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LIBROS

Deconstruyendo a un cineasta infinito: El mal y la violencia en el cine de Hitchcock, de José Luis Panero González-Barosa

Deconstruyendo a un cineasta infinito: El mal y la violencia en el cine de Hitchcock , de José Luis Panero González-Barosa
Javier Mateo Hidalgo
viernes 16 de agosto de 2024, 16:00h
Deconstruyendo a un cineasta infinito: El mal y la violencia en el cine de Hitchcock , de José Luis Panero González-Barosa
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Este año se cumplen los 125 años del nacimiento de un genio del cine, por no decir “del genio” del séptimo arte. Nos estamos refiriendo a Sir Alfred Hitchcock (1899-1980), nada más y nada menos. Pocos como él supieron valerse de un lenguaje recién creado como el fílmico, con sus rudimentarias herramientas, y, perfeccionarlo hasta convertirlo en estética pura y entretenimiento asegurado: del cine mudo, silente y en blanco y negro al sonoro y en color. Una gramática aplicada al servicio de la desaparición del cineasta para disfrute del espectador. Y, aún así, la presencia de un estilo propio, capaz de tener en vilo al público durante la historia, tan poderoso y universal que a día de hoy continúa funcionando. Con él, se forjó la mejor representación del suspense, como resultado de esos “malos” que persiguen a los “buenos”, aunque muchas veces ni unos sean tan malos ni otros tan buenos. Para comprenderlo, debemos ahondar en la psique humana, con esos claroscuros que conforman toda una gama de grises. Con sus obsesiones, Hitchcock construyó su propio universo y nos lo explicó a la perfección. Y ello a pesar de que “no confeccionó ninguna de sus historias” —se valió de autores como Joseph Conrad, Daphne du Maurier, John Steinbeck o Patricia Highsmith—, si bien “se adueñó de ellas”. A día de hoy, continúa siendo inacabable, infinito. Por eso, los libros que van saliendo a la luz sobre su obra continúan funcionando y resultando interesantes. Y más cuando ahondan en cuestiones alejadas de los lugares comunes a los que el lector está acostumbrado. Un buen ejemplo de ello será el libro recientemente publicado por José Luis Panero González-Barosa en Ondina Ediciones, titulado El mal y la violencia en el cine de Hitchcock.

Académico de número de la Academia de las Artes Escénicas de España, Profesor de Honor de la institución educativa Trinity College y crítico teatral y cinematográfico, Panero es ante todo un enamorado del lenguaje fílmico y eso se nota en su forma de ahondar las cuestiones relativas a esa “fábrica de sueños”. Tanto por los temas abordados como por la forma de expresarlos, encontramos en el autor de este libro a un auténtico cinéfilo o enamorado de las historias en celuloide. No sólo lo atestigua su texto, sino los de aquellos que le acompañan en esta edición. Muy bien flanqueado por Pedro García Cueto —encargado del prólogo— y Luis Español Bouché —en el epílogo—, el autor nos sorprenderá, como si del Concierto de Año Nuevo se tratara, con materiales adicionales inesperados, como el análisis pormenorizado en torno al film Encadenados o determinados diálogos de La soga. Como podemos intuir, se trata de un libro excepcional cuya grandeza se halla en la calidad del contenido por encima de su volumen —el libro no excede las 170 páginas, muy bien aprovechadas—.

El discurso conformador de El mal y la violencia en el cine de Hitchcock busca, en palabras de su autor, “orientar los temas del director inglés de forma distinta a como lo hacen los manuales al uso”. A su juicio y generalmente, a Hitchcock se le ha tratado siempre “con cierto respeto”, vetándose así otras posibles aproximaciones a su vida y a su obra. Panero propone “puntualizar y aportar cuestiones más de fondo que de forma” sobre el cine del creador, desarrollando “el comportamiento de los personajes, el aspecto de la violencia, entroncado con el de la muerte, y finalmente el mal moral”. Asimismo, “es fundamental razonar acerca de por qué el uso de la violencia desarrolla un papel principal, o cuántos tipos de violencia hay y, por último, confirmar que la presencia de Dios es inherente al cine de Hitchcock”.

Para García Cueto, el logro de este “ejemplar” se encuentra “en su originalidad”, pues el cine de este realizador “no se había tratado en aspectos como el alcoholismo, el sadismo, el vouyerismo, etc.”, presentes en toda su obra y, de haber sido tratado alguno de ellos, “no como lo lleva a cabo Panero”. Además de las temáticas citadas, el escritor ahondará en otras que veremos más adelante, asociándolas siempre a las características psicopatológicas de algunos de los personajes de Hitchcock: “Desde el punto de vista de la personalidad, los individuos con rasgos paranoides, antisociales y narcisistas forman el grupo de riesgo más importante”.

Asi, comienza por analizar los rasgos emocionales, siempre tendentes a la deformación en estas figuras, que ofrecerán una “imagen inversa del enamoramiento”, donde el amor dará paso al odio e incluso al asesinato. En este sentido, resulta bien llamativa la siguiente frase de François Truffaut rescatada por Panero: “Las escenas de amor están filmadas por Hitchcock como si fueran escenas de crímenes, y las de crímenes como escenas de amor”. También estará la “perversión sexual” —procedente en buena parte de una inseguridad forjada por un menosprecio y humillación sufridos durante la infancia y adolescencia, que podrá llevar a la incertidumbre hacia la identidad sexual, o una animosidad hacia las mujeres—, los “rituales mórbidos y sensualizados” —como el de la señora Danvers hacia su antigua ama en Rebeca (1940) y la “violencia psicótica” —que puede devenir en homicidio y se caracteriza por la indiferencia afectiva y la ausencia de arrepentimiento—. Así mismo, los “celos” y su consecuencia en la “paranoia” serán también puntos destacables en estas relaciones entre los personajes, pudiendo ser heterosexuales u homosexuales. En el segundo caso habrá tres títulos concretos: Extraños en un tren (1951), La soga (1948) y la citada Rebeca.

