La caja de Pandora acaba de ser publicada por la editorial Funambulista, con un interesante prólogo de J. M. Lacruz. La novela está basada en las cartas que un poeta y amigo de Dazai, Shosuke Kimura, le mandó desde un hospital para tuberculosos antes de suicidarse en 1943. Dazai escribió un texto basado en esas cartas que se perdió en un bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial, pero más tarde la reescribió en forma de novela. La novela se publicó en 1946 y antecedió a sus dos grandes éxitos: Ocaso (1947) y sobre todo Indigno de ser humano (1948). Esta última ha gozado de un éxito enorme, tanto que es la segunda novela moderna más leída en Japón, tras la iniciática Kokoro de Natsume Soseki, a la que le unen temas y análogas circunstancias de cambio de era. Tras su publicación, en ese mismo año de 1948, Dazai se suicidó junto con su amante, la joven viuda Tomie Yamazaki, arrojándose a un canal del río Tama, en Tokio. Encontraron sus cuerpos unidos por una cuerda roja.
El mismo Dazai sufrió tuberculosis, por lo que el tema no le era en absoluto ajeno. Quizá por ello le dio a la novela la forma epistolar, y el protagonista y escritor de las misivas, Risuke Koshiba, le manda al verdadero narrador, amigo y poeta, sus experiencias pormenorizadas en forma de casi informes. Este recurso formal proporciona a Dazai la posibilidad de incluir el yo, el tú y el él o ella en el relato, las tres personas, creando un juego de subjetividades que es uno de los atractivos del relato.
El argumento es en sí muy simple y, aunque formalmente compleja, la obra destila cierto minimalismo conceptual al principio, que al final toma elementos melodramáticos con tintes luminosos, a diferencia de las otras obras de Dazai mencionadas, que tienden a la oscuridad y el pozo final. El escritor de las cartas, Risuke, describe sus pensamientos y experiencias en la clínica “Camino a la sanación”, en la que su familia lo ha recluido. Hay ecos de La montaña mágica en la situación dramática, y los hay en otros aspectos del relato también.
Asimismo, hay ecos de Botchan, novela del mencionado Soseki, en el grupo de enfermos que rodean al protagonista, todos con apodos -como en aquella-, y en las relaciones amorosas rivales entre los integrantes del grupo. Y, sobre todo, hay un motivo iniciático: el escritor de las cartas y protagonista está convencido de que su enfermedad (esa caja de Pandora que contiene una piedra preciosa en el fondo que simboliza la esperanza) es la singladura que le llevará a ser un nuevo hombre, un japonés renacido tras la terrible posguerra que siguió a la victoria estadounidense. Ese nuevo hombre recuerda al nuevo hombre de la era Meiji de Botchan o de Kokoro, a los jóvenes que querían dejar el antiguo Japón detrás y ser parte de la modernidad. Pero este anhelo, tiene siempre en Soseki un final paradójico y desilusionante.
No es así, sin embargo, en el caso de Dazai y su protagonista Risuke anhela la vitalidad absoluta y afirma en algún momento: “Para el hombre nuevo no existe el dolor, como tampoco la herida, ni en la muerte ni en la vida.” Pero la resolución que elige es más compleja y ambigua que la simple positividad. La transformación del protagonista se sustenta al principio en el horror hacia el medio que le rodea, en la ramplonería de los demás. Pero poco a poco, fracaso tras fracaso, se va dando cuenta de lo contrario, de que el medio es lo luminoso y de que él no puede alzarse sobre nada, ya que todo lo que le rodea está a su altura o por encima de él.
Frente al pesimismo, levanta un optimismo proyectado al futuro, aunque el lector no sepa bien si ese futuro es vida, muerte, o vida después de la muerte. Quizá por ello nos deje por ese camino de luz frases paradójicas y atormentadas que siguen encandilando a los jóvenes japoneses de hoy: “El ser humano, por el contrario, alcanza su más alto grado de humanidad al morir.”