la cuestión, yo sostendría que afirmar la pureza de los géneros es privativo de mentes estrechas y prosaicas. Entonces, no debe extrañarnos, sino todo lo contrario, que en el cine fantástico, abierto por naturaleza, abunden los productos híbridos. El maridaje por antonomasia en este género es el terror con la ciencia-ficción; o sea, el espanto básico racionalizado, justificado por resortes fantacientíficos. Y, por supuesto, aparece, y profusamente, en los años 50, tal como refleja mi libro. Aunque, como es lógico, esta clase de híbrido existe desde que existe el cine, y se manifiesta ya en la literatura: Frankenstein y Jekyll/Hyde pertenecen al Terror a la vez que a la ciencia-ficción, son de origen literario y el cine los contempla desde los años del Mudo.

P: Como en otros trabajos tuyos en los que has sentado cátedra, en éste vienes a cubrir un nicho necesario para una época menospreciada por considerarse de “transición” entre dos tiempos míticos: el de los 20/30 con la decadencia de los 40, y el “insólito esplendor” de los 60. No obstante, como defiendes, debemos superar esta valoración, considerando los 50 “como una suerte de desgarrón artístico” donde “determinados conceptos” expiran de forma natural y otros irrumpen “a la luz de nuevos parámetros”. ¿Servirá este libro, por tanto, como un antes y un después en esta forma de ver la mentada época?

R: Eso yo, como autor, no puedo saberlo. Yo he escrito el libro, aplicando toda mi querencia, toda mi ilusión, mis conocimientos… Pero más allá no puedo llegar. Aunque lógicamente me gustaría que mi trabajo propiciara que esta década de los 50 se aprecie a partir de ahora como una etapa particular y con valor propio, y no como mero puente entre otras, entre la anterior y la siguiente.

P: Uno de los elementos llamativos del terror cinematográfico en los años cincuenta viene preludiado por los cuarenta: la escasez de medios económicos en la realización. Si Val Lewton produjo films míticos de Jacques Tourneur donde hizo virtud de la necesidad, no será menos en estas películas Serie B que dominan la década posterior, avanzando hacia las de Roger Corman en los sesenta. ¿Hasta qué punto fue necesaria la inventiva de guionistas y realizadores en el desarrollo de la década que analizas?

R: Hasta el punto de que este cine no puede concebirse sin tal inventiva. Es más, en el cine no existe otro modo de trascender la pobreza o insuficiencia de medios que la imaginación y la creatividad, en todos sus frentes: dramático, estético, plástico, narrativo… O sea, en los diversos departamentos que contiene la realización de una película.

P: Una característica bien apreciable tuya como autor es tu insobornabilidad a la hora de expresar tu opinión. Siempre haciendo uso de un criterio dominado por la lógica y la calidad, describes las películas desde una justicia crítica, sin importar la mitificación a la que el público somete a cineastas e intérpretes. Uno de los casos más llamativos en el libro en este sentido es el de Ed Wood. ¿Cuál es la importancia que das como escritor al oficio crítico?

R: Una importancia máxima, ya que considero la Crítica como un género literario más. Particularmente delicado, por añadidura, puesto que consiste en encontrar un intermedio válido entre la sensibilidad de la obra y la sensibilidad del juicio. Y por “válido” entiendo solvente tanto en la estimable propiedad del juicio cuanto en su óptima expresión escrita.

P: Otra de las sorprendentes innovaciones que aporta tu libro es la radiografía exhaustiva del cine de terror que ofreces no sólo en torno a este tiempo, sino hacia un espacio geográfico amplísimo. Como decías antes, hablas de Estados Unidos a Inglaterra, pasando por Argentina, México o Cuba, Japón e incluso Filipinas. ¿A qué crees que se debió esa fiebre mundial por un género tan particular?

R: Ni lo sé yo, ni creo que lo pueda saber nadie, realmente. Una explicación fácil, y por eso muy extendida, estriba en achacarlo a las convulsiones sociopolíticas que la humanidad sufría entonces; desde tal punto de vista, el Terror significaría una especie de catarsis colectiva a nivel de espectáculo. Pero esta hipótesis a mí no me sirve. Personalmente pienso, como decía antes, que el Terror es un gusto primordial e inmemorial, que a lo largo de la historia del cine sobresale más o menos por cuestiones de vaivenes comerciales y creativos. De ahí que, tras la pobreza, relativa, que sufrió durante los años 40, rebrotara, positivamente, a lo largo de los 50, hasta estallar en los 60, la década que considero mejor en el decurso del género.

Portada del libro Cine de terror 1950-1959. De entre los muertos. Desfiladero Ediciones.

P: El subtítulo del libro, De entre los muertos, hace referencia a la magnífica novela de tu admirado tándem francés Pierre Boileau/Thomas Narcejac. Como bien explicas en el libro, no sólo De entre los muertos dará lugar a Vértigo de Hitchcock, sino que de su particular mundo brotarán otras obras como La que no existía —que dio lugar a Las diabólicas de Henri-Georges Clouzot— o el guion de Ojos sin rostro. ¿Cómo surgió la idea de homenajearles dando nombre a tu obra?

R: Bueno, a la vez que me servía para rendir homenaje a una novela genial muy querida por mí, subjetivamente, me pareció de lo más oportuno, objetivamente, por su cualidad polisémica: sugiere que el Terror de los 50 resucitaba del declive en los 40, y además afirma el sentido último del género; léase, la autoridad de la ultratumba, la interacción entre vivos y muertos. Por lo demás, las novelas de Boileau/Narcejac han sido fundamentales en mi formación estética, y siempre me irritó el menosprecio cultural que sufrieron. Bueno, lo tristemente típico en la literatura de género, en España y por doquier.

P: También resulta muy llamativa la elección de Vincent Price como imagen protagónica en la portada del libro. ¿Hasta qué punto fue fundamental la presencia de este mítico intérprete en las producciones de entonces?

R: Verás, yo, modestia aparte, conseguí reunir a Price con Roger Corman en Madrid, en un festival de cine fantástico en el cual trabajaba de jovencito, Imagfic. En teoría, como responsable de la programación, en la práctica de chico para todo. Por eso me encantaba la idea de reunirlos otra vez, ahora en la portada de mi nuevo libro, propuesta por su diseñador, el gran Javier G. Romero: Price, aportando su imagen emblemática, pues introdujo una personalidad novedosa en el cine terrorífico de la época, y Corman con categoría de prologuista, considerando que su labor fue particular, mediante su personalización del formato Serie B. Eran muy distintos a nivel personal, por cierto, casi antitéticos. Sin embargo, colaboraron en muchas películas, como esos grandes profesionales que, ante todo, eran Price y Corman.

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