Paco de Lucía es uno de los músicos más relevantes y creativos que ha ofrecido la música española en el siglo XX, por su capacidad como instrumentista de guitarra, y la originalidad de su aportación a que el flamenco adquiriese un prestigio en el mundo del concierto, en todo el mundo.
César Suárez, el autor de esta documentada y seria biografia, El enigma de Paco de Lucía, ha acertado a ofrecer al lector las claves de la personalidad de Paco de Lucía, revelando su timidez, humildad, sencillez, y evidenciado los muchos episodios de su vida en los que se impuso su angustia, hasta el extremo de que el gran poeta y escritor Félix Grande dijera: “Paco de Lucía es una pura angustia” (pág. 60). Suárez saca a relucir con fundamento que cuando Paco de Lucía -nacido Francisco Gustavo Sánchez Gómez- en Algeciras, el 21 de diciembre de 1947, era niño, “los guitarristas eran el banderillero del flamenco (pág. 51), y es gracias a él que la guitarra asumió un papel destacado en la escenificación de la música española en el mundo.
Recuerdo la emoción que sentí al oír las primeras notas de aquel disco, Entre dos aguas, del que se hicieron 300.000 copias, y que permaneció hasta casi 30 semanas en los lugares de privilegio del hit parade del año 1975, compitiendo con músicas de todo tipo que hacían furor entre la juventud del mundo. Y recuerdo también el asombro que nos produjo comprobar que fue él quien asumió la responsabilidad de la reforma que llevó este arte a la escena musical internacional gracias a la inclusión de nuevos ritmos como el jazz, la bossa nova, y la música clásica, de forma que se visualizaran sus colaboraciones en noble rivalidad con artistas internacionales como Carlos Santana, (Oye cómo va…), Al Di Meola o John Mc Laughin, con quienes protagonizó electrizantes solos, en los teatros más prestigiosos del mundo. Y por supuesto también son inolvidables sus colaboraciones con otros genios del flamenco como el inolvidable Camarón de la Isla, con quien modernizó el flamenco clásico.
Sin entrar en el desarrollo y evolución de su carrera artística, el autor señala con acierto y justicia el gigantesco apoyo que el periodista y genial personaje que fue Jesús Quintero (El Loco de la Colina), le ofreció en sus inicios al llegar a Madrid de su Algeciras natal y que llegó al extremo de que actuara en el Teatro Real de Madrid el 18 de febrero de 1975, y según revela Suárez, De Lucía en unas declaraciones a la revista ‘Triunfo’, afirmó: “En realidad yo no esperaba tantos aplausos porque el público español no está preparado para la guitarra”. Y es que, según Suárez, “la solemnidad y el esnobismo se le atragantaban…, sospechaba de los halagos. Se creía un impostor. No podía ser que su guitarra sedujera”. (pág. 51),
Pocos días después, y también merced al apoyo de Quintero, De Lucía actuó en el Teatro Monumental en la I Semana del Cante, Baile y Guitarra, junto a artistas tan memorables como el citado Camarón -con el mantuvo un extraordinaria complicidad creativa e interpretativa, Lebrijano, Fosforito, José Meneses, Perla de Cádiz, y Enrique Morente, entre otros genios del cante.
Suárez refleja con respeto el carácter atormentado de Paco, su angustiosa búsqueda de la difícil perfección y su compleja personalidad que le permitió ser un genio de la música admirado en todo el mundo, y que llegó a hacer su primera gira mundial con solo catorce años.
Para reflejar ese carácter, el autor reproduce una frase del propio De Lucía en la que se lamentaba: “¡Qué más quisiera yo que tener el menos un cuarto de esa felicidad, de esa ilusión y ganas de vivir que tenía cuando era niño!” (pág. 286). Y por ello, es muy emocionante el capítulo destinado a descubrir sus últimas horas -“Los últimos boquinetes”- cuando en pleno proceso de desintoxicación del tabaco del que era un enfermizo adicto, en la paradisíaca Playa del Carmen donde llevaba años disfrutando de la brisa del mar Caribe, sufrió el 25 de febrero de 2014, un infarto de miocardio del que falleció en el hospital más cercano.
En conclusión, El enigma de Paco de Lucía es un libro muy riguroso y ameno a la vez, en el que se comparte el goce y la pena, la alegría y la angustia de un artista genial, al que debemos un inmenso reconocimiento.