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Esplendor y miseria del huevo frito

José María Herrera
sábado 15 de noviembre de 2008, 17:52h
“Pasen, pasen –dijo Heráclito a ciertos visitantes persas que fueron a Éfeso para conocerlo- aquí también hay dioses”. Aquí era la cocina, lugar reservado entonces a las mujeres.

Una de ellas, Teresa de Jesús, la santa que falleció el cuatro de octubre de 1582 y fue sepultada el día siguiente, quince de octubre, constató dos mil años después que Dios seguía entre los pucheros.

¿Y hoy?, ¿sigue habiendo dioses en la cocina?

A primera vista parece que no; en su lugar encontramos varones y montañas de cacharros que hacen pensar menos en las tareas del cocinero que en las gazmoñerías del gourmet, nombre que adopta el nuevo rico a la hora del almuerzo.

La invención de un aparato para cada tarea, incluso para tareas jamás imaginadas –la centrifugadora de lechuga, el laminador de ajos, el molde de cuadrar huevos, etc.- se saluda por lo general con entusiasmo. El tópico es que no existe invento malo. Se trata de un prejuicio sustentado en la creencia de que los prejuicios a favor del progreso no son prejuicios. Pero lo son. Vaya que sí.

Los utensilios básicos de la cocina, el más viejo de los cuales seguramente sea el cucharón de madera, se remontan a la época en que manadas de megaterios recorrían la corteza terrestre. De esto hace mucho y, salvo que se profese el evolucionismo, nadie en sus cabales pretenderá explicarnos su origen. Tan probable como que Caín destrozara la cabeza de Abel con la quijada de un burro es que lo hiciera con un rodillo de amasar o algo por el estilo. El único trasto culinario que cabe fechar con seguridad es la parrilla, inventada por fuerza después de Noé, a quien Dios autorizó una vez concluido el diluvio a devorar a sus compañeros de viaje, cosa que al parecer hizo gustoso (los viajes tienen eso), convirtiéndose así en el primer carnívoro de la historia. En cuanto a la sartén y la espumadera, armas imprescindibles en la panoplia del cocinero, tal vez fueran utilizadas ya en el Arca. Un huevo frito es, ha sido y será siempre un huevo frito, y por mucho que retrocedamos o avancemos en el tiempo, sólo hay un modo de hacerlo, o al menos sólo conocemos este modo, limitación que debería bastar para arrancar del pecho del homo sapiens sapiens su última e igualmente inmerecida medalla.

“¿Qué es lo primero que hace un húngaro para freír un huevo?” –preguntaba un dicho centroeuropeo de la época de la xenofobia y la discriminación racial. La respuesta no era romper la cáscara, sino ... ¡robarlo! Afortunadamente ya no es así. Al progreso no le gustan los chistes. El resto de la receta permanece invariable como una idea platónica. Aceite, sartén, espumadera. Es difícil innovar aquí. Pongamos que freímos el huevo con mantequilla o sobre un volcán; aún así, y por más que progrese el progreso (ese insecto cojonero que no para de dar vueltas sin posarse nunca), al final siempre habrá que evitar que se queme y recurrir, por tanto, a la espumadera, herramienta insustituible, perfecta en su simplicidad, prueba de que hay Dios.

Claro que el diablo no se cruza de brazos. Traten de sacar un huevo de la sartén con una de esas paletas modernas de goma o metal, tan lindas, tan de diseño. Imposible, óntica y ontológicamente imposible. Aunque maravillosas en el escaparate, la redondez matemática de sus agujeros y el centímetro de más que cautiva al gourmet impiden la operación. Por más cuidado que uno ponga, el huevo se rompe, la clara se deshace o se pega y, al final hay que vérselas con el abrefácil, centrifugar una lechuga o enterarse de una vez por todas de cómo funciona el maldito horno digital.

Yo no creo que el incremento desorbitado de alimentos preparados, proceso que acabará definitivamente con la distinción entre vegetales, animales y personas, se deba a la falta de tiempo de que dispone el hombre libre para envilecerse delante del televisor, sino a la imposibilidad de manipular las materias primas con los cachivaches existentes. Bien porque no sirven, o porque su mantenimiento es muy costoso o porque resulta un engorro limpiarlos, el caso es que las maniobras culinarias más sencillas se han vuelto increíblemente complejas. Hasta para mondar una patata tiene uno que vencer sus más instintivas aversiones y activar un chirimbolo. No es extraño que los visionarios de la gastronomía llamen laboratorio a sus cocinas ni que los teólogos describieran el infierno como un estado en el que la gente se toma sus cosas muy en serio.

Deidades, en la cocina, por supuesto no quedan. Tampoco gallinas en el campo. Pronto será imposible comerse un huevo frito como Dios manda. Desde luego, es para preocuparse con la crisis.
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