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CRÍTICA DE ÓPERA

Rigoletto, de Verdi, fascina al público del Real en la víspera de las Navidades

Rigoletto, de Verdi, fascina al público del Real en la víspera de las Navidades
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(Foto: Javier del Real | Teatro Real)
domingo 03 de diciembre de 2023, 16:27h
Actualizado el: 12/05/2023 13:24h
Anoche sábado, 2 de diciembre, en un ambiente plenamente navideño, en parte por la instalación de un enorme árbol con enormes claveles y lazos -de un rojo arrebatado por los efectos de la iluminación- que ocupa las tres plantas del hall del Teatro Real, la entidad estrenó Rigoletto de Verdi, una coproducción con la ABAO Bilbao Ópera, el Teatro de la Maestranza de Sevilla y The Israeli Opera de Tel Aviv, bajo la dirección musical de Nicola Luisotti.

Rigoletto es un melodrama en tres actos sobre libreto de Francesco Maria Piave. Estrenada por primera vez en el Teatro La Fenice en 1851, se basa en la obra teatral Le Roi s’amuse de Victor Hugo. Maria Piave ya había colaborado con Verdi en títulos tan importantes como Ernani (1844). Para esquivar la censura, el argumento original, centrado en un rey francés y sus caprichos sexuales, pasó a ser ocupado por un duque italiano en Mantua, con lo que la corrupción dejaba de estar en la más alta representación de un Estado y bajaba a la nobleza. Aún así, los autores tuvieron serias dificultades para librarse del implacable criterio de los censores. Lo cierto es que, en el género teatral, tradicionalmente ejemplarizante por ser vehículo de educación, las reglas de la moralidad y el decoro se aplicaban de forma rigurosa, aunque en el siglo XIX estas reglas encubrieran en ocasiones un falso puritanismo de la alta sociedad

La ópera mezcla lo dramático y lo bufonesco -ciertamente deformado, triste e inspirador de piedad- personificado en el personaje que da título a la ópera, Rigoletto, y la tragedia que sella su destino y el de su hija Gilda, tras una maldición que le profiere un conde cuya mujer ha sido deshonrada por el duque, por ser Rigoletto colaborador necesario de sus aventuras amorosas como parte natural de su trabajo para el citado duque.

Esta combinación de elementos contrastantes, junto con el brillante, aún transgresor, y aquí particularmente intrigante y expresivo lenguaje verdiano, supusieron el éxito inmediato del título y que haya continuado siendo uno de los más programados dentro del repertorio operístico, también gracias a sus inolvidables arias, fuertemente arraigadas en el sentimiento musical colectivo, como “La donna è movile” o “Gualtier maldè”, archi popularizada durante la década de 1960 con su adaptación como la popular “Juanita Banana” de la mano de Tash Howard y Murray Kenton para The Peels, así como por Luis Aguilé, o por el mexicano Manolo Muñoz; y tantas otras versiones (incluida la del anuncio de sales antitranspirantes para los pies de la marca Peusek).


En el estreno del sábado, como Duque de Mantua el tenor lírico mejicano Javier Camarena siguió haciendo las delicias del público madrileño, que se ha rendido completamente a los pies de este héroe del bel canto, poseedor de un timbre claro, franco y brillante, características que quedan sobre todo de manifiesto en sus agudos. A su lado, el barítono francés Ludovic Tézier, también habitual en el Real, representó a un convincente Rigoletto y demostró su versatilidad dando vida a este personaje bufonesco y trágico a la vez, lejos de los papeles más serios que suele interpretar, en los que ha destacado siempre por su gravedad, elegancia y buena dicción.

En este trabajo Tézier se adapta al personaje, exhibiendo un timbre más abierto y un canto en el que ha sabido sacrificar su habitual sofisticación en pos de la expresividad que aquí se le requiere. El papel protagonista femenino, el de la joven Gilda, corrió a cargo de la rumana Adela Zaharia, una soprano lirica pura, con excelentes y potentes agudos, pero con ribetes vocales con suficiente oscuridad y profundidad como para interpretar en un futuro no muy lejano papeles más dramáticos. Los tres cantantes principales fueron largamente ovacionados, tanto al final de la representación como durante la misma, con prolongados aplausos.


La escena, a cargo de Miguel del Arco, que es, además de director de escena, actor, guionista, adaptador y dramaturgo, es todo un alarde de imaginación. El escenógrafo se ha servido de enormes paños de tela, que se despliegan y pliegan, a veces a modo de torbellino; como la tela negra que cubre el suelo del escenario, que aparece y desaparece en varias ocasiones. Un “iglú” de plexiglás (hay varios dispuestos por el escenario) se abre y le sirve para desarrollar determinados cuadros escénicos, como la casa de Rigoletto, una especie de cueva cubierta de verdor: las luces hacen que toda la escena se traslade a este pequeño espacio, quedando el resto en oscuridad, y vienen a la memoria aquellas bolas de cristal que la gente solía y seguramente aún suele comprar como suvenir en un viaje, con los paisajes más diversos en su interior. Las mismas grandes bolas o “iglúes” hacen las veces de colinas cuando todo el suelo del escenario queda tapado con la enorme tela negra, creando diferentes planos que Miguel del Arco utiliza para la incorporación de los personajes o para el despliegue del ballet.

Su trabajo en esta ópera apuesta por el color. Excepto en la última escena, la de la tragedia final de los personajes donde impera la escala de los grises, en el resto de cuadros el cromatismo es evidente y en ocasiones exquisito; como cuando el autor mezcla morados, rojos o naranjas, entre sí o con el negro: un giño -no sabemos si voluntario a un icónico modisto francés que triunfó en las pasarelas del pasado siglo. Para recrear la sala de palacio del duque de Mantua, Del Arco se sirve de larguísimos cortinones rojos, que va subiendo y bajando según el estado de ánimo de los personajes.

La enorme lámpara del salón también cambia: baja, sube, se estrecha o se agranda hasta ser enorme y ocupar todo el salón, también siguiendo el hilo argumental. En definitiva, el movimiento escénico es continuo en esta puesta en escena, donde casi el único punto criticable quizás sean los gestos demasiado explícitos de los bailarines describiendo las continuas orgías en el palacio del duque. El otro punto criticable por incomprensible es cómo se presenta en escena a Rigoletto. En el Acto I, muy lejos de ver a un grotesco y deforme jorobado, vemos a un hombre con una “facha” encomiable que rivaliza en presencia con el mismo duque y que hasta se enfunda un esmoquin al terminar el trabajo. Sólo a partir del Acto II el espectador consigue reconciliarse con la iconografía tradicional del personaje, cuando se descuida mucho más su vestimenta y aparece ya con su maquillaje de bufón.

Están programadas funciones de Rigoletto en el Teatro Real casi todos los días hasta el 2 de enero.

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