www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ENTREVISTA

David Uclés: "Narrar toda una guerra es como armar un rompecabezas de un millón de piezas"

David Uclés: 'Narrar toda una guerra es como armar un rompecabezas de un millón de piezas'
Ampliar
José Manuel López Marañón
martes 17 de septiembre de 2024, 09:01h
Actualizado el: 17 de septiembre de 2024, 11:28h

David Uclés (Úbeda, 1990) ha publicado las novelas El llanto del león (Premio Complutense de Literatura, 2019) y Emilio y Octubre (2020). Este licenciado y máster en Traducción e Interpretación, es, además de escritor, músico y dibujante. La península de las casas vacías, reseñada hace unos días en EL IMPARCIAL, es fruto de quince años de trabajo y de un exhaustivo viaje de documentación y memoria por la geografía española. Para su creación el autor ha recibido las becas Leonardo y Montserrat Roig.

En la reseña sobre La península de las casas vacías resalto mi sorpresa al encontrar un narrador que se hace oír, ver y notar (casi se lo puede tocar) conocedor del pasado, presente y futuro no solo de sus personajes, también de las historias española y mundial. Es la omnisciencia autoral llevada al extremo: una voz narrativa que supera en intervencionismo, por ejemplo, a la que Víctor Hugo creó para Los Miserables. Para esta obra Uclés entierra la invisibilidad del narrador con un desparpajo ciertamente aplaudible vistos los resultados deparados –por lo menos en esta última obra.

¿Cómo llega usted a la osada decisión de inventarse un narrador decimonónico para una novela que se desarrolla durante el siglo XX y que está ideada y escrita en el XXI?; ¿fue algo proyectado desde un principio, o, por el contrario, vino impelido mientras redactaba La península de las casas vacías?

Creo que es un acierto no prestarse demasiada atención a la hora de escribir, sino simplemente darse al oficio. Esto quizás solo pueden permitírselo escritores con muy pocos lectores o casi desconocidos. Este fue mi caso. Sin un editor ni un lector fiel esperando la publicación de este libro, hice lo que quise en todo momento —narratológicamente hablando—. No tenía ningún tipo de narrador preestablecido, simplemente me otorgué una completa libertad a la hora de narrar. Si bajé muchas veces como un personaje más al libro no fue para sorprender al lector, sino porque verdaderamente me apetecía hablar con los personajes. Viví quince años con ellos en la cabeza. ¡Qué menos!

Otro asombro no menor me acompaña durante tantas páginas de este libro cuando en ellas aparece un registro –el del realismo mágico– usado en ocasiones ciertamente dramáticas pero, también, en momentos más inesperados y causándome sonrisas cuando no la carcajada. Nadie que haya leído Cien años de soledad dejará de establecer paralelismos entre aquel Macondo y esta Jándula tan severamente castigados por la historia y el destino... Pero los que hemos visto Amanece que no es poco de José Luis Cuerda (quien, como anticipa el narrador en el capítulo 62, «hará reír a todo el país») encontramos también similitudes –y no pequeñas– entre el pueblo albaceteño de la película y el jiennense de la novela.

¿Entronca La península de las casas vacías con el realismo mágico ibérico fundamentalmente gracias a esta película o encontró más antecedentes de similar calado?

Creo que me influyeron de igual forma tanto Cuerda como Berlanga, y también Buñuel y Almodóvar. Los cuatro radiografían en sus películas perfectamente el humor español y supieron hacer reír al público desde lo absurdo, lo castizo y lo costumbrista. Los manchegos de Muchachada Nui también me influyeron.

En cualquier caso… ¿Será el humor patrio, tan bestia como sutil y enrevesado (el de Quevedo, Goya, Buñuel o Cela), nuestra aportación principal para esta escuela artística que literariamente explotó con el boom latinoamericano?

Efectivamente, el humor no es un rasgo típico de esas novelas totales y fantásticas que resumen los años turbulentos de un país bajo descripciones oníricas, pero yo le di esa pátina humorística a la novela porque, en realidad, creo que en eso nos diferenciamos de otros países: sabemos reírnos incluso en las situaciones más impertinentes, y algo más difícil aún: sabemos y solemos hacerlo conjuntamente como país. En cualquier caso, soy una persona muy risueña y un gran defensor del humor absurdo, así que supongo que no pude contenerme y evitar plasmarlo en ciertos diálogos de los personajes.

