www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

LIBROS

Adam Haberberg, de Yasmina Reza: la soledad de la creación artística

José Manuel López Marañón
lunes 05 de agosto de 2024, 10:50h
Adam Haberberg , de Yasmina Reza: la soledad de la creación artística
Ampliar

Adam Haberberg, protagonista de esta obra de Yasmina Reza, tiene cuarenta y siete años y ha escrito tres novelas: la primera conoció el elogio; la segunda tuvo una indiferente recepción; y la última, «un fiasco», está siendo demolida por público y crítica. Una visita al oftalmólogo descubre una trombosis subtotal en la vena central de su retina. La posibilidad de que pierda la vista del ojo izquierdo no queda descartada porque sus vasos sanguíneos oculares están dislocados y pueden generar un glaucoma. Sentado en un banco del zoológico parisino Jardin des Plantes, Adam se encuentra razonablemente deprimido.

Para su tercera novela, la dramaturga de éxito mundial Yasmina Reza (París, 1959) –es autora de las celebérrimas Arte y Un dios salvaje–, elige la soledad del creador como tema fundamental sobre el que pivotan asuntos no menos trascendentes como son el éxito y el fracaso, la incomunicación en la pareja, o cómo el exceso de vulgaridad dificulta desarrollar una personalidad artística…

Y es que a Adam Haberberg nada fácil resulta vivir en este mundo siguiendo sus dictados. Él busca vivir en soledad, contra todos, apurando sus propias normas…, aún no se enteró de que, como avisó el filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson –hace ya un par de siglos–: «el gran hombre es aquel que, en medio de la multitud, mantiene con implacable dulzura la independencia de la soledad». Su nula aceptación hacia la compañía que lo rodea, agravada por el fracaso y la trombosis, convierten al principal personaje de Adam Haberberg en un ser poco preparado para superar esa crisis existencial que lo devora, con su quinto decenio de vida sobre el horizonte.

Para el artista que no se mueve en la superficie, el rechazo de ciertas «amistades» parece casi una necesidad. Como avisa a Adam, con la radical lucidez de los alcohólicos, el crítico Goncharky: «El escritor es un solitario y no quiere mezclarse y no reconoce ni iguales ni colegas». Porque el único desarrollo espiritual posible apunta a lo profundo, la tendencia artística no es expansiva, sino una contracción. Y el arte es la apoteosis de la soledad.

Casado con una ingeniera de France-Telècom que tiene un horario de presidiario (sale a las ocho de la mañana, llega a las nueve de la noche), algo que obliga a Adam Haberberg a ejercer de niñera con sus hijos, la voz narradora en tercera persona creada por Yasmine Reza presenta a este matrimonio como un paradigma de vida malograda. Consagrarse a otro ser, vivir ausente de sí mismo y privarse para siempre de las alegrías de la soledad resultan pesadísimas cargas para el marido. Y para la esposa –Irene– que se había planteado la relación con Adam bajo la sombra del éxito de este, –«ser la mujer florero de un hombre poderoso, no ser la mujer de un escritor maldito»–, su unión conyugal acaba siendo el peor escenario posible.

Esta lúcida ficción reflexiona asimismo sobre qué es el éxito literario. Adam Haberberg dice que «el renombre a través de la literatura es hoy la aspiración más extendida, un nuevo reflejo social. Algunos tienen éxito, otros fracasan, yo personalmente he fracasado. Soy un fracasado». Asumiéndolo decide, cínicamente, trabajar de negro literario y escribir, en solo dos semanas y media, y bajo seudónimo, otra novela más para una triunfante serie sobre un viajero internacional. El príncipe negro de Mea-Hor es un éxito y su editorial propone a Adam escribir cuatro títulos al año, a tres mil euros cada uno. Solo la trombosis ocular ha paralizado la firma del contrato.

La imagen del escritor rebelde ha quedado definitivamente sepultada. Aquel altivo gesto resulta ya casi hasta ridículo. Los jóvenes autores buscan ansiosos, más que un editor, a un productor que los libere de la antes mitificada radical soledad del arte. O sino, al menos, convertirse en funcionarios de cultura de un Estado (el Estado es el otro gran grupo-patrón del arte) sospechosamente generoso con quienes debieran serle molestos y que, a cambio de no incordiar, atiborran a estos elegidos con premios, colocándolos después en poltronas o en su prensa (como leales intelectuales orgánicos).

Adam Haberberg encuentra en el zoo a Marie-Thérèse Lyoc, compañera de liceo a la que hace treinta años no trata y ve igual de insignificante. La mujer comercializa productos en puntos de venta propicios: para el Jardin des Plantes acarrea dos bolsas con imanes, linternas y lápices con cabezas de animal. Aplanado por el encuentro Adam acepta, sin embargo, una invitación de Marie-Thérèse para comer en su casa, sabiendo de antemano que está ante una de esas personas que nos arrancan de la soledad sin aportarnos compañía.

En el jeep, durante el trayecto a Viry-Châtillon, Adam asume su error y al llegar pide a la mujer regresar a París. Ella lo convence para quedarse. Mientras prepara la cena dialogan sobre sus estados civiles (Marie-Thérèse es divorciada), los compañeros de liceo, o los niños. Esta conversación irrita a Adam y lo hace sentir, si cabe, más insignificante. Sabe que a nadie importa su triste vida: ni a su mujer, ni a sus hijos, ni a sus amigos (si los tuviera). Tras este radical autoanálisis grita: «¡Dios mío, ayúdame a convertir la existencia en literatura!», «¡Dame el poder de existir a pesar y más allá de lo real».

Adam Haberberg siente que la dislocación no afecta solo a su retina; cómo esa desunión impregna su vida entera: «como si los elementos que la componen no estarían unidos entre sí, ni a un único yo, como si uno de mis fragmentos pudiera en todo momento y en cualquier lugar partir a la deriva hacia periferias lejanas en las que me pierdo».

La única soledad insoportable es la de no contar para nadie. El empeño es difícil, pero suele bastar darnos a alguien especial para que el gozo y el asombro rompan el hueco de vacío de esa soledad que –desde la vulgaridad–nos aliena. Quizá sea la única opción que le quede a nuestro sufrido Adam…

Estaría muy bien que entre best-sellers que desenmascaran asesinos e insulsos thrillers (estarán ya en sus maletas), reposaran de tanta banalidad con esta novela de 135 páginas que se disfruta casi del tirón. Es posible que a la vuelta, en sus hogares y trabajos, perdure la sensación de no haber malbaratado su ocio vacacional gracias a Yasmina Reza y su Adam Haberberg.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (6)    No(0)

+
0 comentarios