Javier Cervera, responsable de la introducción a Diplomático en el Madrid rojo, es Doctor en Historia Contemporánea y en Ciencias de la Información y profesor titular de Historia en la Universidad Francisco de Vitoria. Especialista en Historia de España y de Europa en el siglo XX, ha publicado numerosos libros entre los que destacan: Madrid en guerra (Alianza editorial, 1998); Ya sabes mi paradero (Planeta, 2005); La guerra no ha terminado (Taurus, 2007); Contra el enemigo de la República… desde la Ley (Biblioteca Nueva, 2015) o La guerra civil española, ochenta años después (Editorial Francisco de Vitoria, 2019). Cervera es también autor de artículos en prestigiosas revistas y conferenciante de congresos en España y en el extranjero.
1.Lector interesado en libros sobre nuestra Guerra Civil, tenía ya noticias de las desgracias y tropelías cometidas por ambos bandos sobre la población civil durante el conflicto. Debo reconocer, sin embargo, tener hecha una mayor idea de los excesos del bando nacional. Los consumados tras la toma por su ejército de ciudades como Málaga o Badajoz, así como la represión de Queipo de Llano en Sevilla, por desgracia, pronto alcanzaron repercusión mundial.
Por eso la lectura de Diplomático en el Madrid rojo, centrado en la feroz persecución –por milicianos socialistas, comunistas y anarquistas– de clases medias y altas madrileñas, y también del clero, me resulta un documento, a la par que sobrecogedor, novedoso.
Traducido al español en 2008, este libro, como informa usted en su clarificadora introducción, supone una aportación grande a nuestro conflicto desde la perspectiva de sus vencedores.
¿Hasta qué medida Javier Cervera, especialista en la historia de esta guerra, considera importanteDiplomático en el Madrid rojo –que abarca el período 1936-37– para opinar sobre el período inicial del conflicto?
Los libros de memorias de quienes vivieron los acontecimientos siempre son una fuente importante y que debemos tener en cuenta. Con un testimonio de este tipo, el historiador obtiene las impresiones, reflexiones, opiniones, consideraciones, etc… de quienes sí vivieron los hechos. Estos (los hechos) son la materia sobre la que el historiador elabora sus reflexiones y explicaciones (lo que realmente es la Historia), pero el estudioso no estuvo allí y, por consiguiente, se le escapan las impresiones que los acontecimientos generaron en los protagonistas, por los que vivieron los hechos en persona. NO obstante, esos testimonios de los testigos NO deben ser la única fuente para el historiador, sino una fuente complementaria de otras. Las fuentes documentales nos pueden informar de los sucesos, pero, en el caso que nos ocupa, por ejemplo, la enorme violencia del periodo inicial de la guerra no se puede reducir a una descripción de hechos y cuantificación de datos. Estos, los datos de los documentos, desmienten algunas de las afirmaciones de Felix Schlayer (por ejemplo los datos sobre los acontecimientos de Paracuellos de Jarama o la acusación que hace contra Carrillo) y, con este testimonio de este diplomático lo que tenemos los historiadores es la impresión de alguien que estuvo metido en ese clima, en ese ambiente, en ese contexto de violencia y traslada lo que le sugirió esa realidad, las impresiones que le causaban, los sentimientos que le producían, las reacciones que observaba,… algo que, de otra manera, un frío documento escrito nunca podría dar a conocer al historiador. Y esas reflexiones y explicaciones de los hechos (lo que es la Historia) necesitan también ser enriquecidas con esos planteamientos, es verdad que subjetivos pero que son los suyos, los de los que vieron esos hechos con sus propios ojos y los interpretaron con su propia inteligencia. Ello es muy enriquecedor para las explicaciones del historiador que, eso sí, debe, también, analizar y depurar esa subjetividad y no creerse, ciegamente, lo que el testigo de los acontecimientos manifiesta. Por ello, cuando el lector lea lo que Schlayer nos ha dejado como testimonio debe tomarlo con la prudencia debida de quien lo que cuenta son SUS impresiones, extraídas de SU realidad (la que él vivió) y atravesadas por su siempre subjetiva mirada y entendimiento.
- Felix Schlayer fue un ingeniero alemán que, debido a múltiples viajes empresariales, conoció muy bien España. Sus puestos diplomáticos, primero como Encargado de Negocios, después como Cónsul de Noruega, lo convierten en único representante oficial de este país en Madrid, y le permiten, además, tener libertad de movimientos para observar los acontecimientos revolucionarios del primer año de guerra.