Para la novela bélica que esencialmente es La península de las casas vacías, a la hora de referir batallas y masacres, el narrador anuncia un cambio de registro literario. Y en efecto, alejado de invenciones y exageraciones (por muy detalladamente que estas hayan sido elaboradas), un estilo histórico se adueña de la función. ¿Le ha llevado más tiempo y esfuerzos escribir capítulos en los que se lucha cuerpo a cuerpo (o esos en que la atrocidad queda bárbaramente expuesta ante nuestros ojos) que aquellos otros trabajados desde su libre invención, sin ataduras históricas ni datos insoslayables?

Así es. No me atreví a describir ningún hecho real sin estudiarlo antes con mucha dedicación. En ocasiones, quizás solo nombro en una línea un bombardeo o un personaje, pero previamente me documenté plenamente sobre lo descrito. Narrar toda una guerra es como armar un rompecabezas de un millón de piezas. Si no estudias bien cada una de ellas, no formarás el puzle. Hubo muchos años en los que me maldije por no aprovechar toda esa investigación para redactar una tesis y labrarme un futuro más próspero. Ahora me alegra no haberlo hecho.

Para abarcar mejor lo que es una guerra y especular sobre ella con certero pulso aún desde la ficción, ¿convendrá tratarla desde el mayor grado de neutralidad o será posible transmitir sus avatares tomando partido por alguno de los bandos?

Si consumimos material creado por simpatizantes de ambos bandos, obtendremos una idea general más certera de lo ocurrido. Es un camino largo, pero es el más fiable y fue el que tomé en su día. Quería obtener una imagen sólida de lo que ocurrió durante aquellos años para ofrecérsela después al lector en una sola historia, sin modificar nada ni soslayar ningún dato, me doliera más o menos. Si a eso le podemos llamar «ser neutral», lo fui.

Por la solapa de La península de las casas vacías me entero de cómo las setecientas páginas de esta novela son fruto de un trabajo de quince años sólidamente apoyado en lo que ha debido de ser una exhaustiva labor documental en bibliotecas y también sobre el terreno. En 2009 David Uclés tenía diecinueve años y al entregar el libro para su edición, el pasado año, treinta y tres. Escribir su monumental obra de múltiples argumentos y con un centón de personajes habrá consumido casi todo su tiempo y energías en este reto al alcance de muy pocos autores (y más hoy cuando tantos –siempre ases de ventas– no tienen otro empeño que acabar de cualquier forma su librito anual para llegar a tiempo a concursos, festivales y ferias donde, parece, nadie se cansa de ver sus jetas…).

¿Cómo fue cambiando su libro durante casi tres lustros?

Los primeros cinco años envié el manuscrito que tenía entonces a casi todas las editoriales del país y a muchísimos premios. Pero solo recibí mensajes automáticos de vuelta y noes: «no nos interesa el realismo mágico, más bien intenta explorar la autoficción» / «Se ha escrito demasiado sobre la Guerra Civil» / «Es una historia demasiado larga y no es comercial; haz algo menos “literario”»… Sin embargo, lejos de hacerles caso, a mis veinticinco me embarqué en una idea más ambiciosa todavía: consideré modificar el manuscrito y narrar la guerra no solo en el pueblo de Jándula, sino en todo el país, para que así el libro sirviera a cualquiera para conocer y recorrerse Iberia. Como resultado, la versión que registré en 2011 y la que registré en 2023 no se parecen en nada, pero una procede de la otra. Fue una evolución; modifiqué frase por frase, palabra por palabra. En muchas ocasiones, el proceso creativo fue un tremendo dolor de cabeza.

¿Puede decirse que La península de las casas vacías ha quedado a su entera satisfacción o hay algo que le hubiera gustado corregir más?

Estoy muy satisfecho con el resultado. ¡Muchísimo! Miro el libro y sonrío, y me lleno de una paz enorme. Si bien, algún día me gustaría poder publicar una versión extendida, pues aplicamos muchas tijeras editoriales. El manuscrito hace un año tenía mil páginas, pero, tal y como está ahora mismo —con setecientas—, considero que está bien podado y que no le falta ni le sobra nada.

