REINO VEGETAL. Marc Colell. Ya lo dijo Casimiro Parker (2023)
Marc Colell (licenciado en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y en Letras por la Universidad Nacional de La Plata en Argentina) incluye Reino vegetal en ese ciclo narrativo centrado en la naturaleza claustrofóbica –y perversa en general– de las llamadas gate communities: comunidades residenciales cerradas, desahogados refugios para guarecerse (voluntaria u obligatoriamente; temporal o definitivamente) de un presente con diferentes grados de hostilidad que tratan de amortiguarse intramuros.
La protagonista de Reino vegetal, una adolescente sin atributos de trece años, ocupa con sus padres, hermano, abuelo y perrita, una de las cien casas de la urbanización Pleamar, pequeño reino en la Costa Dorada. Igual a la de Ana Torrent en Cría cuervos, la incisiva y lúcida mirada de Carlota recae en el insustancial espíritu de su familia, y, en su caso, sobre esa parálisis intelectual en la que, como contagiosa moda, se solazan sus vecinos de urbanización. Carlota existe para recordar a Ferrán, un amigo-cómplice tres años mayor muerto hace dos veranos. Sus fantasmales huellas son escrutadas en cada recoveco. Otras ocupaciones ajenas a esa indagación de alguien que ya solo vive en su mente resultan decepcionantes para ella, cuando no malsanas…
«Pero había gente –lo acababa de descubrir– que se besaba todos los días por el simple hecho de seguir junta, de celebrar su cercanía. Y no hacerlo me parecía, en ese momento, un acto de verdadera maldad, la amputación de un miembro sano. Y culpé a mi abuelo, a mi padre, a mi madre y a mi hermana, a todos los que estaban por ahí antes de que yo naciera».
Algo grave terminó con Ferrán, pero para Carlota él no fallece. Decide apropiarse de su final para seguir con la única persona que la comprendía en una demostración de que vivir sí merece la pena. La «reencarnación» del fallecido Ferrán en un bebé (sus padres le han puesto a su siguiente hijo el mismo nombre) supone que Carlota, durante sus iniciáticas vacaciones, madure que muerte y nacimiento son anverso y reverso de una única realidad.
En Reino vegetal se masca la tragedia. Pero el verano avanza y ese estado de tensión no se alivia casi hasta el final. «Vomitas la noche entera, el 600 de los Barry, la hemorragia del irlandés, las bolsitas blancas, el payaso, la soledad del señor Folch… Vomitas todo eso y algo más…». Algo de apocalíptico hay en esta novela que incluye momentos bellos y perturbadores, que cuenta las cosas de a poco pero no con morosidad… Y que juega bien con las expectativas del lector hasta hilar una obra coral, solvente, con un agudísimo retrato psicológico y social, no sólo de la Cataluña de los ochenta, también del acomodado mundo occidental.
El delirio es un trance peligroso al que, sin embargo, hay que aspirar. Al borrarlo se acaba con la osadía y lo que de ello resulta es un engendro insípido: la comodidad. Cuando el hombre la introduce en su vida, como un mueble recién adquirido, el fuego se ha acabado. Dice Carlota:
«Este pueblo, sin sol, es un verdadero sinsentido, una trampa, una madriguera de hombres bajitos e inoperantes».
Reino vegetal alumbra un universo de pequeñas cosas, epítome de la cómoda vida de la clase media, con gente que habla de más y otra que no habla nada pero da a entender casi todo. Diseccionando el aburrimiento, Colell levanta un coro de miedos y deseos que no le da descanso. Bajo la apariencia de tiempo circular, de ensimismamiento, lo que en el lector se instala es una gradual tensión –familiar, sexual, generacional, racial– que involucra su atención hasta el agobio. Reino vegetal se siente en el cuerpo, incomoda y fascina. Y lo logra con una narración acorde a los tiempos internos de sus personajes.
No pocas novelas actuales ofrecen un desenlace apresurado, como si el narrador se hubiera cansado de buscar conclusiones a su historia (o quisiera dar a entender que toda obra de arte carece de un final sensato y trabajado). Tales prácticas, que suelen caer en el más rutinario artificio, deben aburrir a Marc Colell. Porque este autor, persiguiendo relumbre para su prosa, conoce el poder de la palabra y se enfrenta a ese flatus vocis tan común en libros que nunca pasan de ser sucedáneos ajenos al menor asomo de estilo literario.
Estamos ante una opera prima delicada, preciosa en el vergonzante panorama narrativo nacional. Un material frágil a cuidar. Su delicadeza y fragilidad sobresalen aún más por el atrevimiento de soslayar la obligación de la peripecia (¡que no haya crimen que investigar es la gran noticia que recibe un, cada vez mayor, número de lectores!). Adentrarse en un lugar por el que pululan payasos beckettianos; bolsas con droga; peluquines al sol; nacionalistas españoles y catalanes, y habitado por esos «niños del verano y los caprichos y el buen vivir, los niños de los helados a deshora, la piel quemada, la cena con bocadillo, por ahí, en cualquier lado, sin deberes ni silencios ni tanta vergüenza»; conseguir, en suma, que sin matar a nadie una urbanización despliegue interés es el superado reto mayor de Reino vegetal.
A pesar de la solidez en su construcción a esta novela la conforman detalles que no dependen de la rigidez de una trama, definidos por una apretada red de relaciones y complicidades que se imbrican. Resistiéndose al enunciado y a la declamación, no por ello Colell deja sin evidenciar rasgos de conducta que tengan que ver con la atrofia de la clase media, con su uso del lenguaje, con el racismo larvado o manifiesto en que se expresa cotidianamente.
Reino vegetal proyecta una inquietante maldad por momentos abrumadora. Pero no puede dejarse de advertir que en sus 231 páginas vibra una realidad más amplia que la presentada, capaz de expresar –a partir de un grupo de personajes muy concretos– las profundas y subterráneas tensiones de una sociedad ajena a épocas (la década de los ochenta en este caso) y autonomías (Cataluña); una sociedad por desgracia, y visto lo visto, inmutable.