Las aportaciones de escritores británicos y norteamericanos a la Guerra Civil suelen ser casi unánimemente aplaudidas. Ahí tenemos las figuras de Thomas, Jackson, Gibson, Preston, Beevor –por nombrar a las más leídas. Unos historiadores que, además de por su dedicación de años a profundizar en el conflicto, gozan de un grado de objetividad añadido por ser extranjeros.
Schlayer no fue historiador como los citados, pero, a diferencia de ellos, él conoce en persona lo narrado en su libro. A la hora de dartrascendenciaa su testimonio, ¿tendrán más importancia las vivenciasde estos hechos trágicos que años y años dedicados a su detallado estudio?
No, no tiene la misma importancia. Pero tiene SU importancia. Cuando el historiador dedica años de estudio al análisis y la posterior explicación de los acontecimientos sobre los que trabaja, lo hace sobre el máximo de la realidad que pueda abarcar en su entendimiento y su capacidad; pretende (aunque posiblemente le sea imposible) conocer TODA la realidad de lo que estudia. Además, lo debe hacer (y la inmensa mayoría de historiadores así lo hace) sin intención partidista o ideológica de defender una u otra causa, una u otra manera de ver la realidad. El historiador se mueve con una pretensión de objetividad, de buscar la Verdad y, después, exponerla. Esos historiadores citados, y todos los que se dedican con honestidad a esta labor de ciencia social, tratan de dar una explicación objetiva, aunque ello sea un deseo más que una realidad alcanzada o alcanzable. Schlayer cuenta lo que él ve y experimenta pero, como a cualquier persona le sucede en su vida ordinaria, él sólo ve y experimenta una parte de la realidad y, además, analiza esta (como nos pasa a todos) influida por sus creencias, su manera de pensar, o incluso sus prejuicios. Pero la realidad es mucho más amplia de lo que su inteligencia y el limitado alcance de los sentidos de Schlayer (como los de cualquier persona) pueden abarcar. No negaremos que conociera muy bien España, pero no conoció (es imposible) TODA la realidad de ese momento de España. Conoció la realidad de aquellos espacios y de cada momento (tiempo) que él vivió, cuando en ese mismo momento había otros espacios y otro tiempo que él no tenía posibilidad de conocer. El historiador manejando diversas fuentes sí puede tener la capacidad de conocer esos espacios de la realidad distintos, y en el mismo momento, que Schlayer en aquellos momentos no podía conocer porque no estaba en esos lugares.
No obstante, tampoco nos engañemos. El hecho de ser extranjeros no añade «un grado de objetividad». Todo historiador, sea español o extranjero, tiene su posicionamiento personal o su opinión sobre la guerra civil y sus hechos. Pero son buenos historiadores porque tratan con honestidad de buscar la verdad, como también son buenos historiadores y también tratan con honestidad, con la misma honestidad, los historiadores españoles de buscar la verdad y también estos tienen sus propias convicciones ideológicas y perspectivas personales en la concepción del mundo, de la sociedad, en definitiva, de los diversos aspectos de la vida. No se es más objetivo en los análisis históricos de un acontecimiento por el hecho de que el historiador que lo estudie no sea nacional del país en el que esos hechos suceden. Pero todos los historiadores, nacionales o extranjeros, si desean ser rigurosos historiadores, no tienen otra intención que la de conocer la Verdad de lo que estudian y después darla a conocer, porque ese es el servicio que prestan (que prestamos) los historiadores a la sociedad.
- Diplomático en el Madrid rojo son las memorias de Felix Schlayer, un diplomático que toma partido por el bando nacional, como él mismo anticipa en su prólogo, «no tanto por una cuestión política como moral». Escritas durante 1938 «en caliente» –y desde un virulento anticomunismo– a su regreso casi milagroso a Alemania (abandona España en barco), el antisemitismo del autor, como usted mismo apunta, también asoma en ocasiones. Pero quizá lo que mejor defina al Felix Schlayer de 1936/37 sea presentarlo como «un burgués convencido de la importancia de un orden conforme a la ley».