La obsesión con la influencia en los hijos de las siempre inusuales madres —según Panero, referencia directa de la progenitora de Hitchcock, que quedó huérfano de padre muy tempranamente— será otro de los temas presentes en el director. En algunos casos, será tan fuerte su influencia en los vástagos que llegarán a ser “castradoras”. Lo veremos en films como Con la muerte en los talones (1959), Los pájaros (1963), Marnie la ladrona (1964), Psicosis (1960) o Encadenados (1946) —en estos dos últimos casos, con un claro componente edípico y enfermizo—. Y, de ahí, al análisis de los tipos de mujer en las películas del maestro: roles que van desde “santas” sacrificadas a perversas, “brujas” o femmes fatales. La “autoridad femenina” se encuentra también presente, la cual acaba rompiendo cualquier prohibición masculina —incluyendo (y esto es muy interesante) la de no entrar en determinada habitación, como reinterpretación del cuento misógino por excelencia Barbazul—. Del mismo modo, se pondrá sobre la mesa la adoración hacia la mujer —el caso de la representación de actrices como Grace Kelly— y el fetichismo: “ante el hecho de que Hitchcock considerara al cuerpo de la mujer como un peligro, éste decide fragmentarlo […] De esta manera cae en el fetichismo, pues el cuerpo de la mujer fragmentado es garantía de seguridad”.

El antes referido vouyerismo siempre estará presente, más que como representativo de personalidades desequilibradas, como característica afín a la especie humana y a su natural curiosidad —el ejemplo por antonomasia será La ventana indiscreta (1954). También la cuestión de la “mujer infiel” —no siempre negativo, pues puede deberse a su condición de espía, como en Con la muerte en los talones—. Es de elogiar cómo cada una de estas cuestiones es analizada desde el ámbito de la psiquiatría, valiéndose Panero de autores de cabecera como Luis Rojas Marcos o José García-Andrade, cuyas lúcidas reflexiones se ajustarán como anillo al dedo a los casos cinematográficos estudiados.

En su análisis de cada uno de estos tópicos, Panero irá más allá adentrándose en el mundo de los símbolos hitchcockianos; éstos nos demuestran hasta qué punto el cineasta británico era meticuloso en la realización de sus historias. En concreto, dosificando al espectador información sobre el contenido del film mediante detalles que pueden pasar más o menos desapercibidos: Desde la referencia constante a lo doble en La sombra de una duda (1943) alusión al idéntico nombre del tío y la sobrina protagónicos—, las “apariencias en los falsos reflejos” —signo de introspección o identidad— hasta las características de la personalidad o el destino de los personajes. Algunos ejemplos los veremos en Psicosis: la ducha que puede verse desde la habitación de Marion cuando decide huir con el dinero, presagiando aquella otra en la que será asesinada; el libro sin título que tiene en su habitación Norman —de contenido pornográfico, pues en época victoriana se evitaban imprimir los de este tipo con el título por fuera— y el cuadro que retira para espiar a Marion en la ducha —cuyo tema de Susana y los viejos nos habla también de ese vouyerismo ya referido y presente en el personaje interpretado magistralmente por Anthony Perkins, y que por desgracia tanto le encasilló—. Incluso las metáforas: el tren penetrando el túnel como imagen erótica final representativa de la pareja en Con la muerte en los talones. También los objetos: el mechero de Extraños en un tren, la corbata estranguladora de Frenesí (1972), la cuerda de La soga o los prismáticos de La ventana indiscreta.

Como último acto central, Panero nos propone el “mal moral” en el cine de Hitchcock, refiriendo a cómo éste “muchas veces estuvo en la encrucijada entre el bien y el mal”. Si bien en algunos casos los personajes de algunos films consideran que con su crimen están “cumpliendo una misión salvadora” —como en La soga o La sombra de una duda—, en otros se plantea el papel de la figura de Dios permitiendo ese mal —no olvidemos la estricta formación religiosa de Hitchcock— o dejando que estos personajes se sientan situados por encima de él con su actitud —desafiándole o poniendo a prueba a sus siervos como en Yo confieso (1953). También el destino jugará un importante papel —la canción Qué será, será en El hombre que sabía demasiado (1956)—.

Para concluir, remitiremos a las palabras de Español Bouché en el epílogo, inscribiendo el trabajo de Panero “dentro de lo que podríamos llamar el universo de la reflexión sobre el cine”. Un trabajo “anacrónico”, ya que “la pasión por el cine empieza a ser cada vez más minoritaria”. También “atemporal” “porque, como todo ensayo sobre cine, expresa lo que un alma sintió en un preciso momento, en un instante dado, a partir de unos datos y de una experiencia”. Qué duda cabe de que Panero fagocita las imágenes en movimiento y nos las trae renovadas bajo un prisma sorprendente, revitalizando su ya de por sí alto valor y haciéndonos desear verlas o volverlas a ver. Y Hitchcock es, por mérito propio, un cineasta al que volver siempre, sin agotarse ni agotarnos en su constante revisión.

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