Todo lo que dice y hace Pedro Sánchez, más aún en plena campaña europea, es electoralista. Empieza por sus eslóganes sobre la amenaza de “la internacional ultraderechista”, pasa por llevar a su mujer a un mitin del partido para ensalzar su “honestidad” y, ahora, se suma al antisemitismo de la extrema izquierda para arañar votos a Sumar. Dice que los jueces no pueden ejercer su misión antes del 9-J, porque interfieren en el resultado de las urnas. Pero su Gobierno puede sumarse precipitadamente a Suráfrica en su denuncia ante la Corte Internacional de Justicia por “el genocidio de Israel en Gaza”. Puede hacerlo dos días antes de las elecciones, como si se tratara de algo urgente y decisivo.
Pedro Sánchez no gobierna. Pero es un virtuoso a la hora de amarrar el poder con su estrafalaria propaganda. Sabe que los socialdemócratas han abandonado el PSOE por su deriva totalitaria. Pero sabe también que la extrema izquierda está huérfana de liderazgo, pues Yolanda Díaz ha perdido toda credibilidad. Es una comunista de boquilla. Agita la bandera palestina cuando los antisemitas se movilizan. Y habla de los derechos sociales ocultando la realidad, por ejemplo, sobre los datos del empleo, inflados descaradamente por los llamados fijos discontinuos que, según los expertos, ya suman el millón de trabajadores. Y, ahora, también en vísperas electorales, se ha empeñado en reducir la jornada laboral en contra de los empresarios y del sentido común.
Pero Pedro Sánchez, al acecho, moviliza a la extrema izquierda con su amenaza sobre la llegada del lobo “fascista”. Sobre su capacidad para frenar la “ola ultraderechista” cual muro infranqueable. Y, ahora, arremete contra Israel provocando la euforia de los terroristas de Hamás, que no cesan de aplaudir al presidente español. Se ha convertido en el héroe de los antisemitas. Así, es probable que el Estado hebreo rompa relaciones diplomáticas con España. Pero así, también, puede acaparar los votos de esa extrema izquierda que ya no sabe a quién apoyar en las urnas. Y, sólo eso le interesa al presidente del Gobierno: que el PSOE no sea vapuleado el 9-J. Nadie sabe lo que piensa Pedro Sánchez. Nadie sabe cuál es su ideología, si es que la tiene. Pero todos saben que se ha enrocado en La Moncloa y que no abandonará su palacio ni con aceite hirviendo.