Con la introducción del registro fantástico en La península de las casas vacías la novela llega ya, sin punto de retorno, a las cumbres de lo insólito. En «El volcán lleno» (capítulo 91), precedido por una tormenta roja, geomagnética, ese volcán que ha ido absorbiendo toda la sangre de la guerra entra por fin en erupción y su sanguinolenta lava deja sus regueros allá por dónde pasa, arroyándolo todo: «la mezcla de fuego y sangre iba a encender los campos, a carbonizar los cuerpos, a soterrar las viviendas y a agrietar el país».

Este apocalipsis devasta catedrales, monumentos y construcciones, y una enorme hendidura (de 408 leguas de largo y 12 cuerdas de ancho) en el istmo peninsular amenaza separar completamente Iberia del resto del continente… A duras penas podrá amarrarse la península con una gigantesca grapa a través de la cual, adelantándose en un año, pasa a Francia aquel exilio de medio millón de españoles que durante 1939 huye tras la derrota republicana.

Que la península ibérica se separe espontánea y geográficamente de Europa por una grieta abierta a lo largo de los Pirineos estaba ya en La balsa de piedra, novela de José Saramago de 1986. Pero que un cataclismo semejante sea consecuencia de la barbarie producida por la guerra (e incluya destrucciones tan torrenciales) es ya una aportación propia de David Uclés.

De nueva valentía para semejante dantesco planteamiento –incluido entre los capítulos más guerreros de su novela– sigue sobrado el autor. Yo reconozco mi desconcierto lector. Aunque el paso de los días acreciente la sensación de haber asistido a una propuesta fantástica que me sedujo, sigo pasmado. Pero no pongo pegas a que el ficticio apocalipsis ibérico se integre en una narración tan realista como esta (hasta el punto de cerrarla con broche de oro).

A la hora de plantearse volcanes, hendiduras y grapas ciclópeas, sinceramente: ¿no temió que la novela pudiera acabar yéndose de sus manos?; ¿ha recibido de algún lector impresiones de desconcierto o, quizá, hasta de incomprensión por esta «intromisión» de lo fantástico en La península de las casas vacías?

La verdad es que en todo momento escribí el libro que me hubiera gustado leer a mí, pero no el que el mercado me pedía. El papel fue un lienzo donde volqué todas las imágenes que me parecieron líricas, profundas, bellas… No tenía ni idea de la reacción del futuro lector, porque, entre otras cosas, no contaba con que hubiera uno pronto, visto el alargado proceso de escritura y el saturado mundo editorial. En quince años, jamás le di la novela a nadie para que me diera su opinión. El libro era un lugar privado para mí, ese pueblo donde tantas veces me refugié. Mi habitación propia. Quizás escribir consista en construir un cuarto y dormir en él hasta que lo pones en venta y ya no te pertenece.

Toda gran novela es una novela de personajes. La galería de la suya es espectacular y tengo problemas para elegir solo uno. Opto en primer lugar por los hermanos Pablo y José Ardolento, haciendo la guerra en bandos opuestos y construidos atendiendo a las circunstancias que les han llevado a combatir, con gran dominio de su psicología. Es cierto que Odisto, el padre, aparte de hilo conductor en muchas de las historias que se desarrollan en La península de las casas vacías, es otro protagonista perfectamente cincelado en el que usted, y esto se percibe pronto, ha puesto toda su sabiduría y afecto. Me quedo con estos tres varones, puesto a elegir.

¿Cuál es su personaje predilecto en La península de las casas vacías y cuál ha sido el que más trabajo le ha dado?

El que más me intriga de todos es el de Martina, porque es el único personaje del que desconozco el final de sus días. Me la imagino y pienso que puede seguir viva, y me dan escalofríos. Disfruté mucho construyendo a Pedro, ya que es un calco de mi padre y tiene su misma inocencia. Juliana me es muy entrañable también, prototipo de señora andaluza que saca fuerzas de donde no las hay para ayudar a sus vecinos… Y el personaje que más trabajo me ha dado es, sin duda, el de Pablo. Es el más complejo de todos. Cuesta entender su larga evolución.

Con la sugestiva galería de personajes creada para esta descomunal novela, ¿no le atrae continuar con ella, escribir la secuela de alguna de las tramas que tan imborrable recuerdo dejan?

Quizás ya lleve varios años urdiéndola. O quizás no se dé nunca. ¡Yo qué puedo saber! Pregúntele al narrador.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios