Seguramente pocos conozcan el nombre de Antonio Vázquez Molina; tal vez mengüe el número de desorientados al decir el de Ángel Vázquez, que era como el primero firmaba sus obras literarias. Si decimos el título de una de ellas, La vida perra de Juanita Narboni (1976), puede mejorar el porcentaje, pero seguirá siendo simbólico. Al nombrar una de sus dos adaptaciones cinematográficas, Vida/Perra (1982) —una de las obras más personales de su director, el siempre sorprendente Javier Aguirre— se encenderán todavía más bombillas —aunque solo sea por el poder de convocatoria que logra el cine, incluso siendo de autor—. A pesar de todo ello, la realidad es que tanto el escritor como su obra siguen sin ser tristemente reconocidos como deberían.
Cuarenta y cuatro años después de su muerte, el creador tangerino arrastra todavía su capa de “escritor maldito”. El propio autor, en su autorretrato, parecía hacerse responsable de ello, alimentando la leyenda negra: “Yo también soy un corrompido. Sin fe en Dios, egoísta y sin ninguna confianza en mí mismo. Homosexual, alcohólico, drogado, cleptómano....” Una autocrítica que no le impidió ciertos logros como autor, obteniendo el Premio Planeta en 1962 por su primera novela, Se enciende y se apaga una luz. En 1964 llegó su segunda obra publicada por dicho sello, Fiesta para una mujer sola. Finalmente y tras un prolongado tiempo de silencio —nada menos que doce años— dio a la imprenta la obra primeramente señalada, la que mayor celebridad le otorgó y con la que quedó finalista del Premio de la Crítica. Hoy en día, sigue despertando la admiración de un público lector selecto y exigente. Para Abdelkhalak Najmi, se trata de “una obra maestra por sus características insólitas y su audacia precursora, que mantiene vivo ese castellano tangerino mezclado de haquetía, virgen para la literatura, y transmite el latido y la agonía de un mundo a caballo entre dos tiempos”.
De las dos últimas obras de autor, inconclusas, nunca tendremos noticia, pues fueron destruidas por el propio autor, falleciendo el mismo día de una crisis cardiaca en la pensión que regentaba en la madrileña calle Atocha —llamada por él mismo como “la mansión de Drácula—. Fue un 26 de febrero de 1980. El propio dueño de la editorial donde habían visto la luz sus trabajos, José Manuel Lara, costeó su entierro. Se convierte así y como decíamos, en el “último maldito”, “último bohemio” —o “último romántico”, valga el guiño zarzuelístico— de España; bien por la minoritaria acogida de su legado o por su carácter autodestructivo, que le llevó a sus últimos días alcoholizado, solo y viviendo en la indigencia. Dejó para la posteridad tres obras sobre mujeres únicas.
La vida perra de Juanita Narboni llegó a las tablas aupada por el Instituto Cervantes, a fin de viajar a las ciudades marroquíes. Su estreno tuvo lugar en 2023, en el marco del IX Congreso Internacional de la Lengua en Cádiz. A lo largo de este mes de agosto ha disfrutado de una nueva vida en el Teatro Lara. Su última función tendrá lugar el próximo 7 de septiembre, oportunidad de oro para quien quiera volver a ver a Juanita una vez más antes de que abandone el escenario. Quien así lo decida tendrá la suerte de encontrarla encarnada en la portentosa actriz tangerina Romina Sánchez, productora a su vez de la propia obra teatral. Desde su estreno, esta pieza ha contado con la dirección del legendario cineasta y escritor Manuel Gutiérrez Aragón. Una labor, la del cántabro, que en la obra se extiende a la dramaturgia y escenografía —esto último, junto con la propia Sánchez—.
La dificultad que entraña convertir en monólogo dramático una obra de estas características la hace única, situándola a la altura de la también mítica Cinco horas con Mario de Miguel Delibes. Sánchez nada tiene que envidiar al talento de Lola Herrera, pues en escena pone toda la carne en el asador, pasando por distintos registros que van de lo cómico a lo dramático e incluso trágico con absoluta naturalidad, siempre sola ante el peligro. Se trata de un personaje complejo, lleno de luces y de sombras, víctima y verdugo construidos por una sociedad conservadora ya pasada e inmersa en una tierra cambiante, como fue la del Tánger internacional: franquista y finalmente independiente, crisol cultural hebreo, cristiano y musulmán. Por algo David González Romero afirma que Vázquez quizás sea “el ‘narraluz’ perdido de Tánger”, capaz de llevarnos por sus escenarios ya inexistentes, aquellos que él conocía muy bien, pues en ellos entregó gran parte de su vida.
Juanita representa una personalidad contradictoria, de carácter áspero y disciplina férrea, imagen de aparente perfección y moral intachable que, sin embargo, oculta tras su máscara una identidad vulnerable, reprimida y resentida. Envidia de su hermana Elena su forma de ser libre de prejuicios —que ella cataloga como libertina—, que fuese el ojito derecho de su madre y que ésta nunca tuviese un gesto amable para ella. La educación tradicional que ha tenido se tambalea cada vez que su naturaleza puja por brotar, buscando escapar inconscientemente de la cárcel en la que también ella misma se ha condenado. No se olvida igualmente de su padre, a quien echa en cara que sea un mujeriego. Ni su único “novio”, Adolfo, se libra —parece que se fijaba más en un bombero llamado Pepe que en ella—. De todo este cóctel que conforma al personaje, haciéndolo en cierta forma anacrónico, dice Jesús Ruiz Mantilla: “Juanita Narboni estuvo siempre segura de que nunca sería una mujer moderna. No porque se considerara carca, porque su tiempo pasara cuando el siglo XX andaba por la mitad, sino porque ese latir del reloj que esperaba nunca llegaría, al menos para ella. Tenía toda la razón”.
Qué hermoso y qué difícil supone levantar un personaje de estas características, insuflarle vida en la ficción para hacerlo real al público durante el tiempo que comparte con él. Y qué complejo resulta concentrar todas esas páginas en una representación de casi hora y media, donde el lector se convierte en espectador que no puede cerrar el libro y descansar, debiendo seguir hasta el final con Juanita. Gutiérrez Aragón sabe mucho del oficio teatral, no en vano ha llevado a las tablas a autores como Kafka y su proceso. Además, se nota que conoce y admira la obra de Vázquez, llevándola a la dramaturgia con todo el respeto y cariño. La puesta en escena, de una sencillez apabullante, da foco a la protagonista, constituyendo el atrezo aquellos elementos que pueden ayudar al desarrollo de la historia —algunos muebles y unas pocas prendas—. La atmósfera sonora lo constituye el paisaje tangerino de olor a salitre —pleno de gaviotas, rumor de olas y sirenas de barcos—, así como algunas piezas musicales que irán desde la chanson francesa J’atrendrai o el vals Fascination, hasta el himno de la legión. La iluminación cambiante también será clave para introducirnos rápidamente en las distintas atmósferas psicológicas de los diferentes cuadros escénicos.
Y ya sin más dilación, damas y caballeros, disfruten de esta Juanita en estado de gracia. Un personaje que ya ha pasado a la posteridad y que, por ello, siempre volverá a nosotros. Bien a través de las páginas de un libro, de los fotogramas del celuloide o de las figuras vivas de una sala teatral.