Por muy honesto que Felix Schlayer se declare «a la hora de servir a la verdad», y por mucho que se declare «apolítico», su toma de posición a favor de un bando habiéndose declarado combatiente feroz del otro, ¿no limita el valor histórico, basado en conseguir la mayor objetividad posible, de este, por otra parte, apasionante libro suyo?
Es que cuando el historiador se acerca al análisis del testimonio de Schlayer no debe creerse que Schlayer sea «apolítico». No lo es, y cualquier historiador lo sabe. Si, de entrada, es muy cuestionable que en una sociedad como la contemporánea y del siglo XX alguien en el mundo occidental pudiera ser apolítico, es absolutamente increíble que alguien que viviera en primera persona la guerra civil pudiera ser «apolítico»; nadie lo fue en aquella España, nadie tuvo posibilidad de serlo, aunque hubiere tenido esa intención inicial. Y, de hecho, es una contradicción afirmar que se es «apolítico» y luego señalar que se es favorable a un bando…
Otra cuestión es a qué llamamos «valor histórico». ¿Valor como Historia? O ¿Valor como fuente histórica? Como Historia (entendida como saber científico) el testimonio de Schlayer no tiene valor; este hombre NO hace Historia, lo que emite es el testimonio de una vivencia personal, y su valor radica en su importancia como fuente (histórica), pero como fuente, su libro es un medio (fuente) no el fin (conocimiento histórico). Es indudable que como medio (fuente) su valor es indiscutible, pero lo que Schlayer escribe y nos comunica es SU testimonio, no es la Historia. Nosotros acudimos después a su testimonio, lo leemos, lo estudiamos y analizamos, pero, ojo, lo contrastamos con otras fuentes para elaborar, a partir de esta fuente y de otras, la Historia. Ese es el valor de lo que nos ha legado Schlayer… que no es poco.
- Diplomático en el Madrid rojo se lee, en efecto, con intensidad y pavor. La feroz persecución de las clases medias y altas madrileñas, sus arrestos y ejecuciones sin garantías legales, así como el relato de la masacre cometida en Paracuellos de Jarama, por citar un par de ejemplos, vienen narrados con indudable maestría. Literariamente hablando, el libro de Schlayer es soberbio. Lo encuentro a igual altura que los escritos por el madrileño Arturo Barea (La llama) y su mujer vienesa Ilsa Barea-Kulcsar (Telefónica), textos que coinciden en recoger –ahora desde el lado republicano– muchos acontecimientos referidos por el empresario alemán.
A la hora de lograr un relato convincente y que interese, conmoviéndolos, a sus lectores: ¿la buena literatura quedará siempre por encima de las ideologías? ¿Suscribe usted que un mismo lector, como ha sido en mi caso, se involucre, y pueda sentirse algo desconcertado por ello, leyendo a Felix Schlayercon la misma empatía que al matrimonio Barea?
Por supuesto que la buena literatura queda por encima de las ideologías. ¿Alguien puede pensar que La Vida es sueño no tiene un sustrato ideológico detrás? La gran obra de Fernán-Gómez, Las bicicletas son para el verano, ¿no tiene un componente ideológico detrás y es además un extraordinario testimonio en forma teatral del Madrid de la Guerra Civil?. Yo creo que lo es. Uno lee a Schlayer y lee el también magnífico testimonio de Barea y ambos testimonios son útiles y, ojo, necesarios, para poder trazar y explicar de forma lo más objetiva posible (nunca totalmente), con la ayuda de estas, pero también de otras fuentes, la realidad de la guerra civil española en Madrid que ambos abordan. Yo, historiador, no me siento desconcertado por sentir la misma empatía con Schlayer que con los Barea porque soy consciente plenamente de que pre-juicios albergan uno y otros cuando observan la realidad y la trasladan con su escritura a quienes en el futuro les puedan leer. Sé cómo piensan y cuál es la ideológica del que presta su testimonio y lo tengo claramente presente cuando emito sus juicios y valoraciones sobre la realidad sobre la que ellos nos prestan su testimonio.
- Si algo me resulta especialmente novedoso en Diplomático en el Madrid rojo es cuando informa de cómo las embajadas de la capital muestran su humanidad a la hora de convertir su extraterritorialidad en continuación del asilo medieval. Miles de personas salvan la vida gracias a diplomáticos como Schlayer, que muestra con detalle cómo es la subsistencia y organización cotidiana de los novecientos refugiados que acoge la Legación noruega.
