La calidad de la obra literaria de Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) está avalada por prestigiosos galardones a lo largo de su dilatada carrera, entre los que destacamos el Premio Nacional de Narrativa en 1994 y el premio Nadal de 1999. Gustavo Martín Garzo escribe bien. Desde siempre ha mostrado una predilección por el formato del relato. Media distancia, podríamos decir; pero de largo recorrido. Así como hay narradores brillantes en relatos muy cortos, que son como velocistas, y en extensas novelas maratonianas, Martín Garzo se asemeja a uno de esos corredores inteligentes de los 1500 metros, que mantienen un ritmo fuerte y que tienen el control táctico de la competición para acelerar cuando hay que hacerlo.
Muestra de ello son los dos relatos que se publican juntos bajo el título del primero de ellos, El cuarto de los sombreros. Ambos son muy diferentes en cuanto a su temática, pero tienen en común que nos cuentan historias de mujeres, con personajes muy ricos que son capaces de adentrarnos en el universo de la complejidad de sus sentimientos.
“El cuarto de los sombreros” narra la amorosa historia de dos muchachas de distinta condición social en tiempos del franquismo. Paulina, de familia acomodada acaba siendo escritora, mientras que Carmiña, criada con las monjas en un orfanato, vivirá una existencia más humilde. La acertada portada con una fotografía de Chadwick Tyler ilustra a esta pareja de jóvenes que parecen hermanas. Este relato es una obra de orfebrería narrativa, planteado como la carta de Carmiña, ya mayor, a la editora de una novela de Paulina que se ha publicado póstumamente y en la que se escenifica el amor de juventud entre ambas.
Se entrelaza así la voz de ambas, pues Carmiña puntualiza distintos episodios que aparecen en la novela. A su vez, su trama se entremezcla con la película que frecuentemente veían juntas en el cine, Gertrud (1964) de Dreyer. Sus paseos, caricias, conversaciones e inquietudes terminaron de repente por decisión de Paulina. Después, apenas se volvieron a ver, aunque para ambas esa época marcó su vida. Amor ommnia, reza el epitafio de Paulina, cuya novela no deja de ser un tributo a aquel amor. El estilo es elegante y pulcro, honestamente trabajado y delicadamente destilado.