A primera vista no se distingue bien cuál ha sido la transformación: las mismas grandes avenidas, los mismos edificios centenarios, tal vez hasta las mismas gentes… Y parecen algo así como las mismas calles, pero hijas de la necesaria reforma. La gran ciudad se remoza tramo a tramo y esto bien pudiera ser normal. ¡Ah, sí! La fachada necesitaba una buena mano de pintura, esos andamios en forma de columpios infantiles que, colocados sobre el asfalto en vertical, van invadiendo la acera, como una tela de araña metálica y un poco letal, con su ruido de albañiles que gritan y martillazos que tocan a rebato en las alturas y su permanente amenaza de derrumbamiento de Occidente.
Las callejuelas del centro fueron el juego del pasado y eran la alegría convergente en los corrillos, plazoletas y costanillas, las arterias del barrio, cuando se nos hacían tan grandes y espaciosas mientras entraba por ellas el aire frío, y nos movíamos a lo largo y a lo ancho, yendo y viniendo de escaparate en escaparate, de la prisa a la pausa y viceversa: sellos, libros, paraguas, ultramarinos y esa sombrerería tan tentadora para vestir más elegantes. Porque salir a la calle era ir a la moda, la primera revelación del ser social, entre estatuas, carátulas, mascarones y las últimas farolas encendidas. Sin saber cómo ni por qué, crecíamos a la par que hacíamos camino por el empedrado, como un viajero inquieto que se sabe el camino y que lo repite casi de manera inconsciente, automática, ritual…
El caminar por las calles de nuestra ciudad era un manifiesto que hacíamos solos y por nuestra cuenta, porque en las aceras verdaderas de la ciudad se conoce la verdad íntima del ser humano y la vida propia de los objetos. Algunos escaparates, como los de las jugueterías, guardaban los sagrados misterios de los muñecos dormidos y nos pedían, mudos, que los llevásemos con nosotros a casa. Eran un auténtico enigma, con el fatalismo del crecimiento esperando a la vuelta de la esquina: el juguete se sabe de antemano amado por un tiempo, abandonado inminente después y olvido ulterior. Qué drama el de la vieja marioneta o el de la manoseada y besada muñeca, que enamoraron al niño aquella tarde friolenta de la infancia. Ahora juegan con una tablet o un teléfono inteligente, y ya no hay olvido ni desdoro, sino un enganche a una programación continua y universal que lanzan desde Los Ángeles o Tokio.
De aquellos días tan bellos de entre semana, por la tarde, de largas caminatas, cómo no iba a florecer un pensamiento, la orfebrería de la metáfora, nacida casi entre las tiendas de santos o las zapaterías, las boutiques o las últimas panaderías de pan candeal. Eran las síntesis del más humano paseo, los frutos caídos de los árboles, y siempre la insinuación de que, a la vuelta de la esquina, podía aparecer ese hombre o mujer mágicos, mezclados hoy unos con otros en el frenético recuerdo de las imágenes. Hoy, las pizzerías, hamburgueserías, restaurantes de comida rápida y atención lenta, han tomado su lugar: la franquicia, esa entelequia que todo lo abarata, ha caído en el corazón de la urbe con la grave fuerza de los negocios internacionales, con la artimaña de la invasión del espacio clásico a cambio de un dinero rápido a sus dueños primitivos. No se sabe a veces cómo resistirse ante ciertos “avances”, y sobre todo, cuando se ve que proliferan aquí y allí, y son ya el nexo de la economía local. Nadie vigilaba normativa alguna para que la ciudad no desapareciese bajo el cartel chillón “made in Japan”, y no se notaba que había menos comercios de toda la vida, ni que en el matarlos o hacerlos desaparecer cuidaban de que los últimos supervivientes se fuesen con la boca cerrada y llena de billetes. Han llegado los bárbaros, sí, al centro de la ciudad, para quedarse y destruirla. Cuando los veo abrir el nuevo establecimiento, el mismo aquí que en París o en Nueva York, como si se hubiesen colado de rondón en mi barrio, sé que han conseguido que sea más frío el frío, y que en verano haga más calor de lo acostumbrado. Antes, podía uno sentarse a tomar una limonada bajo la protección de uno de aquellos toldos que un señor subía y bajaba a manivela con mayor o menor garbo de organillero. Las macrotiendas revelan con su simpleza aplastante y su ética de baratillo bajo los focos cegadores la vulnerabilidad de lo complejo, que antaño se refugiaba entre las vetustas maderas de un escaparate. Por allí asoman nuevos niños que ya solo verán lo que suceda en el Leviatán del hipermercado.