¿Es el único libro sobre nuestra guerra que trata el asilo diplomático en la España republicana? ¿Conoce usted si parecidas situaciones de refugio en edificios diplomáticos se dieron en la España nacional y si sobre ellohay algúndocumento?
No es el único libro que trata sobre el asilo diplomático en la guerra de España. Hasta donde sé el historiador Antonio Manuel Moral Roncal ha publicado dos libros sobre ello, el último es de 2018: Estudios sobre el asilo diplomático en la Guerra Civil Española y este mismo autor ya había publicado otro trabajo de título similar en 2001. Más modestamente, yo también incluí un capítulo sobre este tema en mi trabajo Madrid en Guerra. La ciudad clandestina, 1936-1939 (última edición de 2006). Pero incluso mucho antes, nada menos que en 1985, María del Carmen Gómez Reoyo hizo una Memoria de licenciatura sobre este tema, aunque hasta donde yo sé no se publicó y sólo se puede consultar en el archivo de la Universidad Complutense… si es que se puede (yo sí tuve acceso en su momento). E incluso mucho antes, en 1979, el historiador Javier Rubio publicó Asilos y canjes durante la guerra civil española. Aspectos humanitarios de una contienda fratricida. Y es verdad que no hay mucho más de entidad sobre este tema. Sólo podemos citar un trabajo menor, porque es un artículo, de Pablo de Miguel Iglesias y Mehmet NecatiKutlu pero sobre el caso concreto de la Legación de Turquía en el Madrid de la Guerra Civil, que ha aparecido en la revista APORTES este mismo año 2024.
- Felix Schlayer se muestra especialmente disgustado, y alucinado, cuando expone la situación de las cárceles madrileñas, sobrecargadas hasta el extremo de acoger a seis hombres en celdas individuales, sin colchones y con una situación higiénica deplorable. La situación no mejora en las siniestras checas que, al igual que las prisiones, son visitadas por el diplomático para tratar de conseguir alguna mejora en ellas. Dante, parece ser, se quedaría corto a la hora de describir estos infiernos nuestros del pasado siglo que prefiguran los campos de concentración nazis, el gulag soviético y los sofisticados centros de tortura ideados por las dictaduras sudamericanas.
Cuando Schlayer se refiere al temperamento español, al belicoso o visceral carácter español, y a «la existencia de una inclinación a la pelea yla lucha» como causas no nimias de la guerra del 36, ¿cabe extender atributos semejantes al maltrato, nunca visto con anterioridad, sobre presos políticos?
Eso que dice Schlayer simplemente es un tópico no cierto. La violencia de nuestra guerra civil no se explica, no se puede explicar apelando a un supuesto «belicoso o visceral carácter español». ¿También es belicoso y visceral el carácter de los estadounidenses –Guerra de Secesión, 1861-65– de los ruandeses, hutus y tutsis, de 1994; de los balcánicos –serbios, croatas, bosnios, etc...– de los años noventa…? El carácter de un pueblo no es válido como causa de una guerra civil. Y también es discutible que nunca se hubiera tratado con tanta maldad a presos políticos en una guerra. Recordemos, por ejemplo, el genocidio de los armenios de 1915, 20 años antes de la Guerra Civil española. O si nos vamos más atrás, tampoco fue menor la persecución de los católicos por Enrique VIII, luego la respuesta contra los anglicanos por la Reina María I Tudor de Inglaterra y, de nuevo contra los católicos, la persecución por su hermanastra la anglicana Isabel I de Inglaterra en el siglo XVI. No olvidemos que en la Inglaterra del siglo XVI la cuestión religiosa se convierte en una cuestión de estado, luego estas persecuciones tenían un claro componente político, y las víctimas de uno y otro lado (católico y anglicano) se cuentan por miles y son también políticas. Es decir, que la Guerra de España de 1936 no es, ni mucho menos, la primera persecución con presos y ejecuciones políticas de la Historia. Desgraciadamente, maltrato contra población política o ideológicamente enemiga se ha producido en la Historia en bastantes ocasiones, aunque ciertamente la tecnología aplicada para perseguir y matar seres humanos ha sido más eficaz conforme ha avanzado el tiempo hasta el presente, y cada vez este tipo de persecuciones políticas origina mayor tragedia, mayor violencia y muchas más muertes.